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26 julio 2010
Escritores secretos
Hablaba Schultz el otro día de Pynchon. Lo que, por lo visto más destaca es que nadie sabe quién es. Ha logrado ser invisible en la sociedad de la hipercomunicación. No es el único. Maurice Blanchot también logró pasar desapercibido en persona, aunque su presencia fuera importante. Se cuenta que solo hay dos fotografías suyas, y son de sus años jóvenes.


Vuelvo a Pynchon, autor del que ya conocía algo y que ahora he retomado (y me alegro por ello). Alguien sugirió que Pynchon era en realidad Frank Lenttricchia. Supongo que cuando se extendió el rumor, aquello le haría gracia a los dos y a uno de ellos le esponjaría el ego. ¡Quién sabe!


Es común que haya escritores que pasen desapercibidos, que no quieran saber nada de la fama, incluso que esta los agote. Fíjense en Henry Roth y su extraordinaria novela Llámalo sueño. O piensen en Salinger. Hay un autor, sin embargo, que a mí me resulta más interesante: Stuart Dybek. Dybek es un escritor que se toma su tiempo entre libro y libro. Ha publicado dos de poemas y tres de cuentos. Vive en Kalamazoo y da clases en la Universidad de Western Michigan. Surgió junto con otros escritores dentre del Realismo sucio, y aunque la verdad es que no tiene nada que ver con ese movimiento sí que se parece a Richard Ford y también algo a Tobias Wolff.


No tengo constancia de que ninguno de los cuentos de Dybek se haya traducido al español Si embargo, pueden leer algunos en los siguientes enlaces:


The Palatsky Man



Brisket



If I Vanished



Mole Man



Y dos entrevistas que le hicieron (
I y II)

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[0] Editado por Garven a las 8:00:00 | Todos los comentarios 29 comentarios // Año IV
23 julio 2010
¡Que diez años no es nada!
Esto que sigue, uds. ya lo conocen:



A mí me ha traído a la memoria estos poemas:

Salutación del optimista

Cantos de vida y esperanza

y, cómo no, Lo fatal.

(escrito por Garven)

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[0] Editado por Garven a las 8:00:00 | Todos los comentarios 34 comentarios // Año IV
19 julio 2010
Verano nervioso
Hasta no hace muchos años el verano, ese tiempo extenso entre primeros de junio y octubre, era un tiempo de descubrimientos y novedades. Mayo lo dedicaba a hacer acopio de los libros que iba a leer durante el verano, Tardaba tanto porque yo vivía, por entonces, en una pequeña ciudad de provincias que no tenía más allá de los libros previsibles. Así que me veía en la necesidad de encargar los libros con bastante antelación. Es cierto que otros los compraba allá por julio, cuando cruzaba la frontera y encontraba librerías bien surtidas. Ya saben, esas cadenas malvadas: Waterstone’s, Blackwell’s, que por supuesto no tenía el encanto de lo provinciano, pero que albergaban en sus estanterías millares, en algunos casos, millardos, de libros.

Lo mismo me ocurría con los discos. Para algunos los discos buenos, aquellos con su toque añadido de autenticidad, estaban en la pequeña provincia. Los que encontraba en el extranjero no eran lo mismo. Otros había que pensaban de manera contraria y estaban encantados de que trajera provisiones para el duro invierno compradas en grandes superficies. Eran esos discos que luego se venderían en España con el sello de producto importado a casi el doble de precio.

También algún año asistí a algunos de esos cursos de verano que las Universidades organizan para tener ocupados a alumnos y para pagar a los conferenciantes una buenas vacaciones (no sé si merecidas pero al menos sí disfrutadas). Por allá caminábamos, asistíamos a las conferencias (algunas pura exposición de evidencias insulsas), charlábamos y nos pavoneábamos de lo que habíamos leído o escuchado.


Pero eso era antes. Llevo ya varios veranos que no leo. Releo simplemente. Este año puede ser incluso peor. En marzo o abril aumentó mi impaciencia y he dejado más libros de lo común sin acabar. Ahora estoy en periodo de relectura intensa, y cada vez que veo una novedad la tengo que esconder porque si la veo todos los días poco a poco le voy tomando ojeriza hasta no desear leerla.
En fin, que no sé si es que yo me he vuelto demasiado exigente, si lo que ahora se hace me aburre o si los escritores contemporáneos no ponen más interés en que lo escrito y publicado emocione algo a los lectores.






(escrito por Garven)

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[0] Editado por Garven a las 8:00:00 | Todos los comentarios 83 comentarios // Año IV
02 julio 2010
Ensoñaciones

En los momentos de cansancio, y si el color aprieta me ocurre con mayor fuerza, pienso en que me he equivocado, que mi vida habría sido mejor de haber elegido otra profesión. Pienso con mucha frecuencia en lo interesante que hubiera sido una vida de explorador. De pequeño me imaginaba en África. No llevaba salacot ni la indumentaria propia de los exploradores que veíamos en las películas del sábado por la tarde. Ahora pienso en que habría sido interesante explorar el Índico y Oceanía.

Cuando se despejan las brumas de la ensoñación, me encuentro sentado en mi sillón Voltaire (que me compré porque salía en La exagerada vida de Martín Romaña y en El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz) y caigo en la cuenta de que paso gran parte de mi vida sentado en él.



Les dejo esta maravillosa versión de un no menos maravilloso tema:



(escrito por Garven)

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[0] Editado por Garven a las 8:00:00 | Todos los comentarios 41 comentarios // Año IV
28 junio 2010
Volver



Hay veces en que uno se ve obligado a volver allá donde no quiere ni le interesa ni, sobre todo, tiene nada que ver ya con el lugar ni con sus paisanos. Y sin embargo, regresa, por razones lo suficientemente importantes como para no poder escaparse.
Vuelvo porque es ya el final, porque ya no hay más tiempo ni seguirá viendo la vida desde la ventana. Para algunas personas hay momentos en que el tiempo se detiene, la imagen se congela y lo único que queda es la nada, que los demás imaginamos como un fundido en negro.
La vida, mientras tanto, continúa. La vida nunca se ha detenido y la ciudad ya no es la que era aunque vuelvas para despedir a quien fue. Al final todo es una imagen congelada, el recuerdo falso y petrificado en las neuronas. Recordamos y lamentamos una imagen que ya no es.

(escrito por Garven)

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26 junio 2010
Minutos musicales

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11 junio 2010
Cuba

Con bastante frecuencia me pregunto para qué sirve eso de criticar las dictaduras y demás regímenes autoritarios desde una democracia (y digo democracia porque hacerlo desde otra dictadura es, como mínimo, un acto de inmenso cinismo). ¿Para qué sirve si al final el dictador va a seguir a resguardo en su Palacio Presidencial protegido por su guardia pretoriana y aclamado por su pueblo?
Esto viene a cuento de la lectura del informe que Human Rights Watch publicó después de una visita a Cuba en 2008. La visita, que fue anunciada al gobierno, en contra de la costumbre de la ONG, fue calificada por el gobierno cubano de ilegal y de intento de boicot al derecho a la soberanía de Cuba. Esto lo dijeron una vez conocieron el informe porque con anterioridad dieron el silencio por respuesta.
Antes de ir, contactaron con varios de los llamados disidentes, que para otros no pasan de ser delincuentes comunes (ya sabemos quiénes los llaman así). Los disidentes no son un grupo compacto que comparte una misma ideología ni una idea de cómo actuar. En realidad, el disidente es alguien que realiza alguna tarea que el gobierno considera contraria a la política gubernamental, y por lo tanto es contrarrevolucionaria. Al contactar por teléfono o correo electrónico con los disidentes y querer saber de ellos se encontraron con que algunos no tenían ni acceso a internet ni línea telefónica. Otros, los que sí que tenían teléfono, procuraban hablar lo menos posible, o de modo críptico, por miedo a que la policía escuchara la conversación. Y con aquellos que hablaban con libertad la conversación se interrumpía hasta que la línea se cortaba.
No les quedó más remedio que volar a Cuba. Allí entraron con visados de turistas y no dijeron a nadie cuáles eran sus intenciones, al igual que nunca pernoctaron más de una noche en la misma ciudad. Mantuvieron entrevistas con varios disidentes. Algunos se pusieron tan nerviosos al hablar de las violaciones de los derechos humanos que los entrevistadores prefirieron cortar la charla marcharse, otros le avisaron de que entre los vecinos había confidentes de los llamados Comités de Defensa Revolucionaria. Muchos, eso sí, los recibieron en sus casas, sacaron recortes de periódicos y fotos que escondían en cajas, amenazas por escrito a periodistas, negaciones para asistir al juicio del marido o del padre, por supuesto, muchas negaciones de visados para viajar al extranjero.
Mostraron también que la supuesta apertura de Raúl Castro había quedado en nada. Raúl se había comprometido a ratificar algunos tratados internacionales sobre derechos humanos, y había también auspiciado el debate libre. Ni firmó los tratados ni permitió libertad de expresión en los foros. En cuanto se deslizaba la menor crítica al régimen, se clausuraban el foro o se amenazaba al ponente con la cárcel.
Algunos dirán que todo esto se va a acabar, que el trabajo de gente como Yoani Sánchez y la Generación Y permitirá que los cubanos, y los no cubanos, conozcan la situación y se alíen. Sin embargo, el gobierno mantiene un férreo control sobre los contenidos de la red, censurando y obligando a retirar lo publicado. Organizarse usando la red es también muy difícil pues una hora de conexión cuesta un tercio del salario mensual medio. Así que la mayoría de los cubanos no tienen ni idea de quiénes son los de la Generación Y. En Europa que sí que podemos saberlo, aún algunos perseveran en que la crítica política es un delito común.
Mientras tanto Fidel vive una maravillosa vida de jubilata que no ha de preocuparse por su pensión, su hermano lelva el gobierno de la isla con mano firme y no deja de colaborar con Hugo Chávez, que no está dispuesto a perder influencia en Cuba (y en esa tarea los tontos útiles del gobierno español le ayudan encantadísimos. Seguro que si se le pregunta a uno de ellos responderán como afirmó aquel alcalde soriano cuando los Reyes fueron a visitar la provincia: “majestad, estamos satisfachísimos.”

(escrito por Garven)

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07 junio 2010
Tea Party

Ya sabemos cómo son los americanos: pobres excéntricos a veces demasiado ingenuos para lo que se acostumbra en Europa, la vieja Europa. Claro que, en cuanto uno viaja allá, enseguida se da cuenta de que eso es falso, otro tópico más. Al final, personas como son, son tan ingenuos o tan malvados como cualquier otro. Estaría bueno que simplemente porque tu nación no supere los 300 años, tú también tengas que ser un infante.
Todo esto es la introducción que se me iba ocurriendo mientras escribía para luego hablar de lo importante. Los norteamericanos han vivido (y nosotros con ellos. Para no tener ni 3 siglos influyen mucho, la verdad) dos revoluciones importantes en el último medio siglo. La de los sesenta, revolución de las costumbres, y la de los ochenta, económica. Aquí en España podríamos verlas como antitéticas. La primera fue una revolución de las costumbres; la segunda, económica. Pero las dos tenían un mismo origen: la autonomía individual del ciudadano. El Gobierno no era quién para decir qué estaba bien o mal ni tampoco para decir cómo tenían que gestionar su economía.
Hoy en día esto, que está perfectamente asumido por los norteamericanos, no supone un mayor problema en EEUU. A excepción del aborto, que muchos apoyan pero contra el que también muchos están en contra, lo que se pedía en los años sesenta es algo totalmente asumido, hasta tal punto que en un país conservador cada vez hay más estados que legislan el matrimonio homosexual. Por otro lado, el liberalismo económico que Ronald Reagan impuso también ha sido aceptado por la gran mayoría.
¿Por qué entonces surge un movimiento populista, el llamado Tea Party? Pues por las mismas razones que se dieron los cambios anteriores. De un modo ciertamente confuso y populista, los ciudadanos están aburridos de que el Gobierno les diga lo que deben comer o no o la cantidad de refrescos que pueden beber sin que dañe a su salud (a esto se une ahora la obligatoriedad del seguro médico), pero también rechazan que el Gobierno dicte lo que los alumnos han de aprender en la enseñanza primaria y secundaria.
Estos del Tea Party, en referencia al motín del té que protagonizaron un grupo de colonos de Boston el 16 de diciembre de 1773 contra el Gobierno inglés, son en su mayoría clase acomodada blanca. Son libertarios, pero de tan libertarios que son, han caído en un extraño reaccionarismo. Para ellos los conservadores Republicanos no van lo suficientemente lejos en la reivindicación de la autonomía individual, y los Demócratas, por supuesto, son peligrosos rojos comunistas. Los Republicanos buscan beneficiarse del descontento de este grupo, y Sarah Palin parece estar dispuesta a hacer todo lo posible para no perder tan gran oportunidad. Pero no todos los que acuden a las reuniones, que se vienen sucediendo desde hace ya un tiempo en las ciudades, comparten las ideas de Sarah Palin, ni tampoco todos son de clase acomodada. Hay muchos que van a las reuniones para saber cuáles son las ideas, hasta dónde llega el ansia de libertad del grupo, qué entienden por libertad, etc. Lo curioso es que muchos se desilusionan porque una cosa es ser liberal y otra anarquista conservador por llamar de algún modo a los que rechazan toda intervención gubernamental pero profesan una moral en la que la libertad individual está constreñida por la Biblia.
El problema mayor, no exclusivo de EEUU, son algunos programas televisivos que pintan a Republicanos y Demócratas con trazos gruesos que en el mejor de los casos aciertan en la caricatura pero desfiguran la realidad de ambos partidos.

(escrito por Garven)

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17 mayo 2010
¿Pero hubo alguna vez...?
Hace unos años, para nosotros los americanos eran esto:



Ahora, que según dicen nos hemos modernizado, son esto:



Después de lo que llevamos vivido en estos meses, ¿seguirá así el Gobierno?:



Por suerte somos un pueblo aguerrido, con la rebeldía a flor de piel, como tantos han cantado al enfrentarse al orden constituido:



En resumen: que por más que nos quieran hacer creer lo contrario, hemos cambiado muy poco, apenas nada.

(escrito por Garven)

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13 mayo 2010
Cuaderno de citas
Tengo un cuaderno, que son ya varios, en los que apunto citas de escritores. Lo hago por el gusto de escribir porque a la hora de la verdad no me sirven para nada. Harto ya de este esteticismo: la cita por la cita, he decidido compartir algunas con uds.

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Adaptarse a la naturaleza áspera y fría y hosca de esta comarca no le había sido posible.
Thomas Bernhard, Sí.



Llega una edad en que la vida es una costumbre practicada en cierto medio preferido.
Honoré de Balzac, Gobsekc.



La interioridad de la luz que desmiente la materialidad del mundo interior.
Juan Goytisolo, Cogitus interruptus.




Una vida amplia, hermosa, llena de jugo antipedagógico, se presentaba ante él.
Pío Baroja, El mundo es ansí.




Las ideas literarias están tan arraigadas, que han llegado a formar parte de nuestra propia naturaleza.

Pío Baroja, El mundo es ansí.



A mí la efusión artística me parece el puente de los asnos donde se reúnen todos los imbéciles y todos los rutinarios de Europa.

Pío Baroja, El mundo es ansí.



La necesidad, también, o el deseo de permanecer entre la niebla, porque esta dificulta la visión.
Jorge Urrutia, Lectura de lo oscuro.

(traído a colación por Garven)

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10 mayo 2010
Miguel Hernández


Cumple este año Miguel Hernández
100 años, que es cosa que solo los ilustres pueden hacer. El común de los mortales dejamos de cumplir años al fallecer. Los grandes poetas, pintores y alguno más siguen añadiendo años, quizás para que los demás celebremos sus aniversarios. En el caso de Hernández, las cosas no son diferentes, y han preparado una traca de actos.

Fue Hernández un poeta muy querido en la Transición, un poeta del pueblo, que se solía decir. Ponían música a sus poemas, que es otra forma de decir que los destrozaban en muchos casos, y algunos los cantaban, además de en solemnes recitales, en las reuniones campestres el día del santo patrono. Yo lo leí, mucho, con verdadera pasión. He de decir que en mi adolescencia mi trinidad literaria estaba integrada por Rubén Darío, Federico García Lorca y Miguel Hernández; pero al igual que los Tres Mosqueteros eran cuatro, a estos yo añadía a Rafael Alberti. Vinieron luego otras lecturas, otros poetas, la horda anglonortemericana que colonizó (está en la naturaleza de ellos eso de colonizar) mi biblioteca. A Darío y Lorca no dejé de leerlos nunca, a Alberti, tampoco con ciertos intervalos, pero Hernández se quedó solo en un rincón, como el arpa becqueriana, siendo su poesía tan poco becqueriana.
Con motivo del centenario he dado en releerlo. A pesar del tiempo transcurrido, a pesar de las infecciosas ideas que los británicos me inculcaron sobre el ritmo y el lenguaje poético, ha sido gratificante volver a leerlo. Cierto es que mis ideas sobre la poesía son muy distintas, pero hay algo en la poesía de Hernández que rompe esa barrera, algo que la revela como gran poesía.
No he sido solo yo el que ha cambiado. España lo ha hecho también, y los valores de los años 70 y principios de los 80 no son ya los de hoy en día. No me refiero a valores o ideas políticas. Me explicaré. La poesía de Hernández no toca la sensibilidad de los españoles de hoy en día (hablo, claro es, en general.) Por un lado tenemos una expresión muy recia, algo a lo que no estamos ya acostumbrados. Pero es que además esa expresión recia es propia de una poesía muy varonil. Hernández era un poeta orgulloso de ser varón. Así se compara varias veces con el toro, así habla con orgullo del amor carnal, y II.
Otro aspecto es su sentimiento de España, muy común entonces, aunque hoy no se quiera recordar (a veces incluso desvirtuar). Había una parte de la población independentista, sin duda alguna, pero había también una idea de España unida en la izquierda liberal que, por razones varias, hemos perdido.
Queda también, además del poeta fascinado por el Barroco español que deja constancia de ello en Perito en lunas, el poeta de la guerra, el que siente el dolor de toda guerra y sobre todo de las carencias de la población, que él centra en su hijo, cuando escribe Nanas de la cebolla, y el comunista combatiente que utiliza todos sus recursos para hacer una poesía que es propagandística pero que mantiene un nivel más que aceptable y II.
Y es, por fin, el escritor de una elegía a un amigo que aún consigue emocionarme.

No es su poesía la de los melismas que triunfaron a partir de los años 70 en España, una poesía dominada por el influjo de Luis Cernuda y proseguida por Jaime Gil de Biedma y otros poetas ya menores. La de Miguel Hernández es la poesía de un tiempo y una España que ya no existe, una España rural que buscaba una modernización, una España en la que se enfrentaron dos totalitarismos que quebraron el espinazo de un exiguo liberalismo. Y en ello seguimos, en la desaparición del varón, de España, de los toros, de la convivencia, de la poesía.

(escrito por Garven)

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22 abril 2010
Sin motivos
Andaba yo escuchando esta canción cuando me vino a la memoria esta película. No me pregunten por qué. Es evidente. Lo que no es tan evidente es que también me acordara un texto de Agustín Fernández Mallo sobre los epílogos, y que viene a darnos una idea muy parecida a lo que Mystery Train viene a mostrarnos. O a lo mejor no es tan parecida pero a mí me lo parece.
Son esas cosas de la libre asociación de ideas, recuerdos y sensaciones.



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Por otro lado llevo varios días interesado en saber cómo se puede sentir Mariano Rajoy al hacerse oficialmente público ( de forma oficiosa lo era desde hacía varios meses) el sumario del caso Gürtel. Supongo que cuando empezaron los rumores habló con Luis Bárcenas, con Francisco Camps, con los hermanos Costa. Supongo que le dijeron que no tenían nada que ver con eso. ¿Hasta qué punto se sentirá traicionado por al menos Luis Bárcenas?

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16 abril 2010
Dirección Albuquerque


En el autobús que nos lleva a Albuquerque nos sentamos en una de las últimas filas, justo donde el cristal de la ventana de emergencia no está bien encajado. Detrás de nosotros viajan la reencarnación de Sailor y Lula, una pareja de colgadillos que a gusto encarnan todos los tópicos trasnochados de una rebeldía que no es sino inconsciencia. A duras penas se mantienen en pie, y solo saben repetir expresiones gastadas dentro de una cháchara nerviosa y sinsentido sobre el mucho dinero que van a ganar cuando lleguen a Flagstaff, donde un misterioso personaje, con quien hablan por teléfono repetidas veces, les está esperando. Lula se duele de dolencias imaginarias cuando se percata de que Sailor no le presta la debida atención. Durante todo el viaje brinca en el asiento, se mueve, zarandea el respaldo del asiento delantero. Habla como si todo le sorprendiera: las casas de Nuevo México, las montañas, la vegetación. Requiere en todo momento la atención de Sailor, chaval rubio de rasgos marcados por una delgadez amarillenta y ojos desorbitados de vez en cuando.

El autobús recorre con decisión las millas que llevan a Albuquerque y por los cristales contemplamos el paisaje golpeado por el calor, la tierra seca y agrietada, los rostros polvorientos y marcados con arrugas, la sequedad emocional de las personas. Por vez primera, y de manera un tanto sorprendente, nos encontramos con que algunas personas no intentan entablar conversación, y que responden con monosílabos a nuestras preguntas. Miran y callan, guardan para sí mismos lo que piensan.

Hay una zona que llaman la ciudad antigua y es una reconstrucción de lo que debió de ser una ciudad típica del estado allá por los inicios. Como no puede ser de otro modo está pensada para los turistas. Más que la fidelidad a la historia importa el pintoresquismo de las casas, el sentimiento reconfortante que produce tener frente a uno las estampas costumbristas que imaginaba antes de llegar. Hay otros Albuquerques. Está el nocturno, la ciudad que aparece cuando cae la luz. Los autobuses se llenan de tullidos, borrachines e indigentes. No cesan de hablar y reír ruidosamente mientras el autobús va dando tumbos por las carreteras vacías en medio de la negra noche, cuando ya han cerrado los comercios y la ciudad es un despoblado. Los del fondo callan y cabizbajos dejan que sus cabezas se balanceen levemente con los empujones y frenazos del tráfico. Los hay que corean divertidos un estribillo cada vez que alguien solicita bajarse. Son caras turbias, sonrisas desdentadas, narices enrojecidas. Para unos la noche empieza mientras que para otros acaba.

Está también la ciudad moderna, la que pulula por Nob Hill, una zona retro-chic (que dicen en las guías turísticas) donde abundan los modernos. En Estados Unidos lo moderno suele tener un toque de dejadez y descuido. El desaliño que muestran es una pose y un arreglo muy estudiados. Desde el café Satellite, en un descanso de nuestro vagabundeo por la zona, observamos a varios grupos de personas. Al fondo dos moteros, retrepados en las sillas de metal, de barriga prominente, barba canosa, y ropa de cuero navegan por la Red con sus portátiles al tiempo que hablan por teléfono. Algo más cerca, pandillas de jóvenes de clase media. En primer plano, un chaval enteramente de negro, tez completamente blanca, con varios pendientes a lo largo de las orejas y una argolla en el tabique de la nariz, pelo rapado y muñequeras de clavos, habla con unas chavalas, también de negro que lucen esplendorosos tatuajes en los brazos y en el pecho. Desde Chicago no habíamos vuelto a ver gente moderna. Sí, tatuados, pero sin pendientes ni argollas. El moderno puede tener apariencia siniestra o puede recordar los años finales de la década de los sesenta y los setenta. Viste entonces ropa ajustada, camisas estampadas en tonos parduzcos, el flequillo le tapa la frente y calza en cualquier caso zapatillas Converse.

También hay lugares detenidos en el tiempo, como puede ser Milton’s un restaurante americano de mesas de formica imitando madera y sillones de cuero marrón claro, donde te puedes sentar en la barra y encargar un desayuno durante todo el día, o 66 Diner, un local abierto en los años cincuenta y que permanece estancado en ese entonces. La fachada es de perfiles redondeados y dos barras luminosas de neón la rodean por la parte superior. Dentro brillan más luminosos anunciando sodas, batidos y otras especialidades de los años cincuenta. Las camareras visten uniforme turquesa con cuello negro de terciopelo. Suenan Runaway, Sweet Little Sixteen, Stay y tantos otros éxitos de entonces. Las paredes están recubiertas por láminas de metal. Al fondo, un mapa de la ruta 66 escoltado por una foto tamaño natural de Marilyn y otra de Betty Boop. Llegamos tarde, después de una adolescencia perdida en cualquier ciudad provinciana de España, o quizás para estos momentos el tiempo no transcurra y siempre sea el momento. Años después de haber visto por vez primera American Graffiti, de haber escuchado mil y un veces a Chuck Berry, Elvis o Buddy Holly, y aunque falte el Hombre Lobo desde las ondas, entramos a un local de aquella época. Nada termina por desaparecer, a lo sumo se embarca en una decadencia que va apagándolo, pero siempre queda un rescoldo que aun debilitado persevera. Hay la nostalgia de lo desparecido y el sentimiento entre amargo y reconfortante de que todo podría haber sido distinto y de que podríamos haber evitado el ocaso de nuestro pequeño paraíso. Hay edificios, costumbres, música, en fin, todo un conjunto de signos que se mantienen para recordarnos lo que fue y ya no es, aunque aún queden rastros.

Hacia arriba la ciudad se abre al futuro y hay tiendas y cafés que muestran una modernidad adaptada a su mentalidad. Conforme bajamos surgen moteles antiguos, bares de los años setenta, lugares a los que su momento de gloria ya les ha pasado.

(escrito por Garven)



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10 abril 2010
Viaje al medio de la nada


El conductor torció a la izquierda y dejó la primera calle de Tucumcari para llegar hasta el apeadero, rodeado restaurantes de comida rápida. Atrás habíamos dejado la autovía, una carretera cada vez más monótona y un paisaje que desertizaba por momentos y en el que iban apareciendo las primeras plataformas de tierra rojiza dispersas a lo lejos. La vegetación había cambiado y ya no era la de monte bajo ni la de las praderas del Medio Oeste. Ahora predominaban las plantas sarmentosas, de colores parduzcos o verde ceniciento, desperdigadas por la llanura. Comenzamos a ver los primeros valles erosionados, aún recubiertos de vegetación casi seca. Taludes enormes de pie estrecho se levantan en medio de la nada, solitarios y desiertos. Las alambradas señalaban las lindes de los ranchos cada vez más enormes. Los perfiles solitarios de los altos molinos de agua, con sus aspas detenidas se levantaban con periódica irregularidad durante el viaje. A media hora del motel encontramos la calle principal, la antigua Ruta 66 – cada vez más presente, aunque sea breve e intermitente –, y por fortuna hasta llegar a ella fuimos por aceras de macadám. Habíamos caminado hasta llegar a ella porque en recepción nos han advertido de que en el pueblo no había ni taxi ni autobús. Se extrañaban los pocos conductores que pasaban a nuestro lado.

La carretera se difumina hacia el este y el oeste. Un motorista se alejaba sin cesar hacia el este para volver y hundirse en el oeste. El pañuelo azul de estrellas que cubre su cabeza ondea con fuerza. Algunas personas caminan por el borde sin asfaltar de la carretera. Buscan algo o no tienen coche. Unas chicas parecen pasear pero se dirigen a un taller de reparaciones. Allí les espera un Chevy algo viejo pero puesto a punto. Los moteles se alinean a lo largo de la carretera. Todos tienen la misma estructura de casitas de una sola planta y recepción en medio. Los construyeron entre los años veinte y cuarenta cuando el tráfico de este a oeste era intenso y tanta gente abandonaba sus casas para buscar un lugar más acogedor donde hubiese negocio para todos. Algunos viajaban por necesidad, otros por gusto, porque hay algo en los estadounidenses que los impulsa a viajar, como dijo una vez John Steinbeck. Sabemos de esto por Jack Kerouac, pero cuando él, a finales de los años cincuenta se embarcó en varios viajes por los Estados Unidos, aquello ya había entrado en decadencia. Aún se mantienen los moteles, con sus luminosos en el borde de la carretera. Por el día parecen ocultarse y querer pasar desapercibidos: quizás sea el color desvaído que han ido adquiriendo como una pátina que va adornándolos mientras pierden el original. Algunas bombillas ya no lucen y otros luminosos han apagado ya su brillo para siempre, pero aún quedan varios, y todos tienen la seguridad de que siempre habrá alguno encendido, de que las luces no se apagarán para siempre mientras haya un solo viajero que decida cruzar el país en su moto o en su Ford o Chevy. Puede que el tiempo de los Pontiac, los Cadillac y los Buick haya desaparecido para siempre, pero siempre habrá otro modelo dispuesto a revivir la gran aventura por las carreteras interminables.

De entre todos los moteles destacaba el Blue Swallow. Construido en los años treinta y remozado en los sesenta, no había perdido su esencia originaria. Por las noches la gente charlaba un rato en el patio sentados en las sillas son rojas que contrastan con el azul intenso de las paredes. Más allá, o más acá, se encuentra una tienda de tatuajes que ya ha cerrado, varios bares, como el Trails West Lounge o el Lizard Lounge, decorados con madera, luminosos de cervezas y otras bebidas, mesas de billares y futbolines. En una esquina permanece la estructura vacía de lo que fue una casa de empeño. Los cristales, polvorientos, protegen lo que ahora es vacío y en un tiempo fue un negocio próspero.

Al día siguiente antes de que el calor empezara a golpear con fuerza volvimos al centro de la ciudad , que está desierto. Las calles están mal asfaltadas y ni siquiera mantienen el nivel. Las aceras aparecen y desaparecen entre hierbajos y piedras. El cine Odeon es un edificio viejo. La pintura cae descascarillada al menor golpe de viento. Hay una furgoneta roja aparcada enfrente. En letras pequeñas, también rojas, anuncian un estreno. Los escaparates de los edificios contiguos están vacíos. Un poco más allá, otro ha ardido y las lenguas de humo aún ensombrecen la fachada. Algo más adelante, un letrero mínimo anuncia un restaurante nada más torcer la esquina. Lena’s es una casa de comidas familiar regentada por una familia de mexicanos, que sirven las especialidades de su país adaptadas a los clientes del lugar. Los huevos rancheros que hemos pedidos los empapan en chile verde, la hamburguesa la sirven envuelta en una tortilla de maíz. Es un lugar al que acuden los que trabajan en las cercanías: una señora mayor oronda, varios oficinistas, tres granjeros jóvenes, una madre de raza india con su hijo que no para de observar a los jóvenes fascinado por la indumentaria de estos. Mientras comemos, entra un vaquero alto y desgarbado, flaco, que se detiene frente a la señora mayor y conversa con ella durante un rato. Luego se dirige a una mesa, se descubre la cabeza y con un movimiento ágil y elegante se sienta en el sillón de cuero sintético. Unas niñas corretean por la cocina, entran en el almacén para llevar harina, recogen las mesas, y ríen durante todo el rato. Más que trabajo, para ellas es diversión. Quizás dentro de unos años, cuando aún continúen en la misma casa de comidas y sigan sirviendo los mismos platos a la misma clientela adopten el aire adusto de su hermana mayor, o quizás de su madre.

La carretera se despliega gris e inacabable ante nosotros. A lo lejos el puente y las carreteras de servicio que alejan a los viajeros de la ciudad. El calor golpea una tierra seca y agrietada y la calima alza un velo cristalino en el horizonte. Algunos perros ladran a lo lejos, y por la carreta los pocos coches que circulan se pierden en el horizonte incierto.

En el apeadero, dentro de la mínima oficina, una anciana de carrillos algodonosos y pelo recogido en un moño nos entrega las etiquetas, escritas a mano por primera vez, que hemos de atar en las maletas. La oficina es un cuartito pequeño abarrotado de cachivaches y algunos paquetes, en el que la señora pasa las horas sin mucho trabajo. Cuando hemos entrado estaba limpiando la mesa de las manchas de pintura derramada de unos tubos. La oficina es una caseta pequeña pintada de blanco y con el cartel de la compañía de autobuses en el frontal. No hay dársena, o se confunde con los aparcamientos de otros camiones y vehículos, y un banco de hierro es el único asiento de que disponen los viajeros para esperar bajo el sol. La sala de espera es el MacDonald’s de enfrente donde esperamos una media hora antes de que llegue el autobús. Media hora después, Tucumcari era ya un recuerdo agradable, muy agradable al unirlo con lo que nos esperaba unas horas después.



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29 marzo 2010
Dulces horas


Hace ya tiempo que abandoné la lectura de novela española contemporánea. Hay algunos novelistas notables: Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Álvaro Pombo, Soledad Puértolas, lo fue Belén Gopegui, y pocos más. Ahora suena Manuel Vilas y algunos hispanoamericanos que ya no tienen el paraguas de aquella explosión literaria de los años cincuenta y sesenta.
No leo novela española y apenas cualquier otra. Las novelas las releo, al contrario que la poesía, el cuento o el ensayo que, sin intentar estar al día de lo que se hace, sí que intento saber qué hay de interesante. En los últimos meses han vuelto a caer algunas de Faulkner, La letra escarlata y La casa de los siete tejados, Moby-Dick, y La Regenta.
Así pues, me disponía yo a pasar una agradable tarde sabatina con algún libro de ensayos, pero la mala suerte de salir el sábado a comprar bacalao para estas próximas vacaciones, que merecidas o no, lo son, me llevó a la librería. Lo malo de tener una librería a la que siempre vas es que tienes crédito y puedes comprar los libros que quieras aunque no dispongas de efectivo. (Las consecuencias vienen después, claro.) Una vuelta por la planta de literatura (literatura y más) bastó para que cayeran tres libritos que espero sean interesantes. Luego un poco de conversación con uno de los libreros, y ya en la caja, cuando la dependienta estaba a punto de darme la factura, veo una foto que me llama la atención. Una mirada un poco más detenida me muestra un nombre conocido. “Espera un segundo”, le digo. Me dirijo a la estantería, cojo el libro y sin hojearlo ni ojearlo, lo cojo. “Este también.”
Ahí se quedaron todos mis planes para el sábado. Comí con cierta premura, puse parte del bacalao a desalar, y me recosté en un sofalito. Con la caída de la tarde, cerré el libro con la sensación de haberme topado con una buena novela, efectiva. La novela de un periodista diría yo, aunque quizás el interfecto se revuelva en su sillón, o donde quiera que se siente.
La estación violenta está bien tramada y tiene un argumento creíble, quizás demasiado conocido (aunque esto pueda ser solo una impresión mía, que
ya me lleva ocurriendo desde hace varios años antes de desertar de la lectura de novelas españolas.) No voy aquí a ensayar un esbozo de crítica de la novela. Solo les apunto que el autor domina el lenguaje y que a pesar de momentos, sobre todo los iniciales, cuando intenta crear el ambiente para que los personajes actúen, a excepción de esos momentos, digo, quizás algo subidos de tono (literario, se entiende), el resto mantiene una encomiable austeridad. (Esto viene a cuento, ya se habrán imaginado, de que a mí los barroquinos al modo de JMdP o JVB, me aburren y me echan para atrás. Una cosa es Umbral, y otra el olor a Umbral, que es lo que a estos dos (y a muchos más) les ocurre.)
La novela me ha gustado aunque algunas maneras son propias de un tiempo anterior. Me alegro de que no intente ser nocillesco ni siga a DFW, pero me sorprende ese comienzo, esa trama, esa preocupación más propia, ya digo de tiempos algo anteriores, pero tampoco mucho. Por concretar un poco y a riesgo de montarla, me ha recordado a algunas narraciones primeras de Soledad Puértolas. Pero esto debe ser únicamente una asociación que he hecho yo basándome en nada concreto.
En fin, para ir acabando, si alguien no la leyó hace dos años en gallego, ya pueden disfrutar de ella ahora en castellano. Vayan y pidan La estación violenta.

Se me olvidaba el autor es un tal gallego Manuel Jabois.


(Tecleado por Garven)

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25 marzo 2010
Bajas



Caemos, es inevitable. De un modo u otro. Entre las maneras, al menos más elegantes, es la que Nathaniel Hawthorne, el gran Nathaniel Hawthorne, nos confiesa en el prólogo a La letra escarlata.
(Léanlo, y si no les gusta, protesten aquí.)
(escrito por Garven)

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20 marzo 2010
Vinieron de dentro
¡Qué razón tenían!.
Lástima que no lo dijeran con claridad: ¡Esto lo pagamos entre todos!
Es lo que tiene la política, que nos concierne y afecta a todos. Votes o no votes, les hagas caso o te tapes los oídos cuando hablen, al final sufres parte de las consecuencias.
Pero no voy a llamar a rebelión. No porque sea un hombre de orden. (Ya me gustaría algo de orden en mi desordenada vida) sino porque a mí este país cada vez me recuerda más a La noche de los muertos vivientes, y una de sus secuelas: Vinieron de dentro.
Algunos, sin embargo, trataron de desviar la atención hablando de los malos de fuera.
(escrito por Garven)

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04 marzo 2010
Amnesia histórica

Andaba yo apesadumbrado días atrás pensando en el intrínseco fascismo de los españoles que permitimos que los franquistas campen a sus anchas y no sean juzgados en sus tumbas, cuando, al hojear algunos libros, di con la respuesta.

Palmiro Togliatti, líder del Parrtido Comunista Italiano y ministro de Justicia del Gobierno de coalición italiano al acabar la Segunda Guerra Mundial, había preparado el borrador de la amnistía de junio de 1946. Togliatti veía que un país donde tantísimas personas habían estado relacionadas con el fascismo, la búsqueda de la justicia empujaba al país a la guerra civil. Así que prefirió colaborar con el restablecimiento del orden y de la vida normal aunque ello supusiera que muchos de los prefectos responsables de la administración provincial de Italia y muchos jefes de policía que habían ejercido su cargo durante el fascismo siguieran en sus puestos aún en 1960.

En Francia a los pequeños hombres de negocio, los funcionarios, y los banqueros que habían ayudado a gestionar el régimen de ocupación se les permitió que continuaran en sus puestos para seguir prestando servicios similares a las democracias y para aportar continuidad y estabilidad.

Para encubrir el cinismo que ocultaban tales decisiones, se llegó al acuerdo de que los alemanes debían asumir toda la responsabilidad. Tanto fue así que Austria, colaboradora ferviente de Alemania, quedó también libre de culpas. Así, que se estableció que los alemanes fueran juzgados en los famosos juicios de Núremberg. Eso sí, en cuanto empezaron a establecer quiénes eran culpables se dieron cuenta de que el número era tan elevado que si procesaban a todos, y los condenaban, Alemania se quedaría sin gente que pudiera reconstruirla. La administración civil, la empresa privada, la salud pública albergaban a un número tan elevado de nazis que los políticos se dieron cuenta de que tenían que ser asumidas tal como estaban, aunque bajo supervisión aliada. No se podía apartar a tanta gente de los asuntos alemanes. Los dirigentes políticos llegaron a la conclusión de que era imposible desarraigar el nazismo nada más acabada la guerra. En 1946 Konrad Adenauer, que más tarde sería canciller alemán, protestó contra las medidas de desnazificación y pedía que se dejara en paz a los “compañeros de viaje de los nazis”. Más tarde volvió sobre el tema en un discurso ante la Unión Democrática Cristiana. Insistió en que la desnazificación estaba durando demasiado y no hacía ningún bien. En realidad esta tuvo un impacto limitado. En 1949 la República Federal dio por cerrada la investigación del pasado de todos los alemanes. Los jueces, los empleados de los ministerios, los profesores de secundaria y de universidad, así como el cuerpo diplomático alemán albergaban entre sus filas a un elevado número de antiguos nazis.

La Unión Soviética despidió a muchos nazis de sus puestos de trabajo con el propósito de que los ocuparan luchadores antifascistas, pero al mismo tiempo alentó a los nazis con un historial mediocre o poco conocido para que se unieran al comunismo. El éxito fue rotundo. Los nazis estaban encantados de “cambiar” su pasado uniéndose a los vencedores. Y en el Estado comunista volvieron a desempeñar a las mil maravillas sus trabajos de administradores locales, policías e informadores. No percibían apenas diferencias entre el sistema pasado y el que les abría sus puertas.

En Italia también hubo muchas personas que pasaron de un régimen al otro sin muchos traumas, al igual que en Austria o en los países del Este ocupados por Alemania. Todos querían olvidar el pasado y encarar el futuro. De tal modo que olvidaron e inventaron mitos antifascistas: la resistencia francesa, las víctimas polacas, … La amnesia fue el precio que Europa pagó para recuperarse con tanta celeridad.

(escrito por Garven)

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01 marzo 2010
Diferencias
Observen las diferencias










Y ahora escuchen al Maestro:


(traído a colación sin cuento por Garven)

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26 febrero 2010
Dialectos/ Jergas/ Verborrea
Seré breve.
Cada época tiene su propia dialecto. En lo esencial hablamos de lo mismo. Solo nos preocupamos de cambiar la jerga. Recuerdo la primera vez que me enfrenté a un libro de Umberto Eco. Me fascinó sobre todo por su vocabulario especializado. Descubrí que con él podía acceder a mundos secretos compartidos solo por los pocos inicados. Luego caí en la narratología de G. Genette y de alguno más. ¡Ya tenía los instumentos verbales para la descripción sistemática y exhaustiva de cualquier novela! Vinieron más tarde los posestructuralistas y los poscoloniales, y junto con ellos los derridianos. Aquí, hagamos un alto, me caí del caballo, que en mi caso debía de ser mulilla de arrastre. Lo de la logorrea me recordó a aquella vez que contraje una gastroenteritis.
A partir de entonces, ¡gracias Derrida, gracias Paul de Man!, me volví al clasicismo estilístico. Clasicismo en la escritura: concisión, ligereza, ironía. El contenido me traía sin cudado pero como se le ocurriera traer su jerga propia, el libro revoloteaba por encima de mi cabeza, pasaba cerca de la lámpara y aterrizaba en el cubo del olvido.
Por aquel entonces los escritores solían utilziar el lenguaje clásico del que tanto me mofé en mi adolescencia y que ahora tanto valoro. Ha habido un cambio generacional, sin embargo, porque los novelistas de hoy también se han dado al uso de la jerga banal y fatua solo apta para iniciados. ¡Una lástima! Antes sus novelas eran mediocres pero sus escritos misceláneos se dejaban leer. Ahora ya ni eso.

Y para muestra tres botones:

La vuelta al mundo

Diario de lecturas

Ibrahím B.

(escrito por Garven)

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