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16 julio 2010
Cuatro cosas sobre la independencia
...que tampoco es cuestión de ser exhaustivo:

1. La independencia de Cataluña no es una fatalidad que haya que esperar con resignación pero tampoco una herejía para una Constitución que haya que sacralizar como inmutable. Por cierto, igual de laico debería ser el Estatuto, a pesar del anuncio oficial de que recuperará su eficacia anterior al fallo del TC a través de leyes orgánicas. Se está imponiendo la arbitrariedad de los gobiernos sobre los poderes legislativo y judicial. No es una nación lo que hay que oponer a otra sino un Estado en el que se reconozcan sus ciudadanos. En lugar de ese Estado y a la vista de las reacciones del gobierno central y la oposición, sólo se ofrece el esperpento de un personaje de Jardiel: “Estábamos tan borrachos [de vitriolo, en este caso] que íbamos dando vivas a la ley seca.” La miseria de la política española, limitada a tácticas electorales, es el mejor aliado de la estrategia independentista.

2. Hablar de o negar naciones es un diálogo de sordos a palos. El Tribunal Constitucional se ha limitado a recordar el concepto de nación jurídica y su lugar –la Constitución- mientras que los agraviados -posición emocional inmune a la crítica- por la sentencia contraponen la nación cultural y la voluntad popular como fundadores automáticos de estado, sin posible objeción o siquiera control de constitucionalidad. Un nuevo pacto político entre los gobiernos de España y Cataluña, como se reclama, implica el reconocimiento tácito de un próximo estado catalán, es decir, un proceso inevitable hacia su independencia, al que tendrían que adaptarse parlamentos y judicatura. Y la famosa voluntad política formada por el paso de Estatuto por el parlamento catalán (82%), español y referéndum (28%) no está al margen de la ley y sus garantías (el control de constitucionalidad). En su lugar cabe un pacto político entre ciudadanos a través de los parlamentos, una vez medida la voluntad política de independencia por el procedimiento reglado, no por encuestas ni manifestaciones.

3. La deriva soberanista del PSC no deja espacio electoral ni social a los restos de partidos españolistas en Cataluña, ellos sabrán por qué, anulando cualquier posible equilibrio a la vasca. No hay paradoja en ese desierto por colonizar porque la oferta del PSC es insuperable para los inmigrantes españoles, incluidos los catalanes de primera generación: independizarse de su pasado (que creen menesteroso) y ser (o creerse) ciudadanos de primera. ¿Qué mayor negocio puede haber que sustituir la foto pasiva de la primera comunión por otra multitudinaria de combate? La independencia puede ser su mayor catarsis para muchos. El presidente Montilla actúa como gran proveedor de biografías y futuro, pero no será él quien proclame el Estat Catalá. Ha aceptado el contrato de viajante que los nacionalistas originales le hicieron y será un comparsa en cuanto entregue el género. Mientras tanto, sin noticias del País Vasco, cuyas únicas diferencias con Cataluña son el PSE y el concierto económico.

4. Una manifestación no es un plebiscito, sino un episodio más de la tradición de mitos y leyendas que se construye a toda prisa. Sólo legitima una supuesta aspiración de un grupo de gente en una sociedad gregaria y alegal. Frente a la imposición de los ejércitos del sí (© AGC, vía Al59), contrapeso de La Roja incluida, ya que hablamos de símbolos, hay que oponer la solvencia democrática, empezando por las próximas elecciones catalanas. Por tanto, nadie puede interpretar una manifestación como la legítima e inequívoca voluntad política de unos cuantos –por muchos que sean- contra otros cuantos. Las comuniones son sólo eso: atribuciones de opinión unánime hechas por padrinos interesados.

(Escrito por Bartleby)

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25 junio 2010
Inapelable
A: – ¡Despierte! El gobierno boliviano tiene un plan. Se propone reconocer a la justicia indígena como jurisdicción especial, separada e inapelable ante la ordinaria. Ambas tendrían el mismo rango pero los fallos de la justicia comunitaria, como se llama apropiadamente a la indígena, no serían recurribles ante instancias superiores, ya que éstas no se reconocen. Aún no están deslindadas competencias ni delitos entre ambas justicias. Tampoco esa justicia comunitaria tiene todavía códigos ni procesos escritos y los fallos son verbales. Delito, juicio, pena y ejecución se basan en la costumbre y son rápidos, a veces inmediatos. Incluso simultáneos, como en el caso de un supuesto violador lapidado y cuatro policías torturados y linchados por la turba. ¿Cómo lo ve?

B: – Poco pintoresco. Hay más casos, es una tendencia: la Constitución de Canadá incorpora derechos de comunidades aborígenes. Guatemala reconoce “el derecho de las personas y de las comunidades a su identidad cultural”.Nicaragua, la “naturaleza multiétnica” del pueblo. Y Brasil, Colombia, México, Paraguay, Perú, Argentina, Ecuador y Venezuela. Aunque de esos reconocimientos a la división jurisdiccional e impunidad (irrevocabilidad) de las justicias comunitarias hay un trecho que pocos han salvado hasta ahora. En cambio, los fallos de nuestro ancestral Tribunal de las Aguas son inapelables ante la jurisdicción ordinaria.

A: – Cunde entonces un regreso a la comunidad en el que el sujeto de derecho deja de ser el individuo sin condición para serlo la condición del individuo. Y nada más libre e igual, si de justicia hablamos, que el individuo no sometido a su condición original y, por tanto, emancipado de su comunidad.

B: – Dos cosas destacan de lo que cuenta: comunidad y justicia inapelable, es decir, infalible. Siendo una justicia indígena, próxima y revelada por la naturaleza, es coherente que así sea. Natura no falla ni duda. Por cierto, ¿conocen esas comunidades indígenas la duda?

A: – Sí. También la luz y la televisión. Incluso conocen la abstracción: tienen espíritus, dioses, ceremonias y una visión religiosa de la política, como la que se va imponiendo entre nosotros.

B: – Entonces la cosa se aleja de lo romántico y se acerca a los intereses de una comunidad preestatal que necesita salirse del estado moderno para proteger sus privilegios.

Pero no cante victoria. A las comunidades indígenas no sólo les asiste Natura sino modernas teorías jurídicas como el llamado constitucionalismo plurinacional, el cual “define al Estado mismo como resultado de un pacto entre los pueblos que lo conforman, esto es, como un Estado plurinacional, intercultural y bajo los principios de un pluralismo jurídico igualitario”.

A: – Estamos otra vez en las mismas: ese pacto entre pueblos sustituye al pacto entre ciudadanos. La condición de miembro del pueblo relega al ciudadano como sujeto, que cuanto más indeterminado es más determinante puede ser. En cuanto a igualdad, las marcas de origen y el sujeto colectivo lo hacen desigual.

En el fondo del asunto está el actual viaje desde la ciudadanía basada en el derecho de los individuos e igualdad en su ejercicio a una pluralidad de comunidades como sujetos colectivos fundadores de derecho. La ciudadanía regresa del individuo a la comunidad y la legitimidad del derecho vuelve a condiciones étnicas, culturales o religiosas por encima de la persona. La supuesta homogeneidad de esas comunidades uniforma a sus miembros y los hace secundarios como sujetos de derecho. El ideal liberal de la autonomía del individuo que funda el estado moderno va siendo sustituido por formas sociales premodernas como la comunidad y jurídicas como la nación cultural y el territorio. El estado jugaría un papel de mero árbitro entre esos nuevos sujetos colectivos, dejando de ser el garante de derechos individuales superadores de la nación cultural. Que esas comunidades sean democráticas (las menos) o no es irrelevante para lo que estamos hablando: la transformación de la ciudadanía y el estado de derecho tal y como lo hemos conocido hasta ahora.

B: – Tengo que objetarle que el estado moderno se funda y representa a una sola nación, cultura y pueblo, en el cual radica la soberanía. ¿No quedarán entonces mejor garantizados los derechos personales por una pluralidad de naciones, culturas y pueblos?

A: – Todo lo contrario. Pueblo en un estado es una abstracción que representa al ciudadano, que es quien vota y el titular de derechos. Así que no importa quién sea o a qué comunidad pertenezca sino cuántos iguales sean. Frente al monopolio estatal de la violencia, la ley general y la justicia común, se quiere pasar a un oligopolio de comunidades que subordinan al ciudadano. Igualdad adquirida dentro del estado frente a diferencia por origen entre comunidades o pueblos. Es el mismo origen y naturaleza del estado de derecho moderno el que está en cuestión.

B: – Su discurso parece tan incontestable como inapelable es la justicia comunitaria.

A: – No lo crea, es fácil rebatirlo; sólo hablo dentro de razón, cabe la contraria y la duda, pero no la revelación ni condiciones atávicas.

(Escrito por Bartleby)

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04 junio 2010
La Entrada
La Entrada es el típico lugar donde uno se pregunta ¿qué hago yo aquí? Pregunta fatal porque una respuesta lógica evitaría moverse de casa. Es un cruce de caminos entre los viajeros que se dirigen a las fronteras cercanas y los emigrantes que regresan deportados de Estados Unidos en el bus de lágrimas. Vuelven a intentarlo enseguida de la mano de contrabandistas que cambian de mercancía contra pedido. Es asiento de narcotraficantes al por menor y de un sitio arqueológico, El Puente. Aquí hasta las ruinas tienen nombre de paso. Hay algunos garitos de juego poco clandestinos llamados con pompa y pretensión de ley casinos, en cuya puerta un cartel de bienvenida invita a dejar los hierros antes de ingresar. Algún sujeto más borracho que malencarado intenta robar las fichas haciéndose el distraído, lo que tiene mérito en su estado. Un coyote con aire ilustrado cambia dólares por lempiras sin calculadora y sin equivocarse. Un loco lleva pegados a los talones de sus zapatillas sendos quitapolvos de esos que llevaban los coches tras las ruedas traseras. Dice que es por ir siempre “hecho un cuete”. Los arrastra por el suelo como si fueran un hábito, como el caso que le hacen los parroquianos. Lleva un loro mustio al hombro que le picotea la cabeza más por costumbre que por curiosidad. Pero, con toda su parafernalia, no consigue ocultar su aspecto de labriego triste.

Fuera hay un mercado que el sol a plomo hace chillón. Huele a bolsas de arpillera y fruta podrida. En un puesto un sujeto vende lotes de terrenos y "burras", pequeñas parcelas que quedan entre fincas y que han resistido el paso del “gusano medidor”. Alguna presume que con vistas al mar, distante doscientos kilómetros, otras en la lomita, pero todas aptas para el cultivo. Ofrece un “jalón” (viaje) para ir a visitarlas y como gancho añade que no hay que pagar impuestos por estar “fuera de la mera riata”, la máxima autoridad.

No hay nada pintoresco en todo lo anterior, por falta de turistas, guías y postales que le den ese aire. Son imágenes planas de un lugar plano. Todas las horas del día son calientes en La Entrada, y el tráfico de personas, conversaciones, trampas, drogas, tabaco y hasta ropa usada no evita que el pueblo sea la prueba más clara de que el tiempo es un borrón. Aquí el tiempo transcurre de un solo golpe y cualquier intento de ordenarlo solo consigue confundir aún más a quien lo pretende.

Además de La Entrada hay otras referencias al Nickjournal en el país, como los pueblos de Gracias, antigua y efímera capital, La Esperanza, El Porvenir, Protección, Valladolid o Cáceres. Incluso, viéndolo con optimismo, el mismo nombre del país, Honduras, y el original de esta parte de Centroamérica, la Audiencia de los Confines.

(Escrito por Bartleby)

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06 mayo 2010
La ciudad invisible
(A Dragut, bien visible)

En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas Inventadas. (Italo Calvino)

Hay ciudades que terminan pareciéndose a su caricatura aunque hayan luchado por la imagen contraria. Y a la inversa, en el caso de aquéllas que se resisten a ser domesticadas por una glosa. El resultado depende de una batalla entre la personalidad que tengan y el acierto del dibujante. Camba bautizó a Nueva York como la ciudad automática pero es más su opuesto, la ciudad dinámica, aunque haya quien pueda ver en ese dinamismo un mero baile de San Vito que confirmaría el dictamen de Camba. Depende de lo automático del frenesí y de la capacidad de sus habitantes para evitar lo gregario y la marca.

Washington, a diferencia de Nueva York, no es efervescente, no es tónica, no combina con sus vecinos. Para empezar, porque no tiene vecinos sino población. Es sólo un escaparate en el que al principio no se reconocen pero al final terminan fundiéndose en su indiferencia. Una urbanidad, más que un urbanismo. Una ambivalencia que se exhibe en el contraste entre el rosario de memoriales que conmemoran gestas y el gesto del olvido de su principal especie, políticos y ganapanes (aquí llamados lobbyists por piedad). Los Estados Unidos de Amnesia, la llamó Gore Vidal por extensión:
Así es Washington en su mejor imagen imperial: una vez que dejan el cargo todos caen en el olvido. Sólo los cargos continúan, breves fuentes de honor previas a los futuros beneficios a largo plazo, con lo que se comercia. En teoría, los habitantes de los acantilados, como se denomina a los que allí habitan permanentemente, deberían recordar más de lo que recuerdan, pero por suerte para estos benditos Estados Unidos de Amnesia, ¿quién recuerda cuántos ministros de agricultura han ido y venido? Cada uno de ellos fue famoso al menos por una semana en la portada de una revista; luego desaparecieron. Incluso los presidentes se vuelven borrosos (…). (Una Memoria)
(Y no, no se puede objetar que España también olvide a sus ministros de agricultura porque nadie los conoce, como es propio de un país en el que el estado es una boina de moda pasajera).

Esa ambivalencia entre una memoria de piedra y un olvido de gatillo fácil se vive sin tensión, la misma que le falta a la propia ciudad. El memorial dedicado a los veteranos de Vietnam ha amortizado la división que sufrió el país a cuenta de esa guerra en una lápida satinada por la que resbala su recuerdo, con nombres equivalentes estrictamente clasificados por orden de llegada de los cadáveres. Memorial Day, como el resto de fechas conmemorativas, es un desfile de reglas y conductas en posición de revista, acuñadas con nombres de valores patrios. La única disidencia visible es una furgoneta de veteranos plagada de etiquetas de reproche y rodeada de harleys propias y miradas huidizas ajenas. Reparte pasquines que nadie recoge y vende quejas impresas en camisetas sin clientes. No hay más soledades a la vista. Ni siquiera en el cementerio de Arlington, el mejor ejemplo de que la memoria colectiva ordena y liquida la particular. Esa homologación de la variedad es la que ha transformado las marchas de protesta en desfiles festivos y oficiosos por el National Mall. Hasta el único edificio de Mies van der Rohe que hay en la ciudad es un memorial: la biblioteca pública dedicada a Martin Luther King (y la única que hizo en su carrera). Para encontrar algo privado –privado de su origen público- hay que irse a las afueras, hasta Alexandria, ya en Virginia, donde está la Pope-Leighy House, de Frank Lloyd Wright, un modelo de casa consagrado al sueño de la clase media por ser alta.

En ese paisaje, entre la institución y la devoción por la vida comunitaria, el washingtoniano se ve atrapado en calles cuadriculadas sin referencias para orientarse, barrios residenciales sin salida, mercados de granjeros intercambiables con burócratas en espíritu, horario y precio, y programas de actividades de juegos florales. Incluso los espacios entre edificios públicos son políticos; así, un pequeño parque entre el Capitolio y el Tribunal Supremo, con aspecto de meritorio de rincón pintoresco, consiste en árboles plantados en recuerdo de senadores ilustres que nadie recuerda. A su espalda, calles donde vive la mayoría negra de la ciudad. En esta ciudad sureña los parques también son una transición entre el apartheid visible y la integración oficial.

Si Madrid fue ciudad de subsecretarios cuando tuvo a su mejor intérprete, Washington es un archivo de uniformes. Su alma de negociado aplana a los habitantes de los acantilados hasta convertirlos en alumnos externos y obedientes del único internado al aire libre y con museos gratuitos del mundo. Ciudad sin aristas ni esquinas que guarden sorpresas al torcerlas, tampoco tiene callejones que escondan posibles vergüenzas. El único con ese nombre alberga un club de jazz de respeto, sin aspavientos, el Blues Alley.

Rincones no hay; mirones tampoco, todos convertidos en espectadores; secretos, menos.


(Cementerio de Arlington)

(Escrito por Bartleby)

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14 abril 2010
Graceland
William Eggleston, Graceland, 1983

Esta es la mejor foto de Elvis. Puestos a ser precisos, la que mejor evoca lo que fue Elvis, aunque en toda maniobra de precisión se pierde fuerza. La fuerza que, en cambio, muestra William Eggleston en esta foto de la serie dedicada a la casa de Elvis, Graceland. Casa con hechuras de clase media y pretensiones de mansión, contra lo que se suele decir de ella y de Elvis, al querer atribuirle un tipo de “factor humano” que lo reduce a un ser común, sin interés. Como si el factor humano fuese democrático.

A pesar de que Eggleston hizo la serie en 1983, seis años después de la muerte de Elvis, no parece una foto póstuma. Hasta el punto de que durante un tiempo circuló la leyenda de que la había hecho en vida de la estrella, aceptando un encargo de la revista Rolling Stone con la condición de que Elvis no estuviera en casa.

Elvis fue el perfecto mirón, un espectador de sí mismo. Aparte de grandes espejos tenía tres televisores en su salón del sótano, para poder mirar simultáneamente las tres grandes cadenas de noticias de entonces, ABC, NBC y CBS. Tres televisores pero una sola dimensión.

Paul Simon hizo una cancioncilla, I’m going to Graceland, a tono con el pastel:



● ● ●

Qué diferencia con este himno, con su letra escrita (incluyendo algún error) para ser coreado hoy, 14 de abril:

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08 abril 2010
Despedida
Lo que iba a ser unas Notas de viaje por Carolina del Sur se convirtió en una deriva por la costa atlántica de Panamá por un fallo de orientación del capitán. El barco se dedicaba al cabotaje de pequeñas mercancías y oscuros asuntos a lo largo del archipiélago de San Blas, entre los puertos de El Porvenir y Obaldia, éste último ya en la frontera con Colombia. La oferta de trabajo era tan peregrina como sabrosa: clasificar las cuatro cartas y paquetes que se repartían entre las aldeas de los indios, controlar la temperatura de los guisos que se hacía servir el doctor hipocondríaco que cubre la ruta y barajar el aburrimiento en partidas de naipes interminables. Todo a cambio de camastro, mala comida, calor y engaño del tiempo, cuatro baratijas irresistibles cuando se quiere hurtar el bulto. Y a cambio también del anonimato, el mayor estado de libertad posible.

El barco es un despojo de lancha guardacostas, cedida a su retiro por los americanos en los años cuarenta, que renquea cargando cocos y guineo y vendiendo cacharros de plástico mientras se construye la carretera de la costa. La desidia del gobierno en acabar la pista asegura larga vida a la propia y el trueque de artículos marginales incluye el de las miserias de los viajeros. El pasaje lo forman poco más que un marmitón que provee todos los servicios imaginables, una odalisca retirada que los aprovecha y un cacique kuna, bautizado con pompa como Higinio Alvarado, el cual se hace acompañar por un súbdito albino para demostrar su alcurnia. Además del capitán y el sacamuelas citados, y el cantamañanas encargado de narrar la travesía. Excluidos por rango el marmitón y el albino, hacen cinco para una partida que se oficia a diario al entrar la noche, con una puntualidad tan celosa como los secretos que todos guardan.

El capitán se enroló en la ruta para curarse la manía de viajar sin tener que caer en el extremo culpable de la vida sedentaria. Ha encontrado el equilibrio perfecto en este deambular de cercanías donde puede oscilar entre una pared y otra, meciéndose entre puertos iguales sin riesgo de futuro. El doctor ejerce en el único lugar donde la fe de los pacientes puede sustituir al título que no tiene. La odalisca combina temporadas en tierra firme para cultivar la nostalgia del oficio con estancias a bordo en las que ejerce con discreción de mujer de mundo. Siempre llega tarde a la cena blandiendo como excusas frases inacabadas como “El viento…”, “La luz…”, enigmas que contribuyen a su imagen. El cacique cambia de albino cada tanto en cualquier aldea, con el pretexto de ser recordado entre los suyos y aprovechando una abundancia de esos indios blancos dictada por la endogamia entre los kuna. El cantamañanas se dedica a hacer bien lo que no debería hacerse en absoluto, esperando que se invierta su suerte. Todos comparten más las ganas de estancarse que el miedo a cualquier cambio. No huyen de nada, pues eso supondría un movimiento cuya mera evocación arruinaría un propósito firme de no hacer nada, de no parecer nada. El barco es un refugio seguro para su intento, ya que ningún pasajero puede reprochar al otro delito alguno en el pasado que él no pueda haber cometido. La sensación de libertad, como la encerrona, es perfecta.

Volvamos a la única actividad que relaciona a los pasajeros y justifica su travesía, la partida de cartas. El juego consiste en contarse vergüenzas, ni lo suficientemente grandes como para romper la confianza entre los jugadores ni tan pequeñas que sean un farol. El que pierde confiesa y quien gana juzga su veracidad. El empeño en desvelar antiguos pecados ha de soportarse con pruebas que los hagan creíbles y, por tanto, apreciados. La odalisca contó una vez que había matado a cuatro o cinco personas (dudaba de la condición humana de una de ellas) para robarles, con la complicidad de un hijo adolescente que estaba secretamente enamorado de ella. Escaparon de país en país, perdiendo el alijo y la ilusión del oficio en cada huida, sin que consiguieran capturarlos. Aportó recortes de periódico con el preceptivo se busca para probarlo y el crimen no fue juzgado severamente por sus compañeros, pues pertenecía ya a un orden de cosas ficticio, el que se jugaban a diario en la mesa. Sin embargo, hay una idea de limpieza moral en cada envite que hacen y que es descartada enseguida en ese universo aislado, pues los pasajeros no descubren escombros particulares sino los frutos de un confinamiento que quieren perfeccionar en el barco. Si cedieran a esa tentación moral la bomba del tiempo les estallaría en plena cara. Por eso, señuelos externos como los cambios de estación, cumpleaños y conmemoraciones o las fiestas religiosas que suceden en las aldeas no son motivo para desembarcar o celebrar. Sólo les interesa su territorio virgen y no confundir sus ruinas personales con banderas de conveniencia.



Ante este panorama comprenderán ustedes que tenga que retirarme como administrador de este garito para dedicarme de lleno a esas quimeras. No me gustan las despedidas, menos aún si son a la francesa, así que ha sido un placer su compañía y el tiempo transcurrido. Que, como en el barco, sucederán de otro modo.

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11 marzo 2010
Productos raros y curiosos

El curioso caso del vagabundo fotógrafo. Vagabundo nada errante porque Miroslav Tichý vive la mayor parte de su vida sin salir de un pueblo de Moravia, Kyjov. En los primeros años de posguerra estudia en la Escuela de Bellas Artes de Praga, durante el breve periodo de gobierno democrático, hasta que el nuevo régimen suprime sus queridas y carnales modelos y él decide sustituir la pintura por la fotografía. Como se verá en sus fotos rasgadas adrede, con leal nostalgia. Fiel a su querencia por tomar dibujos y apuntes del natural, se va a buscar esas modelos a los parques y calles de una ciudad de provincias, sin sorpresas. Su vida de ermitaño, armado con cámaras inverosímiles fabricadas por él mismo con retales, su aspecto de mendigo cubierto de harapos, hacen que sus vecinos no puedan creer que toma fotos de verdad. Esa impunidad y su obsesión por el cuerpo de la mujer le hacen el mirón perfecto. Pasa más de treinta años alternando una vida miserable en el cuchitril atiborrado de desperdicios que le servía como laboratorio fotográfico, con temporadas en cárceles y manicomios cuando las autoridades locales necesitan embellecer el paisaje de su ciudad. A fuerza de aislamiento y desprecio olímpico por los caminos trillados del arte, terminará labrándose un destino de fama y artista consagrado a pesar de su voluntad.

Durante años se dedica a “dejar pasar el tiempo”, tirando y revelando miles de fotos, imágenes distorsionadas deliberadamente o borrosas y manchadas por la pobreza de los materiales utilizados. "Las imperfecciones forman parte de cada foto. Son su poesía y lo que le otorga cualidades pictóricas. Para eso necesitas una mala cámara", dice. Una imperfección que busca con perfecta constancia. Los fabricantes de arte terminan por descubrirlo en su guarida y le montan exposiciones en el Pompidou (2008) y, ahora, en el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York. Llegan las hagiografías. Esa avalancha sepulta su idealismo: "¿Qué es arte? El arte es sólo una idea", sigue diciendo. Hoy lo han convertido en producto de un arte tan necesitado como siempre de homologar excentricidad, aunque lo califiquen de “arte en su forma más esencial”, queriendo decir precario. Como si la pobreza fuera condición de pureza.

Pero no hay tanto misterio como parece: nunca se entregó al azar; al fin y al cabo no era un mendigo anónimo sin destino. Cuando dice "soy sólo un observador de personas, pero uno muy bueno", reconoce un objetivo perseguido de forma implacable. Sus materiales son las cámaras y carretes de deshecho, junto con sus fantasías volcadas sobre desnudos robados, vecinas en biquini tomando el sol y paisajes pacientes. Su estrategia es automática: "Cuando hago fotos no pienso en nada". Y su dedicación, estoica: "Placer es una palabra que rechazo absolutamente. ¿Cómo podría un escéptico como yo sentir placer? Descarto sentimientos tan efímeros como el placer".

La fama le llega en forma de reconocimiento artístico y con ella su perplejidad, tan llena de desprecio como de atracción: "Si quieres ser famoso tienes que hacer algo y hacerlo peor que cualquier persona del mundo entero", afirma. Él mismo se ríe de la fama, dice no interesarle pero se asombra de haberse convertido en una estrella, dice con una risa mellada. Pero su cara guarda la principal arma para asombrarse, para admirar: un mínimo de inocencia. Tichý es un hombre que saltó de un extremo al opuesto sin cambiar de naturaleza, aunque sí de ropa, en el que lo que menos importa es el producto artístico que termina en éxito. Y sus promotores son una tropa ansiosa por confundir la mirada de Tichý con un mundo borroso y roto, expuesto por tanto a la reparación y venta de esos publicistas.





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06 marzo 2010
Hablar con los muertos
Cada loco con su tema. Los muertos que gozan de mala salud nos siguen hablando y reclaman que les hablemos. Es la insolencia de los cadáveres de la que habla Chateaubriand, aunque sea a otro cuento: "Cualesquiera que sean los esfuerzos de la democracia por elevar sus costumbres con el gran objetivo que se propone, sus hábitos las rebajan; se resiente vivamente de esta estrechez: creyendo hacerla olvidar, lo que hizo fue derramar en la Revolución torrentes de sangre; inútil remedio, porque no pudo acabar con todo, y, a fin de cuentas, se encontró frente a la insolvencia de los cadáveres." (Memorias de ultratumba, Libro XIX, Cap. 9)

Las cuentas de los muertos fueron uno de los orígenes de la escritura. De ese legado, y aún más de su eco, las modernas revoluciones de la enseñanza y la información han querido expulsar a los clásicos por aquello de que no se adaptan a la prisa, la prosa y la utilidad, mal (pero justamente) entendidas como servidumbres. Mal entendidas porque los programadores de la enseñanza no nos dejan “oír los escritos” de Zenón, que se dice en el Diálogo sobre Parménides de Platón.

De los cuentos que los muertos nos traen habla Agustín García Calvo en su conferencia Libros y lectura en la Antigüedad Clásica (Hablar con los muertos), dentro del ciclo que organizó la Fundación March Libros y lecturas: cinco momentos históricos. Las presentaciones del anfitrión y del Ministerio del ramo son largas, así que se puede empezar en el minuto 11:45


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27 febrero 2010
Utilidades para el fin de semana

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25 febrero 2010
¿Una cuestión moral?
En 1994 el fotógrafo sudafricano Kevin Carter, que trabajaba como free-lance, recibió el premio Pulitzer de fotografía, en su sección Feature (dejémoslo así), por una imagen publicada en el New York Times el 26 de marzo de 1993. Como en el caso de otras fotografías controvertidas que recibieron el premio Pulitzer, la decisión de publicarla fue tomada por los editores y ésta tuvo un amplio eco mundial. La foto no es una instantánea sino que fue preparada por Carter: esperó un tiempo (horas según el Newseum, donde está expuesta; pocos minutos según su compañero Silva, que le acompañaba) para que el buitre se acercara, entraran ambos en cuadro y consiguiera un mayor efecto. Incluso esperó a que el buitre desplegara las alas, lo cual no ocurrió. La niña estaba en ese momento sola y se encontraba cerca de un centro de alimentación de Naciones Unidas El hecho sucedió durante una de las hambrunas que asolaron la región de Darfur y el sur de Sudán en los años 90. Carter se justificó durante el discurso de aceptación del premio diciendo que la niña pudo llegar por sus propios medios al campamento de la ONU. Poco después declaró: “es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña."

Versiones y detalles aparte, Carter fue duramente criticado por no haber renunciado a la foto, recogiendo a la niña para salvarla. El éxito y la crítica le persiguieron, se pasó a fotógrafo de naturaleza y al cabo de dos meses se suicidó.

Desde el principio la cuestión se planteó por los propios medios que convirtieron la foto en icono como un asunto de moralidad pública, incluyendo la sección utilitarista propia del mundo anglosajón. Sin embargo y desde ese punto de vista de la utilidad, Carter salía indemne del proceso y ganador, puesto que obtuvo más beneficio para la comunidad (africana, con alimentos; occidental, con satisfacción) en forma de ayuda internacional que si se hubiera limitado a rescatar a la niña, supuestamente moribunda. Los moralistas que le criticaban negaban a su vez la autonomía individual de la moral en cuyo nombre hablaban. A Carter se le exigía ser ejemplar cuando sin la foto no hubiera podido serlo porque nadie lo hubiera conocido. El carácter virtuoso para la comunidad de la acción de salvamento que le reclamaron excluía el valor de la noticia como testimonio de un hecho. Al propio hecho, la agonía de la niña y el buitre dispuesto a devorarla, se le negaba su autonomía para imprimirle un valor moral ajeno. Esta tragedia protagonizada por un fotógrafo y unos medios ambiciosos y una comunidad escandalizada, ¿tiene límites? ¿Es legítimo que Carter hubiera preparado la escena hasta extremos más morbosos, como la muerte de la niña?




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20 febrero 2010
Pasando la criatura
By: Carol Guzy

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13 febrero 2010
Doble y nada

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12 febrero 2010
Comunidades
¿Qué define a una comunidad hoy? Así se subtitula una exposición sobre tres fotógrafos y pintores. Una excusa para hablar del nuevo tipo de comunidad, aunque tenga que ser improvisadamente. Empiezo por descartar los conceptos y modos tradicionales de formación de la comunidad: familia, clan y pueblo (o cualquier forma premoderna), de intereses (vecinos, propietarios) o creencias (religiosa o secta), con su origen y medio de relación físico como denominador común. Lo que ha cambiado y define a la comunidad hoy es el tipo de vínculo y el medio por el que nacen y se mantienen. Parecen más electivos: amigos, conocidos o socios de cualquier actividad se buscan y desechan por internet. Se intercambian con rapidez. Comunidades móviles inicialmente formadas por elección y con un resultado final -como conjunto- caracterizado por el azar, el cual convierte al individuo en indiferente, supeditado a la comunidad, ésta a su vez indistinguible. Rostros, modos de vestir y comportarse intercambiables, protocolos de relación homologados, todos iguales. Se bautizan como democráticas. La intimidad desaparece en beneficio de la comunidad. Vuelta al clan, difuso.

Jim Torok: Trenton Dayle Hancock, 2008

Jim Torok: David Brody, 1999

Jim Torok: Doble autorretrato, 2002

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11 febrero 2010
Cambio de género
Un personaje histórico se convierte en literario por obra y gracia de un gran escritor. Chateaubriand extirpa a Mirabeau de la Historia con una incisión profunda en su genio y contradicciones. Como hombre público, lo califica de “tribuno de la aristocracia, diputado de la democracia” y encuentra en él, por el origen florentino de su familia, al hombre extraordinario que reúne “el espíritu republicano de la Edad Media de Italia y el espíritu feudal de la Edad Media francesa”. Dos periodos históricos cuyas lacras y grandezas se manifiestan en la Revolución de 1789 a través de la acción del orador del pueblo: “En medio del espantoso desorden de una sesión [en la Asamblea], lo he visto en la tribuna, sombrío, feo e inmóvil; recordaba al Caos de Milton, impasible y amorfo en medio de su confusión” (Memorias de ultratumba, Libro V, capítulo 12).

(Mirabeau, por Joseph Boze)

El cambio del género histórico al personaje literario Mirabeau continua con la descripción de sus rasgos: “[su] fealdad, las señales dejadas por la viruela en el rostro del orador, (…) la naturaleza parecía haber moldeado su cabeza para el mando o para el patíbulo, tallado sus brazos para estrechar fuertemente a una nación o para raptar a una mujer”. De su carácter destaca que “sacaba su energía de sus vicios”. Chateaubriand coincide con Mirabeau en un banquete ofrecido por la nieta de Voltaire, la marquesa de Villette, y continúa su descripción paradójica –león con cabeza de quimera- a cuento de la egolatría del personaje: “Este hijo de leones, siendo él mismo un león con cabeza de quimera, este hombre tan positivo en los hechos, era todo él novelesco, todo poesía, todo entusiasmo para la imaginación y el lenguaje”. De su conducta, en la época en que la corte francesa tentaba sus cabezas tras la toma de la Bastilla, pero antes del Terror, dice: “no hacía del homicidio un acto sublime de la inteligencia; no sentía ninguna admiración por los mataderos y muladares”.

La gloria de Mirabeau fue efímera, como la fama suele serlo ahora, pero acompañada del honor que diferencia a ambas. En cambio, el rapto de género es una constante a lo largo de la historia. El visto en artes mayores tiene su paralelo en un salto de menor calibre pero de la misma naturaleza en la traducción de una lengua a otra. Para ambos rige que nunca se domina lo suficiente el género ajeno o la lengua extranjera como para que el traslado sea impune. Hay que robar e inventar para que sea creíble y no se pierda nada sustancial en el viaje. La traducción tiene más de boda robada entre autor y traductor que de traición. Cuando muere el traducido, el viudo hereda. Baudelaire da lo mejor de sí traduciendo a Poe e intenta ser “su heredero en todo”. Esa devoción se muestra en sus traducciones minuciosas de las Historias extraordinarias o de las Aventuras de Arthur Gordon Pym, que hacen popular a Poe en Francia (y, de paso, lo harían en España). La fascinación de Baudelaire por Poe comienza en 1847, dos años antes de la muerte de éste, y dura hasta 1865, año en que termina la traducción de Historias grotescas y serias y, por cierto, también dos años antes de su muerte. Una simetría seguramente no querida por dos espíritus desordenados. La tendencia común de ambos hacia la melancolía, el gusto por lo sobrenatural o la atracción por lo oculto son puentes para el contrabando de género entre el cuento de Poe y la poesía de Baudelaire

Termino aquí dejando abierta esta ocurrencia a otros ejemplos o impugnación general, si procede. Y por hacer caso a Montaigne, que se adelanta en más de cuatro siglos a nuestra época: “Deberían tener las leyes un poder coercitivo contra los escritores ineptos e inútiles, como lo tienen contra los vagos y maleantes. (…) La grafomanía se ha convertido en un síntoma de un siglo salido de madre.”

(Escrito por Bartleby)

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28 enero 2010
Connellsville, Pennsylvania
Hay quien no viaja por principios. Otros por finales, habitualmente de mes. En mi caso, por unos juanetes perpetuos que me salieron durante un curso obligatorio de ballet dentro de la Octava Campaña por la Igualdad. Para cubrir esta cuota de Nickjournal tuve que mandar a un propio a explorar lugares irrelevantes. Esta es la crónica de rabiosa caducidad que envía, tan magra como los viáticos que se le proporcionaron. Sean indulgentes con su torpe prosa.

“Connellsville no tiene nada que ver; no hay atractivos turísticos ni placas que los interpreten. Así que tampoco hay fotos. Es lo que se suele decir cuando se recibe un encargo peregrino mientras uno trabaja conduciendo coches ajenos de un estado a otro y la dieta no alcanza al gusto por la novedad. El pueblo es un lugar de paso en el que sólo se para cuando te cae la noche encima en invierno. En los alrededores está la Casa de la Cascada, de ese arquitecto famoso que además de tener ideas nuevas sabía de estructuras y usar la regla de cálculo. Desde él no se han vuelto a utilizar las horizontales como renglones sobre los que andar sin preguntarse si uno está desfilando. También están cerca las tierras de Laurel, un parque natural donde acude la turba de ciudad a circular por senderos, ríos y programas de aire regulado.

Connellsville es un pueblo sin fama al que la cercanía de esos lugares concurridos ha vacunado contra los curiosos. Se defiende de ellos con la última serrería, un puñado de talleres y un diner repleto de trabajadores blancos que abre a las seis de la mañana y sirve desayunos amish a parroquianos que dividen su aburrimiento entre demócratas y republicanos. Las especialidades amish se deben a la comunidad de esa devoción de Smicksburg-Dayton y consisten en engrudos de avena que ningún vecino se atrevería a calificar de pintorescos o étnicos. Pero ese paisaje se dejaría ver por la mañana, entre una niebla coherente.

En un bar de carretera secundaria pregunto por algún lugar donde quedarse a unos jóvenes que van a sosegar en cerveza las décadas que les quedan por vivir aquí. Como si fueran sociólogos de telediario me informan pletóricos de variedad que hay tres tipos de alojamiento: puticlubs, meublés y moteles decentes, haciendo énfasis en lo piadoso del adjetivo. Me aconsejan uno de estos, más por guardar su propia reputación que por querer comprobar la mía. Recalo en un motel de 50 dólares la noche regentado por una mujer oscura que con el recuerdo resultaría ser negra. En la tierra de la libertad me recibe una descendiente de esclavos.

El cuarto de recepción es un remedo de la Casa Blanca, con un despacho oval en el que cultiva plantas tropicales y dos alas simétricas con sendas puertas de vaivén que dan a unos porches sombríos de los que huyen las habitaciones superiores. Los finos llaman a esa timidez de los pisos retranqueo. De la pared tras el mostrador cuelgan dos cuadros que enseña orgullosa, uno del general Washington y otro de ciervos, bosque y río. El primero es una copia del famoso y del segundo dice que lo ha pintado ella misma. A estas horas, sea. Ambos impresionan poco pero juntos guardan una inesperada y justa proporción entre los impulsos de progreso y naturaleza que unen a esta gente. Suelta un emotivo discurso sobre el primer presidente que demuestra tanto la falta de huéspedes que la escuchen como el arrobo del pueblo americano por sus fundadores. A diferencia de nosotros, estas gentes retornan al pasado para tener ídolos útiles, tanto como los jugadores de béisbol. Retornan como si esos pioneros fueran vecinos de mérito y fortuna pero no se retrotraen, como los cacofónicos europeos. Lo suyo no es añoranza de santos sino ganas de tener a quien jalear y emular.

De ese pasado y del presente de paisanos borrachos se defiende la patrona con su querencia por la geometría de su oficina y la pasión por la selva tropical de su interior, lo único que ha crecido en los treinta años que dice llevar al frente de esta fonda de carretera .Dos infiernillos calentando las plantas y una luz que permite distinguirlas son lujos que se echarán de menos en la habitación. También dice necesitar un jardinero de interior, como ella llama a un ayuda de cámara servicial para con sus caprichos, puesto que me ofrece y declino, como la noche.”

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13 enero 2010
montano

Recordarán ustedes a montano, el del Nickjournal de Arcadi antecesor de éste, el que escribía su nick con minúscula de sillón involuntario de academia y comentario firme. Resulta que ha muerto hace poco y bien está rendirle merecido pero discreto homenaje, reservado como era y hubiera querido que se le hiciera. No soy partidario de necrológicas por ser lugar común donde se exhiben retóricas de saldo, cuando no refugio de plañideras o excusa de albaceas espontáneos para alzarse con la propiedad intelectual del difunto. Beatificarlo sería delito de solemnidad y baja traición; ignorarlo, de frivolidad.


Por otro lado, tampoco la muerte revela los secretos de la vida, así que sobra especular sobre ellos o desvelarlos si se conocen. Elogios y críticas ya le fueron hechos en vida y tampoco le hubiera hecho gracia mostrarlos aquí, sin que pudiera defenderse de los primeros y compartir las segundas.

El poder del recuerdo termina por ser mayor que la fuerza de la palabra, así que es mejor dejar que se expliquen otros: Chateaubriand habla en sus Memorias de ultratumba de ese “firme amor a la libertad que es el patrimonio principal de la aristocracia, [la cual] cuenta con tres épocas sucesivas: la época de la superioridad, la de los privilegios y la de las vanidades.” Vivir cuánto y cómo cada una de ellas es cosa de cada uno, sin tener por qué rendir cuentas.

Para evitar cualquiera de esas hipotecas sobre su memoria que hubiera supuesto hablar sobre su vida, esta entrada iba a consistir en una selección de sus comentarios pero no ha sido posible encontrarlos, así de feroz es el paso del tiempo. De modo que sirva esto como acto de complicidad y recordatorio de alguien que fue apreciado.

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09 diciembre 2009
Hambre de huelgas
Siempre se valora lo que no se tiene. Más aún lo que no se está dispuesto a hacer para conseguir causas ajenas. Lo digo por el público de los actuales casos de huelga de hambre con causa. Sacrificio y causa es lo que admira la gente, sin tener por qué entregarse al uno y dedicarse a la otra.

La activista saharaui Aminetu Haidar.lleva 23 días en huelga de hambre e hizo cambiar de estrategia al gobierno que la dejó entrar sin pasaporte, el cual pasa de la devolución del endoso al marroquí a querer salvarle la vida a su pesar, petición judicial mediante si hace falta. Previamente se había dispuesto un avión-ambulancia para repatriarla a El Aaiún, anunciando el acuerdo de las autoridades marroquíes para el aterrizaje. Permiso que el gobierno marroquí, tantas veces hermano en reyes, niega haber concedido nunca, lo cual dio pie a hablar de precipitación por parte del nuestro al anunciar la noticia. Saramago, diputados británicos, actores y personalidades del mundo de la cultura también se apresuraron a mostrar su apoyo a Haidar. El éxito de la operación Haidar consiste en que su público identifique un culpable, el régimen marroquí, y un responsable, el gobierno español, suplente que termina de titular. Los costes los paga la deuda, también la política que contrae el gobierno que se entregue al populismo.

Por contraste, un don nadie: Rodolfo Macías está en huelga de hambre desde el día simbólico de Acción de Gracias para protestar por su próxima deportación. Cambia el tiempo verbal del motivo y el eco del público: está solo. Es un mejicano indocumentado que reside en San Antonio, Tejas, donde fue dueño de un periódico local menor. Sabe de escenas. El motivo de su protesta es el mismo que el de algunas organizaciones y activistas hispanos: exigir a Obama que cumpla su promesa electoral de aprobar una reforma migratoria que frene las deportaciones de los indocumentados. Lleva 15 años viviendo en Estados Unidos y en su momento se le denegó el asilo político, quedando como ilegal. Es un veterano de la protesta, pues en 1992 se tiró al río San Antonio para pedir al presidente Clinton que no reconociera al gobierno mejicano. Tres años antes se había proclamado “presidente provisional” de Méjico, sin que le constara al titular, Carlos Salinas de Gortari. Es hombre religioso y madrugador: pide a los inmigrantes ilegales rezar por la reforma migratoria todos los jueves a las 7 de la mañana. Anteayer vencía su orden de deportación.

La repercusión es muy distinta a la de nuestra activista. Primero porque Rodolfo Macías no ha sido adoptado por el gobierno ni por los medios estadounidenses, como le ha ocurrido a nuestra Haidar. No aparece en el New York Times ni en el Washington Post y sólo merece una reseña en su filial, El Tiempo Latino. Tampoco aparece ninguno de los dos en el diario de mayor circulación de San Antonio, el Express-News. Otra razón del diferente eco de ambos casos es que una ética protestante del trabajo ha acostumbrado al norteamericano a apreciar el sacrificio en sus justos términos, es decir, en proporción a la causa que se invoca. Lo aprecia pero no lo consagra. Cuenta menos la farándula, al margen del acierto en la estrategia de cada huelguista. Pero la clave que distingue la repercusión de ambos casos es la queja. El prestigio y la cultura de la queja, tan arraigada en España que el partido de la oposición vive de ella y el del gobierno del antifranquismo, una especie sin extinción a la vista.

El éxito de público depende del tipo y lugar del espectador, no del espectáculo. De vuelta a Europa, hay otro caso de huelga de hambre que fue famoso hace tres años, Vojislav Seselj, líder del Partido Radical serbio que está procesado por el Tribunal Penal para la antigua Yugoslavia por crímenes de guerra. El juicio fue interrumpido por el tribunal al apreciar éste que su debilidad no le permitía “testificar libremente y en condiciones adecuadas de salud”. Eso sucedió a finales de 2006 y el motivo de su huelga fue la demanda al tribunal de libre elección de sus abogados, derecho a dirigir su propia defensa y visitas de su esposa sin restricciones. El 25 de noviembre se ha reanudado el proceso. La causa que esgrime Seselj no es noble pero el motivo es el mismo: fama que sirva a su propósito. Pero el escenario para sacar del anonimato al huelguista lo ponen los empresarios del teatro y productores de la función, gobierno y opinión pública. Del público, su ruido y furia depende la taquilla.

(Escrito por Bartleby)

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04 diciembre 2009
Nashville, Tennessee

En Nashville hay más mendigos que clubs de música pero algo menos que decibelios escupen éstos a su concurrido downtown. Los mendigos se concentran alrededor de la neoclásica biblioteca pública como si quisiesen compensar su discreta miseria con la solemnidad del edificio. Los motivos siempre son más prosaicos y fabrican los hechos: la biblioteca abre a las 9 y ofrece lavabos, retretes y calefacción gratis después de la helada. A cambio, los mendigos fundan refranes, pues con ellos se hacen nuestros "A buen hambre no hay pan duro" (beggars can't be choosers), "No se puede pedir la luna" (if wishes were horses, beggars would ride) y "Das la mano y te cogen el brazo" (set a beggar on horseback, and he'll ride to the devil). Con estos proverbios de rebajas del espíritu no se sabe si el mendigo es el límite real a nuestra fantasía o nosotros su sueño.

Esta ciudad oficial de la música country tiende a acaparar el género, reivindicando el origen del bluegrass con una partida de nacimiento en el exterior del Ryman Auditorium, gigantesca fábrica de ladrillo rojo construida para oficios religiosos y hoy consagrada al country. En diciembre de 1945 y al calor de la renovación que la II Guerra Mundial trajo al país, Bill Monroe y su banda crearon ese nuevo estilo musical que también reclaman para sí Virginia y West Virginia, con codazos de Kentucky, y que un pacto tácito nombra como música de los montes Apalaches. Parto de los montes no respetado, por supuesto. El caso es que a la mandolina de Bill Monroe se unió el violín de Chubby Wise y el bajo de Howard Watts para formar The original bluegrass band, la cual sirvió de modelo a las que le siguieron. Aquí su Blue Monn of Kentucky:


Hoy, para escuchar buena música hay que salir del masificado centro turístico, salvar seis millas de cordón sanitario contra el rock-punk-country que domina la escena oficial desde los 90 y llegarse hasta el Bluebird Cafe, donde a cambio de magníficos grupos es obligado sumergirse en una liturgia de devoción hacia los cantautores que por allí pululan. Con algo de esfuerzo y la oportuna ayuda de la helada nocturna, el turista avisado puede recuperar el laicismo en un lógico santiamén. Más cómodo resulta recuperar a Willie Nelson, que no se durmió en los cánones del country clásico y fundo el estilo outlaw, un sonido influido por el rock’n roll. Fiel a su invento, le embargaron el rancho y el estudio que tenía en Nashville por fraude fiscal millonario. Con los restos comprados en una subasta se ha hecho un museo dedicado al innovador cantante, hoy promotor del biocombustible BioWillie. Su Crazy recuerda el Blue Velvet de David Lynch y la calma que destila la ciudad su primera escena, la de los bomberos amigos desfilando.


Nashville es también ciudad de valores y homenajes a la historia. En el Centennial Park hay una reproducción del Partenon, en mejor estado que el original, y se conmemoran virtudes guerreras, de la II Mundial: diez monolitos con subtítulos y fotos que las interpretan hacen guardia a gratitud, triunfo, coraje, convicción (“el milagro de la producción industrial”, no la necesaria para la batalla), terror (el ajeno, por supuesto), ultraje (Pearl Harbour), resolución, valor, fortaleza y victoria (foto de la bomba atómica de Nagasaki). Otro patrimonio de la ciudad es el origen del Ku Klux Klan, fundado aquí en 1868 y que tiene su oficial contrapunto en el museo estatal, donde se enseña que el movimiento abolicionista es más antiguo, de 1797. Y mala comida, surtida a granel en el plato típico meat-and-threes, que pretende salvar un restaurante con nombre de periódico, The Standard, cuyo cambio de sede no mejora el resultado. Y Dolly Parton, la hija más famosa del este de Tennessee, cantando a dos chicas que compiten por el mismo novio:


A Nashville se llega desde Chattanooga si se acerca uno desde el Este o desde la orgullosamente sureña y aristocrática Atlanta. Si no, se da un rodeo y se visita esta ciudad, galardonada con el título de la más sucia de América en los sesenta. Después aplicó la ley y el presupuesto de las compensaciones y hoy tiene un centro peatonal y kilómetros de senderos junto al río Tennessee, que la atraviesa envolviéndola en meandros de un gris que reclama su época industrial. La tal Chattanooga está en la confluencia de tres Estados, Georgia, Alabama y Tennessee y sólo unas leguas por debajo de la frontera de la guerra civil entre el Norte y el Sur, probablemente la única con un piadoso más que aséptico nombre geográfico. Como corresponde a su situación, surgió como estación de tren de la Western and Atlantic Railroad. Glenn Miller le dedicó su Chattanooga-Choo-Choo, una canción con el frenesí y la fe en el progreso propios de la época que evoca:


(Escrito por Bartleby)

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30 noviembre 2009
E+M


E=Mc2


siendo C cualquier palabra que exprese admiración, como caramba al cuadrado.

Observando con distancia la fotografía, advertiremos que E+M cambiaron para siempre el mundo de la Física. ¿No creen?


(Escrito por Lacónico)

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19 noviembre 2009
Velando armas contra los símbolos
La ventaja de comentar una noticia caducada es tener que destripar su tendencia, so pena de estar hablando de un cadáver. Esto sólo vale cuando la noticia no ha sido amortizada, o sea cuando no es un hecho aislado. Y sucede cuando pertenece a un género, en este caso al de las religiones, creencias y su reino público.

La cosa sucedió hace una semana. Un juez, situado por los medios y la creencia popular en la vanguardia moral de una sociedad, expulsa de la Sala a una abogada musulmana por llevar un pañuelo cubriéndole la cabeza en el ejercicio de su función. La cuestión es en nombre de qué lo hace puesto que no lo hace en nombre del laicismo, es decir, de un conjunto de normas, usos y costumbres vigentes y socialmente aceptados y practicados, como en Francia. Pero el laicismo no es religión de estado en España. Así que no la expulsa como representante laico porque no puede remitirse a ninguna norma adoptada por razón, no por fe circunstancial. En su lugar, descanso: el juez es ejemplo del paganismo que reina en su país por encima de la religión y el estado, hasta el punto de que parte del éxito de la Iglesia Católica se fundó sobre su adaptación a lo pagano. El pagano ignora que la frontera entre lo público y lo privado no es física ni se sitúa en la función de cada uno, puesto que uno en la plaza no es disociable en la vida moderna, sino que es un equilibrio inestable entre ámbitos móviles sólo regulado por el respeto y la duda. La sustitución de norma, respeto y duda por creencia e imposición personal, por muy compartida que esté ésta, es idolatría a valores tribales y pasto de confusión, en el cual campa a sus anchas el poder. Además de que la idolatría es de fidelidad muy variable, en función de los réditos que ofrezca el ídolo en cada momento. De ahí que la decisión del juez no sea una batalla de una guerra de símbolos sino un símbolo más de una guerra entre tribus, por muy larvada que esté por el moderno confort. La comunidad vista como aldea regresa y suple al laicismo pretendiendo actuar en su nombre.

Lo que hace el juez es velar el símbolo del pañuelo con una vigilancia feudal en la que sólo la ley del más fuerte impone una comunidad a otra y excluye al vencido. El ritual de la decisión del juez es mágico porque sólo él puede conocer su motivo y proceso, dejándonos la interpretación sólo como descifre, forzosamente aleatorio. Los propagandistas del nuevo dogma convierten cualquier discusión sobre el asunto en artículo de fe, excluyendo la razón contraria: Marc Carrillo concluye su artículo El crucifijo viaja a Estrasburgo con una afirmación lapidaria que anula sus argumentos anteriores: En fin, con este viaje del crucifijo a Estrasburgo se asientan mejor las bases de una sociedad más libre de talibanes de toda especie y condición. El infierno siempre son los otros. Lo que empieza como razonamiento en su artículo se transforma en una verdad impecable, que como tal es sospechosa de ser una mentira encubierta. Si es o parece inapelable es que no admite contraste ni, por tanto, razón.

En cambio, la fuente es más digna de atención: la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, de 3 de noviembre de 2009, sobre el caso Lautsi contra Italia, por el que el Estado italiano ha sido condenado por daños morales a propósito de la exposición del crucifijo en un colegio público. Al final, sólo ocurre una sustitución de símbolos visibles –y por tanto reconocibles e impugnables- por otros invisibles y más difíciles de identificar y combatir. El derecho a no creer en ninguna religión que funda la sentencia debe incluir los ídolos, como ella misma reconoce al extender esa libertad a prácticas y símbolos que expresen una creencia, religión o ateísmo.

(Escrito por Bartleby)

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