<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener('load', function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <div id="navbar-iframe-container"></div> <script type="text/javascript" src="https://apis.google.com/js/platform.js"></script> <script type="text/javascript"> gapi.load("gapi.iframes:gapi.iframes.style.bubble", function() { if (gapi.iframes && gapi.iframes.getContext) { gapi.iframes.getContext().openChild({ url: 'https://www.blogger.com/navbar/7974984536099633988?origin\x3dhttp://nickjournalarcadiano.blogspot.com', where: document.getElementById("navbar-iframe-container"), id: "navbar-iframe" }); } }); </script>
07 febrero 2010
La Mafia y la mafia

Con agradecimiento para Bartleby, Garven, Melò Cucurbitaciet, Mercutio, Qtyop, Protactínio, Schultz y Tsevanrabtan, sin quienes el NJ nunca habría existido. También con agradecimiento para quienes mucho me han enseñado en esta casa.


Hace algunos meses, pensando en la continuidad de este chiringuito –lo que hoy ya me parece imposible-, barrunté descolgarme con varias entradas sobre la Mafia. Empezar con los Beati Paoli y acabar con el acceso de Berlusconi al poder, lo que no es ajeno al asunto. Pero no será.

Hoy ya sólo me importa cumplir con el último compromiso que adquirí, lo que me lleva a escribir lo que leen. Curiosamente, que esto sea lo último que aportaré a la sábana no deja de tener relación con lo que habría sido la enjundia de mis proyectados textos mafiosos. Porque la Mafia se muestra en una envoltura de violencia descarnada, expresamente buscada aquélla por sus mandantes y cínicamente revestida ésta de fidelidad a principios sacrosantos por sus ejecutores. Pero lo realmente nuclear del comportamiento mafioso es la manipulación de las conciencias, la perversión de la palabra, la coacción sistemática, la intención de postración de los otros, el gobierno arbitrario y feroz según la ley no escrita, la extinción de cualquier traza de trato digno o la corrupción de los procedimientos. Todo un sistema de opresión destinado a garantizar el imperio de quienes nunca aceptarán la condición de iguales de los demás, a los que quieren sometidos y súbditos de su inmundicia moral, o guerreros de su cruzada malintencionada, o simples proveedores de su fortuna. Quienes no aceptan semejante bajeza, es decir, quienes no aceptan ser obedientes siervos o sicarios, son simplemente acosados hasta que se someten o hasta que acceden a emigrar. Caso de no surtir efecto, queda reservada la muerte pública: i morti ammazzati.

Y así es que yo me voy porque no quiero someterme a la mafia, a esta mafia de barrio hedionda que se ha dedicado a acosar a todo el que no le ha prestado apoyo, o expresado devoción, o admirado sin crítica. Porque ellos se sienten los señoritos y quieren ser quienes desde encima de su enano taburete cojo decidan más allá del bien y del mal, revistiendo su miseria de grandes protestas de dignidad, de fidelidad al rigor intelectual y de defensa de la cultura y el civismo. Una miserable impostura de catetos asilvestrados que no soportan que existan otros, que censuran como deleznable cuanto ignoran –que es mucho- y que adolecen de la más mínima estructura emocional para ser por sí mismos sin sojuzgar a los demás. Imagino que por motivos más o menos similares, otros antes que yo también se han ido. Al fin y al cabo, la mafia ha estado a punto de vencer y, en mi caso, ha vencido. Me despido hasta nunca. Les dejo con la mafia y me voy con la Mafia a otra parte. Queden con Dios.

Etiquetas:

 
[0] Editado por Dragut a las 9:00:00 | Todos los comentarios 171 comentarios // Año IV
15 enero 2010
Fi y Bonacci
Un día, qtyop dijo Pi. Hoy yo les digo Fi. En los Elementos de Euclides, se dice que dos segmentos de recta de longitudes a y b están en relación armónica si:







Tratándose de una ecuación cuadrática, el sistema tiene evidentemente dos raíces posibles, sea a en función de b o a la inversa. Dichas raíces –tomando b en función de a- son:








De las dos raíces, una, la que es suma de los dos términos del numerador, es un valor positivo y, por tanto, euclidianamente representable como una dimensión lineal. La otra, la que es sustracción de ambos términos, no es representable en las mismas condiciones que la anterior, por ser de valor negativo. En realidad, la que nos interesa hoy y que suele ser la de referencia casi universal es la de valor positivo, la primera que he citado. Expresándolo de modo distinto al que he dicho antes, quedándonos sólo con la raíz positiva, obtenemos:







que es el número conocido como Φ y representado por su letra griega. Efectivamente, la relación armónica entre segmentos es tal que el mayor es Φ veces el menor. Esta relación es la que se conoce como sección áurea o numero de oro, de la que está trufada la historia del arte y la de las matemáticas, aparte de haber sido el soporte de las mayores estupideces esotéricas de la historia. La más reciente, la cagarruta “El código Da Vinci”, donde se estupra el número de oro a lo grande, con todo desparpajo y a la vista del público todo. A pesar de tales obscenidades, el número Φ es una creación finísima e intrigante, llena de delicadeza y potencia.

Copiando descaradamente a qtyop, les diré que así como Pi es número irracional trascendente –no se puede siquiera representar geométricamente con precisión absoluta-, Φ es menos retorcido y es sólo irracional, pero no trascendente y, por tanto, representable geométricamente con toda precisión. La construcción es muy sencilla. Si tomamos un rectángulo de lados a y 2a respectivamente, y prolongamos su diagonal una longitud a, la mitad de la suma de la diagonal más el segmento de longitud a nos da exactamente la dimensión Φ·a.



De esta manera se puede construir el rectángulo de proporción áurea, que es un patrón compositivo muy extendido en la historia del arte y hasta de la música. Pero no me voy a ocupar de tales asuntos, sino sólo de sus propiedades matemáticas, que tienen algo de mágico e incomprensible, y mucho de gran potencia práctica, lo que explica su mucho uso. Veremos que todo lo que se ordena en términos de Φ es muy fácilmente manejable. Empezando por lo más sencillo, si tomamos un rectángulo de proporción áurea, su área A será:





Es decir, el área del cuadrado por F. En realidad, esto no nos dice nada, porque esta última relación se cumple para cualquier número. Si ahora tomamos un volumen en que la base sea la anterior y la altura también a F, es evidente que dicho volumen vale:





Relación que vale para cualquier número también. Pero, en realidad, planteo lo anterior porque no es igual exactamente con cualquier número. Ahora nos es muy sencillo calcular potencias de cualquier valor, pero esto sólo sucede desde hace no más de veinte años. Antes no era así, sino que calcular potencias de números era muy costoso y, desde luego, muy poca gente sabía hacer tal cosa. Veamos que las potencias de Φ son de una sencillez pasmosa, que en realidad no es necesario calcular las potencias expresamente. Empecemos por la primera, el cuadrado, en realidad la segunda:








Por tanto, basta con saber sumar para calcular la segunda potencia de Φ. Pero conocido esto, las demás potencias se simplifican enormemente también, quedando como meras sumas:

















Por tanto, todas las potencias de Φ se pueden expresar como sumas de términos independientes y múltiplos del propio número. Más aún, los términos independientes y los coeficientes multiplicadores de Φ siguen dos series de Fibonacci (1,1,2,3,5,8,13,…), desfasado en un orden el término independiente respecto del coeficiente multiplicador. Esta serie es la que he notado como F(n), la serie de Φbonacci. Ésta se define como:






Por tanto, ordenadas las potencias de Φ, siquiera hace falta operar gran cosa. Como se comprueba en el listado anterior de potencias, basta con ir sumando en columnas los dos términos –el independiente y el coeficiente- que anteceden en potencia y obtenemos la lista completa de potencias, donde sólo necesitamos sumar y multiplicar, obviando la necesidad expresa de calcular potencias.

Pero no acaban ahí las propiedades. Precisamente por responder sus potencias a sumas de series de Fibonacci, la relación entre potencias sucesivas se rige por una razón constante, que es evidentemente Φ. Pero veamos:

O sea, que, por si fuera poco todo lo anterior, además:






¿No es hermoso? A mí me lo parece, y mucho. Y hay más, mucho más. Si alguien tiene interés en la cosa, hay un libro muy bonito, aparentemente esotérico, en realidad riguroso, escrito por un diplomático rumano de los años veinte del siglo XX, Matila Ghyka, que se llama “El número de oro”, donde encontrarán explicada toda la maravilla que se genera a partir de este número. Eso sí, si leen otras cosas, cuidado, que alrededor del número de oro se ha escrito la más variopinta y obscena literatura. Y digo literatura con la connotación de lo que se entiende por mera palabrería.

____________________________________________________________________



(*) No sé escribir ecuaciones aquí, y las he insertado como imágenes, que se ven unas mejor y otras peor. Pido excusas. Para otra vez, me quitaré los guantes de boxeo.







(Escrito por Dragut)

Etiquetas:

 
[0] Editado por Dragut a las 8:00:00 | Todos los comentarios 185 comentarios // Año IV
27 noviembre 2009
Les Fleurs du Mal, 1947

Escuchando a Garven hablar magistralmente sobre Poe, sentado junto a Funes, aprendí que sin Baudelaire el pobre Poe no habría sido conocido ni apreciado. Y me acordé de una historia acerca de la edición de 1947 de “Les Fleurs du Mal”. No es que yo sepa nada especial acerca de Baudelaire –siquiera sé lo que cualquiera medio enterado sabe- o que sepa nada acerca de cómo se edita un libro. Simplemente, en 2007 la editorial Chêne publicó una edición facsímil de la de 1947, que estaba ilustrada por Henri Matisse, y que de la que yo compré un ejemplar. Preciosa la edición.

Se editaron en 1947 trescientos veinte ejemplares, de los que veinte, identificados con letras de la A a la T, fueron regalados a los colaboradores de la edición, y los trescientos restantes, con numeración consecutiva, fueron puestos a la venta, todos firmados en original por Matisse. Las ilustraciones de Matisse consisten en dibujos ornamentales o rostros, nada más.

Aquella edición estuvo a punto de no existir nunca. Estamos acostumbrados a que estos asuntos tengan que ver con rencillas de egos insatisfechos, peleas a muerte entre editores, intereses políticos o sectarios, cualquier causa algo épica suele valer. Sin embargo, en este caso, algo totalmente banal estuvo a punto de dar al traste con una edición que a quien más placía ver terminada era al propio Matisse. En la última página, dejaron los editores constancia de lo sucedido. Más exactamente, el relato lo firma Aragon:

“Fue durante el verano de 1944 cuando Henri Matisse, soñando desde hacía años con el proyecto de ilustrar “Les Fleurs du Mal”, terminó de dibujar estos rostros con lápiz graso para ser calcados en piedra de litografía. Hacía mucho calor y el lápiz se había secado para cuando el litógrafo los recibió. Como se hace frecuentemente, los dejó una noche entre hojas de papel secante humedecidas. Por la mañana, hizo el calcado sobre la piedra y grabó las pruebas.

Pero se encontró que la humedad , igual que deforma una puerta, había deformado estos rostros: se habían estirajado más o menos un centímetro; las proporciones, la expresión se habían perdido. Y ocho meses de trabajo de Henri Matisse. Si podemos a pesar de esto conocer esta experiencia, es gracias a las fotografías de los dibujos de lápiz graso, antes del calcado en piedra, que Matisse tuvo la precaución de hacer tomar. Reproducidas aquí en fotolitos (a los que el pintor ha añadido el aguafuerte liminar, los numerosos ornatos especialmente dibujados para esta edición, el dibujo de la cubierta y las mayúsculas de encabezamiento de su propia mano) guardan para el futuro un logro fugitivo, que Henri Matisse no ha podido absolutamente volver a encontrar cuando ha querido abordar de nuevo estos dibujos: la expresión, la pasión ya no existían, ya no eran más que copias. Ha preferido publicar, en lugar de estos dibujos reempezados, los originales registrados por el aparato fotográfico. Los cuidados infinitos que además ha aportado para la precisión tipográfica de este libro, para el enriquecimiento de esta edición, dan testimonio de la importancia que le asigna a una experiencia que alcanza la poesía baudeleriana en su corazón mismo.”


Mereció la pena que la fotografía salvara la obra de Matisse. ¿Cuántas veces antes de la existencia de la fotografía se habrán perdido dibujos matriz de litografía para siempre? Muchas, imagino, pero no fue éste el caso.

Etiquetas:

 
[0] Editado por Dragut a las 8:00:00 | Todos los comentarios 222 comentarios // Año IV
31 octubre 2009
Muertos de risa
La muerte no deja indiferente a nadie, siquiera a los suicidas. Y es a su alrededor todo lágrimas, llantos, quebrantos, duelo, ausencia y dolor, mucho dolor. Sólo el muerto se salva de sufrir por su propia muerte.

Pero, claro, los que lloran al muerto nunca sacan la mueca inconveniente, jamás violan la liturgia obligada. Da igual si a uno el muerto ni le va ni le viene, si lo odiaba al punto de no soportar que se haya muerto, frustrando el deseo de haberlo matado con las propias manos. Todos, ante un muerto, tenemos que gesticular algo serio, tendente al dolor. Caso contrario, no tenemos alma.

Pues verán que yo no la tengo. En alguna ocasión me he desparramado de risa a causa de un muerto. En concreto, tres veces me he partido la caja a cuenta de uno de ellos. Para más colmo en dos ocasiones eran muertos cercanos. Esto no se lo cuenten a quienes me conozcan, que echarían a perder mi reputación de tipo sensato y respetuoso. Hoy les contaré otro caso menos trágico –que casi acaba con otro muerto- y que sucedió en medio de un campo plagado de muertos. Esto es para que vean cómo los muchos muertos no tienen por qué producir más horror que uno solo.

La aventura empezó como una simple tarea administrativa sin demasiada importancia. El Ayuntamiento envió a mi madre una comunicación indicando que el nicho en que estaba enterrada su hermana se iba a demoler, porque su estado, como el de los demás del sector, era casi ruinoso. Por ello, tenía que acudir al cementerio a cerciorarse de que el nicho en cuestión era efectivamente el de su hermana y, en las propias oficinas del aparcamiento de muertos, firmar el papelito de marras haciéndose responsable del asunto y comprometiéndose a abonar el coste de la exhumación de los restos, depósito, reparación del nicho y nueva inhumación. Solícito hijo como soy, me ofrecí a acompañarla a buscar el nicho, identificarlo y resolver toda la papelería. Casualidades de la vida, mi coche estaba en el taller el día para el que estaba prevista la excursión a la sucursal del otro mundo en éste. Una amiga, que estaba de viaje y vive cerca, me había dejado las llaves de su coche para que se lo llevara a dar una pintadita a un taller cercano, diciéndome que podía usarlo si lo necesitaba. ¡Coño, pues qué mejor ocasión! Allá que me fui con el coche de mi amiga a recoger a mi madre y, tan pichis, ¡p’al cementerio a pulular entre sus calles a la caza del nicho maltrecho! En callecitas entre nichos y buscando el número correspondiente, es evidente que no circulaba yo muy rápido, sino a paso de tortuga. Y en éstas, ¡zas!, como una centella aguindillada, otro coche se cruza en perpendicular a todo gas rozando con su lateral el paragolpes delantero de mi coche prestado. Recién pintadito, recién pintadito, dense cuenta. Pero eso lo pensé después, porque el correcementerios, con el roce lateral, se desvió de la calle y fue a parar lateralmente contra la esquina de un mausoleo de granito macizo inmenso, absolutamente descomunal, doblándose en ángulo recto contra su ella. ¡Vaya hostiazo, señores, vaya golpe morrocotudo! Mi madre se quedó bloqueada y muy nerviosa, yo salí del coche y, sinceramente, más me preocupó al principio el estado de la pintura de mi coche que la salud del descerebrado del coche doblado. Sólo se había desprendido la matrícula y un poco el paragolpes, pero el Nissan Bluebird azul marino –nunca se me olvidarán la marca o el modelo del coche escuadrado- estaba hecho una mierda, todo desvencijado. Me acerqué y vi, bastante aterrado, que el conductor estaba inconsciente con la cabeza ladeada, mientras un chorrillo de sangre le salía de por encima de la sien. La puerta no se abría ni de suerte, el tipo no respondía y empecé a sentir angustia. Decidí gritarle y surtió efecto: sólo estaba aturdido. Se despejó un poco, le ayudé a forzar la puerta para salir y, ya fuera, se secó la sangre con un pañuelito delicado. Iba el tío de punta en blanco. Cabreadísimo, mientras mi madre miraba atónita, el tipo me espetó toda suerte de insultos diciéndome que era un peligro público, que qué velocidades eran ésas y demás verborrea agresiva típica de quien es consciente de haber jodido al prójimo y ser responsable, y pretende proyectar en el damnificado su propia responsabilidad. ¡Pues ni sangre ni hostias, que la actitud del tipo me hizo pasar de la angustia al cabreo y ganas tuve de rematarlo ahí mismo a cabezazos –suyos- contra la esquina de granito del mausoleo! Lo agarré de un brazo sin decirle ni pío y lo llevé hasta el cruce donde se había desviado al raspar mi coche recién pintadito. Le enseñé con cara de bastante mala hostia el STOP que alegremente se había saltado a todo trapo: era el acceso directo desde la ronda perimetral –cuatro carriles- a las callecitas que menudean entre baterías de nichos. ¿De quién es la culpa, pedazo de mastuerzo?, le dije. Bastante cagado de miedo, mientras para dar pena se sujetaba el pañuelito delicado junto a la sien, me soltó que, claro, que le perdonara, pero que llegaba tarde ¡a un entierro! ¡Coño, si a algo nunca se llega tarde es a un entierro!

No estaba dispuesto a cabrearme más y, civilizadamente, le dije que cogiera sus papeles para redactar el bonito parte amistoso que íbamos a firmar. Ni corto ni perezoso, dijo que no y por el mismo sitio por el que entró como una bestia con su coche, salió a pie de vuelta fumándose un cigarrito. Al entierro, ¡que le dieran por culo! Total, debería pensar, casi había estado él a punto de ser uno más de los residentes…

El colmo llegó cuando llamé a la Policía Municipal para informar del accidente, para que luego no me acusaran de sabe Dios qué. Quería que vinieran para que dieran fe de que no era culpa mía y explicarles que el herido del pañuelito se había largado sin dejar datos ni nada, sólo el coche doblado en escuadra contra el mausoleo. Cada vez que lo miraba, más grande me parecía la masa de granito, más robusta, más dura y más mierda me parecía el Nissan. Nunca me compraré uno. Y la pintura recientita del coche prestado, ¡cómo me la había arañado el cabrón del pañuelito! El caso es que, conectado con el amable municipal, le cuento el asunto y, con voz de cabreo me advierte de que las bromitas a la policía son delito. Ya, señor guardia, lo sé, pero esto no es broma: estoy en el cuartel XX del Cementerio, entre las filas de nichos xx e yy, con el coche paradito en un cruce y, en la esquina siguiente, hay un Nissan Bluebird azul doblado en escuadra contra un rascacielos de granito, cuyo conductor, herido en la sien, se ha dado a la fuga a pie fumando un pitillito y empapando su sangrecita en un pañuelito delicado.

Y llegó la patrulla de la policía municipal. El que hablaba conmigo mantenía la seriedad y el compañero torcía muequecillas de medio descojono. Mientras relataba las circunstancias de la cosa, se iban quedando de piedra, muy serio el que parecía jefe, valorando sesudamente si la actitud del del pañuelito con el coche empotrado en el granito podía ser delito. Así, hasta que volvieron la cabeza para ver la chatarra de color azul empotrada contra la mole granítica. La carcajada del ayudante se oyó en todo el cementerio. Se le saltaban las lágrimas al ver el resultado de las prisas para llegar a un entierro. Hablando claro, se descojonaban vivos, los dos. Fueron amables, tomaron parte de todo, mi madre se calmó, encontramos el nicho de mi tía, hicimos los papelitos funerarios, volví a llevar el coche de mi amiga al taller para rehacerle la pintura –y un ajuste de bastidor de no te menees- y santas pascuas. ¡Cómo te lo agradezco que te hayas ocupado de mi coche mientras estaba de viaje!, me dijo mi amiga al volver. Sólo dos años más tarde tuve arrojo para decirle que su coche, durante su viaje, había estado en el taller dos veces, no sólo una. Me sigo hablando con ella, no crean.

Espero que se hayan divertido. Si a alguien no le ha gustado, que se muera, que ya verá cómo me parto de risa.



(Perpetrado por Dragut)

Etiquetas:

 
[0] Editado por Dragut a las 9:00:00 | Todos los comentarios 40 comentarios // Año IV
03 octubre 2009
Una siesta de perros








(Fotografiado por Dragut)












Etiquetas:

 
[0] Editado por Dragut a las 9:00:00 | Todos los comentarios 75 comentarios // Año IV
10 septiembre 2009
Almadraba barroca
De asentar atún, la familia llegó a hacer una pequeña fortuna, logrando una posición de privilegio, copando el mercado en el sureste. Creció la fortuna de la familia lo suficiente para poder comprarse un título nobiliario y construirse un palacio, ni modesto ni ampuloso, en el centro de la ciudad, hacia la parte más alta.


El conde lo hizo construir sencillo, con una lonja a las espaldas, del otro lado del patio. Aprovechando el desnivel del terreno, una rampa permitía a los carruajes llegar hasta el sotopórtico de la entrada noble. El semienterrado contenía las tripas y una escalera veneciana lo conectaba con la planta noble, de salas rotundas, un espacio macizo de salones casi dieciochescos. Todas las bóvedas afrescadas con gusto turbio y gracioso, y las paredes empapeladas con diseños de París.

Cada noche el conde se e
mpotraba en el cielo. Mirar y estudiar las estrellas era la consecuencia insalvable del gusto por la óptica, por las ciencias, por la mitología; y de la tentación masónica. Menos elevado y más mundano, de día, durante el tiempo de la almadraba de retorno, con un catalejo enorme se paseaba entre los pesqueros capturando atún, desde el balcón que hiciera construir en el lado sureste. Dominaba la vista desde la punta más al sur hasta el cabo que cerraba el golfo por el norte. Saber cuánto atún llegaría a la lonja con dos días de antelación había mejorado enormemente el negocio. Cada cincuenta atunes capturados, sus barcos izaban y arriaban la bandera roja y amarilla, en los demás siempre izada, la bandera de la patria redimida. Y volvía cada día a empotrarse en el cielo entre estrellas y entre atunes en el mar.


(Escrito por Dragut)

Etiquetas:

 
[0] Editado por Bartleby a las 8:00:00 | Todos los comentarios 268 comentarios // Año IV
05 agosto 2009
Gracias
Unos llaman a esta casa la sábana, otros el NJ, otros el NJA y otros el putichat, según lo que se lea, el ánimo del lector o la configuración de los astros, vayan ustedes a saber. El caso es que, denigrado o admirado, este santo lugar aparece como el sol, sin falta y cada día por el mismo sitio y a la misma hora, más o menos.

Reconocerán que por aquí pulula gente variopinta, cada uno con su obsesión particular, que se lee de todo y que hasta hay broncas interesantes. También las hay de mucha miseria, de mala baba o de rencilla de vecinorras mal avenidas. No dejan de ser el punto de vinagre de una buena ensalada.

El caso es que, debiendo hacer faena de aliño, sin demasiado que contar, quisiera sólo agradecer a los participantes lo que me divierto, lo bastante que aprendo y el descanso del guerrero que muchos días me supone venir por aquí. Seguro como la muerte, siempre está el NJ a la espera de que se lo llame. A los escribientes les agradezco el esfuerzo de plantar sus letras para los demás, incluso a riesgo de que los vapuleen.

País de desagradecidos y de cojos emocionales como es el nuestro, siempre hay tiempo y ocasión para sacar la mala baba a pasear y para soltar reproches. La envidia es motor potente entre los hispanos y, muchas veces, quien mejor faena hizo peores palabras recibe, más se lo desprecia y mucho más se gana el odio de los demás. Si, para colmo, quien bien lo hizo siquiera saca provecho, es por añadidura un imbécil que no merece ni respeto. Pues con la intención de que sea lo contrario, agradezco a los anfitriones, porque ésta es su casa, limpita y reluciente, y a ella nos invitan amablemente a venir cada día, el que nos lo permitan, nos aguanten, nos administren y, en fin, nos hagan disfrutar. Así que, con deseos de buen verano para todo Cristo nickjournalero, gracias a Protactínio, Bartleby, Qtyop, Mercutio, Melò y Tsevanrabtan, el tachado.

Tengan buen verano.




(Escrito por Dragut)

Etiquetas:

 
[0] Editado por Bartleby a las 8:00:00 | Todos los comentarios 130 comentarios // Año IV
06 julio 2009
Relojes en la frontera

De Portugal sé poco o casi nada. Fui de pequeño alguna vez. El año pasado, los únicos cinco días de vacaciones, me desplomé por allí. Sólo quise pasear y ver. Al final, acabé mirando. Y me gustó.

En Vila Viçosa los parados y los viejos se sientan en las escaleras a dormirse la vida, de sombra en sombra, o a estar por la calle, sin ser nada ni para nada; forman parte del escenario y se rumian –si es que algo hacen- su miseria digna mirando a ningún lado. Pero hacen falta. Son la diferencia entre una tierra fantasmal y un lugar lleno de vida.

La maldición del mármol les cae de la tierra, a todos. La finura geométrica antigua de ejecución imperfecta, la belleza turbia de una piedra, ya no existe; el mármol es hoy una obscena puta desgarbada que se pintarrajea la cara, porque así la desean. Del lado portugués, cerca de Badajoz, el Guadiana lengüetea triste sobre una masa marmórea emergida, arropada púdicamente por una colcha de arcillas y limos, que lo hace ancho y amarismado a ratos. En las dehesas se salpican las encinas entre los bolos blanquecinos, y hasta hay villares malformados con el rechazo de las canteras; hay tantas, todas en superficie. Tantas que por zonas se encuentran entremezcladas las grúas de extracción con los pastores, todos herrumbrosos, y bloques apenas desbastados con ovejas, todos blancos. En su día los adoquineros portugueses fueron los mejores de Europa y no hubo rey que se preciara que no los contratara a destajo para los pavimentos nobles de sus palacios. En España, en muchos. El más hermoso es el de la plaza del Palacio de Aranjuez. Adoquines cúbicos de mármol sobre camas de arena prensada, tan magníficos, tan perfectamente trazado su dibujo y tan bien plantados sobre la tierra.

En Evoramonte se firmó la paz de la única guerra civil de Portugal. En una casa simple; no sólo humilde, sino simple. Una chimenea magnífica, como todas las de la zona, enorme, insultante, y preciosa. El cementerio también se duele de la maldición del mármol. Una ermita extramuros, pequeña y rotunda, condensa en sí la perfección de lo adorable, al límite del olivar, como si lo vigilara. Pero los olivos no la miran, sino que la tropa en formación mira hacia el valle. Las casas están todas enjalbegadas, mano sobre costra, que será costra que cubra la mano del año siguiente. La densidad de las paredes enjalbegadas sólo es posible si hay pocas ventanas, sólo es digna y útil la cal cuando es mucha, cuando es tan masiva como el sol que la violenta, como la penumbra que queda a espaldas de la cal también es densa. Las ventanas han de ser pocas, para que la oscuridad sea penumbra, para que el muro enjalbegado sea aislante y tierno. Si no, la cal es sucia e inútil.

La fortaleza de Juromenha mira hacia España. Como las demás del entorno, fueron castillos de conquista o reconquista. Los portugueses de por allí se afanan en explicar que, a pesar de que miren hacia España, nada tienen que ver con que temieran la invasión del Este, que son sólo medievales. La verdad es que están trazadas según el esquema medieval de núcleo, muro cortina, liza y muralla, pero están enormemente ampliadas. Sin excepción, las últimas transformaciones son del XVIII, y mirando hacia España, quieran o no. La de Juromenha tiene los bastiones hacia el Guadiana al modo francés de Coulomb. Quedan los restos bastante enteros de una iglesia barroca policromada dentro, de cal el exterior. La de Monsaraz es enorme. Fue califal, seguro. La de Alandroal, otro tanto. En ésta, dentro del recinto, al atardecer, los hombres juegan a la malha, que es como la rachuela de la Sierra Morena. Pero la rachuela se juega con discos de plomo caseros, mientras que para la malha usan discos de acero bien calibrados, no sé si por influencia de los ingleses. Beben cerveza mientras tiran con fuerza, bastante lejos. Y siempre hay el que mira de oficio.

En la de Monsaraz un viejo de rasgos nobles me preguntó la hora. Sin que le contestara aún, me preguntó si era español. Se excusó por pedirme la hora, con la amabilidad de los portugueses, pero dejando bien claro que no llevaba reloj no porque no lo tuviera, sino porque se le había estropeado y por allí nadie se lo arreglaba. Era antiguo, me dijo, un reloj español. Porque en la toma de Badajoz los republicanos que lograron pasar el Guadiana llevaban sus relojes y los de los muertos que dejaron del otro lado, para venderlos a los portugueses y sacar con qué vivir un tiempo. Después pasaban por la noche los falangistas y los del ejército nacional a vender los relojes de los muertos, de los fusilados y los requisados a los detenidos. Todos los viejos de por allí, me explicó, tenían un reloj español. Le agradecí la charla, le hice una foto y me fui, sin llegar a decirle la hora. Ha sido un año y medio terrible.



(Escrito por Dragut)

Etiquetas:

 
[0] Editado por Mercutio a las 8:00:00 | Todos los comentarios 144 comentarios // Año IV
08 junio 2009
El otro Gattopardo
Para Bartleby, que es buen amigo y me pidió que escribiera acerca del asunto.


Me permito darles la lata de nuevo con Italia, si bien tengo la excusa de la petición expresa de un amigo. Pero no voy a ser tan cínico de decir que lo hago a disgusto. ¿Qué quieren?, me dejé una vida a medias por allí y, como todo lo que me atrapa, se me quedó para siempre. Sepan disculparme, o tómenlo como profilaxis social, como un favor anónimo o como lo que quieran, pero no se lo tomen a mal, que no lo hago para amargarles el día.

Siempre me ha parecido interesante qué poso deja en las vidas concretas lo que se relata como hechos históricos. En el fondo, cómo los actos de cada uno de nosotros inciden en el devenir conjunto y cómo éste nos vuelve a condicionar. Detrás de cada batalla y de cada régimen se agolpan millones de vidas. En unas nada dejan los sucesos públicos y en otras lo dejan todo, hasta convertirse en el propio núcleo de sus pasos por el mundo. Una guerra es un tiempo de esperanza para muchos, que se les amarga con el sufrimiento a que no se destinaban, incluso con una muerte que los descabalga para siempre. En otros, con esperanza o resignación al principio, se resume en decepción, odio, venganza, descreimiento o añoranza que justifican toda una vida, huérfana de sí mismos y cedida a la bajeza o a la redención. Incluso, por emulación, hay quienes justifican y encarrilan su apego a vivir en sucesos y actos ajenos, e incluso inexistentes, tramposamente robados al pasado. Tal es la fuente de la melancolía, que es el odio revestido de amor, la necesidad de someter la realidad al sueño del paraíso perdido que nunca existió, por incapacidad de asumir la realidad que sí existe, violenta y toscamente existe.

Il Gattopardo, la novela de Tomasi di Lampedusa, relata el tiempo de la unificación italiana en Sicilia. Desde el desembarco de Garibaldi en Marsala hasta el tiempo de la Italia ya totalmente unificada. El Príncipe de Salina entiende la necesidad de adaptarse, con pena ve su mundo desvanecerse y ser asaltado por los comerciantes liberales, concentrados en el personaje de Sedàra. Éste es un ser tosco, arribista, ajeno a todo el sentido de transmisión de la herencia histórica del tiempo borbónico, de la Sicilia eterna, que se conservaba en la repetición del sistema clasista y socialmente cerrado del Antiguo Régimen. El Príncipe es demasiado viejo ya, demasiado siciliano para poder reemerger en el nuevo mundo que se prepara, donde Sicilia dejará de ser tierra de dioses para ser una parte libre en un estado libre. Precisamente lo que desprecia, lo que considera incompatible con la esencia siciliana, y así se lo dice delicada y apasionadamente a Chevalley, el enviado piamontés que lo quiere unir a la causa del nuevo estado. Nada son los títulos civiles del nuevo estado comparados con los nobiliarios, recios y pegados a la carne y a la tierra, del mundo que se desvanece.

Sin embargo, Tancredi, el noble arruinado, sobrino del Príncipe, sí puede acceder al nuevo tiempo. Abraza la revolución garibaldina y en ella medra. Se despoja de la nobleza que le aseguraba los privilegios y accede al falso liberalismo que le procura cuanto antes tenía, arrancado a la entraña del pueblo bajo por fuerza de la costumbre y la historia, y ahora mediante el engaño votado y el vestido ciudadano. Cambiar todo para que nada cambie, esa frase magistral que explica tanto la historia contemporánea.

El juego de las dos mujeres jóvenes de la novela representa la esencia de los que decidieron vivir en un velatorio por el tiempo antiguo y quienes encontraron en el nuevo la vida placentera, la que colma el ansia de una juventud imbécil e imperecedera, ajenos a la profundidad del tiempo que viven pero siendo sus protagonistas. Concetta, la hija del príncipe, es apocada, torpe, de sentimientos profundos y reprimidos, ama intensamente y con conciencia y siente el mundo en que nació como la eternidad que debe dar trabazón a su vida. Comprende, entiende lo que sucede, pero no puede acceder al nuevo tiempo: es demasiado fea y recatada para que la ambición de Tancredi la quiera y demasiado profunda para traicionar su misma esencia y dejarse violar por la frivolidad que se le antoja cuanto ha de llegar. Angela, la hija de Sedàra, nada ha visto del mundo antiguo más que la miseria de la familia materna y el arribismo del padre comerciante, que hace de un gañán un potentado que navega entre el respeto despectivo de la nobleza a la que asalta. Mira el mundo inconscientemente, a través de unos ojos magníficos, y nada tiene que entender ni forzar, que su belleza le basta para, sin saberlo, poder asaltar los cielos antiguos. Unirse a Tancredi es colarse de rondón en la vanguardia del tiempo, hacer cabalgar su propia vida acompasada con la melodía que retumba, como para Tancredi Angela es juntar el deseo mundano con la parentela nueva que le garantizará ser un noble del tiempo por llegar.

Acaba la novela con una conversación entre Concetta y Angela, en la escalinata de entrada a la villa del Príncipe de Salina. Éste ya murió, en Nápoles, hace mucho, como Tancredi también, como todos los demás que vivieron la muda de la vida antigua a la nueva. Angela relata su fortuna en la vida por haber revoloteado de rama en rama junto a un hombre tan sagaz, hermoso y lleno de éxito como Tancredi, sin en realidad apercibirse de haber sido ejecutora de los actos del cambio, una de sus protagonistas. Para ella la ruptura no ha sucedido, siquiera sabe que ha existido. Concetta, soltera, ha vivido siempre en la villa, en nada ha participado, pero ha visto y comprendido todo. Ha asumido la conciencia de haber muerto con el mundo que la aherrojó y que muerta ha vivido, para dejar registro de lo sucedido. Sólo al final, Bendicò, el perro del Príncipe, muerto y disecado hace años, es arrojado a la basura.

Sicilia es la piedra de toque de la unidad italiana. Por ella empezó el asalto al Reino de Nápoles, ella representaba, más que ninguna otra parte de Italia, la Italia no italiana, la borbónica, la tierra salvaje ajena a civilizaciones modernas. Políticamente, era además una región llena de privilegios en su propio reino, fuera por su nula contribución al mantenimiento del estado como por la exención de participación militar de sus súbditos, que tenían además derecho a que el reino mantuviera tropas permanentemente en el territorio para su defensa. Pero más que otra cuestión, el cambio en Sicilia representaba más que en cualquier otra parte el valor revolucionario de las ideas ilustradas, donde la ley acabara con usos viciosos que condenaban a sus pobladores al subdesarrollo económico y político, junto con el deseo de la burguesía ilustrada del norte por hacer de ella parte de su mercado, territorio a explotar y puerto de comercio en el Mediterráneo.

La estrategia de los Saboya fue infame y perfecta. Mediante el acuerdo secreto de Plombières, se aseguraron el apoyo de Napoleón III en caso de ataque de Austria a sus fronteras del reino de Cerdeña. Antes, Cavour ideó la participación de los piamonteses en la guerra de Crimea, con el único objetivo de tomar relevancia internacional en Europa. Austria, que poseía el Véneto y la Lombardía, temía los arranques liberales de los Saboya, que pasaban evidentemente por la unificación italiana, ya concebida por muchos como Mazzini y explorada en las revueltas de 1848. Los piamonteses, valiéndose del apoyo secreto francés, a cambio del cual, cuando colmaran sus deseos cederían la Saboya y Niza a Francia, tentaron a los austriacos y les provocaron acumulando una enorme cantidad de tropas en la frontera lombarda. Aquellos, entre temiendo el ataque piamontés y considerando la ocasión óptima para invadir todo el norte de Italia, atacaron. Una guerra brutal y sanguinaria, con las batallas de Magenta y Solferino, dejaron Lombardía del lado piamontés. Anexionados los ducados de Parma, Mantua y Toscana, quedaba sólo el reino de Nápoles por ser asaltado. El Véneto y los estados pontificios podían esperar. En todos estos territorios, abundantemente influenciados por las ideas francesas, la idea de la unidad era la mejor acogida entre las clases ilustradas y comerciales, sin que tampoco los antiguos nobles presentaran excesiva oposición. Sólo la Iglesia se mostraba abiertamente hostil en todos ellos.

La unidad no se concebía sólo como unidad territorial en un único estado. Para ello les habría bastado con propuestas tan peregrinas como la de una Confederación Italiana cuya presidencia ostentase el Papa, pero conservando cada estado sus leyes y costumbres. La idea ilustrada de la unidad suponía unidad territorial, civil, política y económica. Sin tales condiciones, la unidad les parecía a los liberales evidentemente una bagatela sin sentido. Sin embargo, liberales y demócratas, accedieron gustosos a que la unidad se sancionase en 1861 mediante un plebiscito fraudulento. Se completó en 1870, traicionando a los franceses, entonces muy ocupados en ser invadidos por la Alemania de Bismarck, asaltando Roma. Quedó para la Primera Guerra Mundial la toma del Véneto a los austriacos, terminando por ser la Italia actual.

La cuestión cultural y lingüística estaba clara, porque se concibió como herramienta civil, no como sustancia étnica o tribal. De hecho, lo piamonteses, que hablaban y utilizaban primordialmente el francés y una versión dialectal afrancesada de un italiano paupérrimo en las clases populares de la zona del Po –hacia los Alpes se hablaba sólo francés-, decidieron tomar el italiano como la lengua civil del nuevo estado. Pero no existía un italiano único, sino que en el que todos se reconocían era en el literario, que tenía mayor difusión en la Toscana. En Lombardía se hablaba bastante español, bastante francés y algo de alemán, dependiendo de las zonas. En el Véneto, se hablaba –y aún se habla- una variante dialectal del español y mucho alemán. En Trieste se hablaba casi exclusivamente alemán. De cualquier modo, en todas las regiones había un sustrato de lengua italiana, pero tan distintas entre sí que no habría sido posible armonizarlas en una sola. La decisión de tomar el italiano clásico como herramienta política produjo el efecto de una rapidísima expansión del mismo entre las capas ilustradas y burguesas, incluso las clases populares, más afines a los liberales que a los reaccionarios, se italianizaron mucho, incluso antes de la unificación. Fue precisamente el canal por el que se hizo verdad la necesidad de Mazzini: crear los italianos tras haber creado Italia. Es un buen ejemplo, creo, de lo que podríamos denominar un nacionalismo moderno –civil y político- frente a los nacionalismos preilustrados –étnicos, tribales o intrahistóricos-.

Volviendo a Sicilia, ésta siguió un tránsito parecido a las demás regiones de Italia, si bien perviviendo en ella muchos usos sociales y políticos borbónicos, como en Nápoles. De tal asunto habla el Gattopardo, de quienes en Sicilia asumieron el modo nuevo en su propia vida frente a los que no supieron, no quisieron o no pudieron hacerlo. Es una novela magnífica, de las mejores que haya leído nunca, de las que leeré mil veces.

Pero hace poco le encontré la trampa. El Gattopardo vampiriza una novela anterior, muy anterior. Tomasi di Lampedusa provenía de una familia siciliana noble, era un profesor de literatura y un hombre refinado y culto. Salvo algunos periodos, siempre vivió en Sicilia. Cuando escribe su novela, son ya los años cincuenta del siglo XX, y las consecuencias de la unidad italiana son evidentes en las personas y en la tierra. Quienes vivieron esa transformación del mundo son sus abuelos, que lo han contado todo, mientras perviven en los usos de la gente común las tradiciones borbónicas. Lampedusa tiene cuanto necesita para escribir su diagnóstico de la vida de sus antepasados entreverados en las revueltas de la unificación, hacer épica de lo sucedido y caracterizar a quienes se arremolinan en su escrito magistralmente, cada uno portador de su entronque particular con la realidad colectiva que a todos convulsionó, fuera para vivir o para morir vivos. La obra de Lampedusa es pura literatura, si bien cercana al mundo que conoce, pero su valor testimonial está en saber extraer la misma esencia de lo que sucedió, intrincando las vidas unitarias con la vida histórica. Pero no relata su propio tiempo, el mundo que realmente conoce, sino aquél en que se ancla su melancolía: el paraíso perdido de Sicilia, soberbiamente relatado y expuesto, pero sólo es su sueño.

Quien sí relata su propio tiempo, que es el del Gattopardo, es Federico de Roberto. Nació en Catania, vivió en Nápoles un tiempo de niño, su madre era siciliana, de Catania, y su padre napolitano, oficial del ejército de Fernando II de Borbón, rey de Nápoles. El padre luchó en las batallas perdidas por los napolitanos contra los piamonteses y debió por fuerza asumir el nuevo estado. De Roberto escribió varias novelas y tuvo un cierto éxito, pero su obra quedó perdida en la segunda fila de la literatura italiana. Para más desgracia, perteneciente a la corriente del verismo, su obra fue denostada como costumbrista por los intelectuales más pujantes de la Italia del siglo XX. El omnipotente Benedetto Croce, en sus cuadernos de La Critica, lo denigró de mil maneras. La razón residía en que sus escritos se leían como una mera descripción, hasta incluso una exaltación, de la vida tradicional, como si se regodeara en el casticismo. Creo que fue un error descomunal de Croce. En eso anduvo de acuerdo con el fascismo, que también denostó a los escritores veristas, por no representar al nuevo hombre de la nueva Italia. Sin embargo, no hay nada de casticismo o de regodeo en el costumbrismo en su novela principal: I Viceré (Los Virreyes). Bien al contrario, es una fina disección de los cambios que operaron los sicilianos en sus propias vidas para poder cambiar de modo sin cambiar de posición: cambiarlo todo para que nada cambie.

En realidad, sólo Leonardo Sciascia, hará unos veinte años, fue capaz de reivindicar a de Roberto como un gran escritor, lleno de finura, y considerar I Viceré como una pieza fundamental de la literatura italiana. En realidad, la novela tiene la misma estructura que el Gattopardo, y todos los sucesos y personajes gattopardescos aparecen en su antecesora. Aquí se trata de la familia Uzeda di Francalanza, de origen español, descendiente de los virreyes de Sicilia. Los hechos y los modos de proceder de cada uno aparecen con mucha precisión, mucho mayor que en Lampedusa; la forma de mudar de cada uno o su modo de enrocarse en el pasado está ligado a actos concretos expuestos con minucia. Por el afán documental puede parecer que, en efecto, se trata de escenas costumbristas sin más intención. Pero no. Como no les voy a destrozar la lectura de la novela –escrita en un italiano muy españolizado, el que se hablaba en Sicilia-, para que juzguen, en su último párrafo, el sobrino arribista, antiguo noble devenido liberal victorioso, le espeta a la tía borbónica, que le echa en cara su mudamiento por conveniencia:

Yo haría realmente divertirse a Su Excelencia escribiéndole toda la crónica contemporánea al estilo de los autores antiguos. Su Excelencia se daría cuenta inmediatamente de que su juicio no es preciso. No, nuestra raza no ha degenerado: es la misma de siempre.

Pero, habiendo voluntariamente cargado las tintas, Il Gattopardo no es un plagio de I Viceré, ni mucho menos. Son dos visiones de un mismo tiempo, reconociéndose en ambas lo mismo, sin que una y otra hagan más que dejarnos, a través de Lampedusa o de de Roberto, un acta desnuda del mundo real. Por ello son grandes ambos, por ser capaces de explicar lo que existe, lo que es, y no pretender, como ahora tanto sucede, inventar una fantasía propia -ajena a toda referencia concreta- que imponer a los demás, prostituyendo el registro de la realidad colectiva y sustituyéndolo por una visión enana de almas miserables, las que no ven más que su propio paraíso hediondo y se dejan de lado el de la realidad. El paraíso violento y tosco de la realidad, tan fascinante.

(Escrito por Dragut)

Etiquetas:

 
[0] Editado por Bartleby a las 8:00:00 | Todos los comentarios 432 comentarios // Año IV
04 mayo 2009
Fleurs d’Espagne

Señor de Talleyrand:

Quiero que compre una bella tierra, que allí reciba brillantemente al cuerpo diplomático y a los extranjeros sobresalientes, que se desee ser recibido por usted allí, y que tal cosa sea una recompensa para los embajadores de los soberanos, de lo que estaré yo contento.


Con estas palabras Napoleón Bonaparte, ya primer Cónsul de la República Francesa, instaba a su ministro de Asuntos Exteriores, Charles-Maurice de Talleyrand, a comprar el castillo de Valençay, en la región del Berry, en el centro de Francia. Era 1803. Algo caro para sus posibilidades, el futuro dueño de Europa ayudó al que le sirvió siempre y acabaría por traicionarlo a comprar aquellas tierras con su palacio. Una construcción que fuera castillo feudal, rehecha y ampliada al estilo renacentista y con múltiples retoques posteriores, fue lugar preferente de retiro –estratégico o de reposo- y de meditación para Talleyrand.

Embarcado Napoleón en la aventura española, llegado el momento de situar a su hermano José en el trono de la tierra reaccionaria, obligó aquél a Talleyrand, ya sólo chambelán de la corte, a hospedar a la familia real traidora, traicionada y depuesta:


El Príncipe de Asturias, el infante Don Alfonso, su tío, el infante Don Carlos, su hermano, parten desde aquí y llegarán el martes a Valençay. […] Deseo que los príncipes sean recibidos sin estridencia aparente pero con honestidad y con interés, y que haga todo lo posible por divertirlos.


De mala gana, Talleyrand asumió el encargo y hospedó a los Borbones de España en su castillo. Tal cual se le dijo, los recibió si
n alharacas pero dignamente y proveyó lo necesario para su divertimento, mientras la policía se hacía cuenta de su vigilancia. Era esfuerzo innecesario, porque nunca tuvieron intención de escapar. La vida que les placía era aquélla, holgada, estúpida y ajena al ejercicio real del poder. En España hubieran querido otro tanto, pero un pueblo hosco y encrespado a cada paso les impedía dedicarse al solaz de vacas pastantes bien vestidas. En Valençay eran tratados como reyes y príncipes, formalmente mantenían sus títulos y podían desprenderse de la molestia de gobernar.

Catherine Grand, la mujer de Talleyrand, tuvo que ocuparse de aposentar a los españoles, de organizar su vida y de serles de compañía, mientras Talleyrand iba y venía para seguir cumpliendo como chambelán de Napoleón en París. El pianista Dussek hubo de incorporar a su repertorio fandangos y boleros, dejando bastante de lado aires más refinados, que hacían poca gracia a la caterva ibérica. Algunos platos de cocina se vulgarizaron y se incorporó la caza recia a la dieta. Juegos de bolos de madera, partidas de caza brutales y otros entretenimientos más o menos gañanes se añadieron a la vida del palacio. Talleyrand hervía al ver la laya bajuna de la realeza española, su querencia por la brutalidad, su asco y su desprecio hacia el refinamiento y su desapego hacia todo aprendizaje. Algo que se previó durara no más de dos meses acabó por ser una estancia de casi seis años.

Tanto Talleyrand como Napoleón deseaban asaltar España e incorporarla al Imperio. El segundo tenía
una razón de más que el primero. Sentado sobre el trono de un Borbón, consideraba que le correspondían los demás tronos de la familia tanto como temía que, de no ser así, los todavía en ejercicio hubieran de retomárselo para restituirlo a la familia legítima. Nápoles ya había sido asaltado, pero España, todavía grande y bastante poderosa, se le escapaba. Desde la paz de Basilea era aliada fiel y sumisa, tanto que sus mejores ejércitos estaban dispersos por Europa bajo mando francés. La complicación era evidente porque se debía asaltar a un aliado. En el fondo era cosa sencilla porque estaba totalmente a merced política y militar de la Francia consular. El desprecio de Napoleón por los pueblos y las personas no era tan estúpido como para no valorar acertadamente el poder de la opinión pública. Barruntaba con acierto que tomar a las bravas y sin más el poder sobre un pueblo que había demostrado ser bravío y levantisco, tanto como servil e indolente, era una maniobra arriesgada. A los españoles se los puede humillar y condenar a la indignidad todos los días si se los encarrila por la liturgia que recuerda que en su sumisión al señor reside su esperanza de mudar las tornas y cambiar cuello por pie, abusar. Nadie más refractario a la libertad y a la dignidad que un español. Por tanto, no era fácil la tarea, porque suponer que los españoles aceptarían de buen grado la ocupación a cambio de implantar las nuevas ideas que los encarrilarían sobre la libertad y el progreso era un contrasentido. En Talleyrand pesaban dos recuerdos de la historia de España como prueba: la revuelta de Cataluña de 1640 y el motín de Esquilache. Parecía imposible, pero España era el único pueblo de Europa que se había levantado sistemáticamente contra sus propios intereses, en defensa del atraso, de la indignidad y de la injusticia. Pervivía en los españoles el orgullo de hidalguía con harapos y de semejante despropósito había que valerse para tomarlos bajo la capa imperial.

La situa
ción francesa en Europa era casi perfecta y sólo le faltaba aminorar la beligerancia inglesa para que todo anduviera en orden. Pero, aliada con Portugal, Inglaterra seguía causando problemas, sobre todo al comercio con América. A pesar de que España estaba del lado francés, Inglaterra confiaba en que, de cualquier modo, España seguía siendo territorio libre y salvaguarda territorial de Portugal.

Con todos los ingredientes anteriores, Talleyrand comenzó a planear el modo de asaltar España, desechando la simple toma del país aprovechando su indefensión militar y su sumisión a Francia. Como primera medida planeó invadir Cataluña. Por un lado, recordando lo sucedido en 1640, sabía que los gobernantes catalanes estarían dispuestos a traicionar a su rey sin problema alguno si en ello llevaban provecho. Tanto más al Borbón, que era el contrario al que desearon. Pero
también con la reserva de que si el Borbón les era de más provecho, Francia sería la traicionada de igual modo. Pero ocupar militarmente Cataluña tenía la ventaja de poderse hacer rápidamente, de poderse retirar sin riesgo, de poder exhibir ante Inglaterra una presa que les hiciera pensar que España –junto con su Imperio- podría caer fácilmente, dejando Portugal a merced de Francia y también, caso de proseguir la conquista de España entera, tener ya una cabeza de puente y sometido precisamente el territorio que Talleyrand juzgaba, junto con Navarra y el País Vasco, el más reaccionario y antiliberal de toda España. Suponer que se podía invadir Cataluña por la fuerza con todo un pueblo refractario a las ideas ilustradas ya en armas, con la cruz en vanguardia, se le antojaba un baño de sangre y un gasto desmedido. No en vano, en la Guerra de la Convención en 1795, los republicanos franceses forzaron la paz invadiendo estos tres territorios, precisamente por saberlos el reducto más fiel a la reacción contrarrevolucionaria. De cualquier modo, la historia posterior demostraría que Talleyrand tenía toda la razón.

Al mismo tiempo que se preparaban los planes militares, se jugaba la partida política y personal en dos frentes simultáneos, adulando tanto a Godoy como al príncipe Fernando por separado. El único que andaba en ambas jugadas era Talleyrand. Por un lado, sin aparecer expresamente, a través de Izquierdo –mandado de Godoy- negociaba el acuerdo secreto de Fontain
ebleau, que condenaba a Portugal y daba al propio Príncipe de la Paz un territorio de la nueva conquista. Por otro, a través de Escoiquiz, se encargaba de advertir al príncipe Fernando de las maniobras de Godoy, haciéndole creer estar de su lado y proponiéndole, a través de Beauharnais, embajador francés en Madrid, el matrimonio con una francesa de la familia imperial, hija de Lucien Bonaparte. Evidentemente, se encargaba de que cada parte supiese lo que hacía la contraria adornando las comunicaciones con secretismo. Godoy, tan ambicioso como el príncipe Fernando pero mucho menos imbécil, estaba en disposición de aceptar cualquier cosa con tal de acercarse a un trono. Y ya que el español habría de tardar más, sin dejar de mirarlo de rondón, se conformaba por el momento con un pedazo de Portugal. Fernando, no oliéndose en absoluto la jugada, lejos de mejorar su posición, se cavaba la tumba ante sus propios padres, porque Godoy aprovechó perfectamente para plantar públicamente las evidencias de que el príncipe se vendía a Napoleón a espaldas de Carlos IV, y así provocar la reacción violenta en su contra, especialmente de su madre, que llegó a solicitar su muerte.

Era magistral este señor de Talleyrand. Si la situación acababa con la simple invasión de España, él había sido su instigador y estratega a la sombra de Napoleón, pero sin ser él el que ordenaba la guerra. Si la guerra se desechaba y acababa por vencer la estrategia del príncipe Fernando, él mismo había sido el instigador también, con el concurso
de Beauharnais. Si Godoy era el vencedor, a través de Izquierdo tenía el aval de haber pergeñado el asunto. Y en ninguno de los tres casos era él directamente el contacto, sino sólo un fiel consejero de todas las estrategias. En realidad, echó a andar las tres a un tiempo, quedando siempre fuera pero sabiendo de todas, para poderse apuntar siempre a la que tomara más aire.

Como era su costumbre, Talleyrand hacía casar perfectamente sus intereses con los de Francia. Valiéndose de los contactos con Izquierdo, consiguió comprar fondos en oro español, para revenderlos en Holanda y montar una trama de intereses que acabarían por legarle, sin pagarlo, un palacio en París que fue
ra la embajada de España. También parece que durante la propia guerra participó en el negocio de aprovisionamiento de franceses, españoles e ingleses a un tiempo.

Toda esta estrategia acabó cuando en el motín de Aranjuez Godoy fue al cabo detenido, la familia real plantada en Francia bajo su hospedaje y España y Portugal invadidos, empezando por Cataluña. El 2 de mayo de 1808 empezaría la guerra, ni querida ni desechada, tomada como simple consecuencia de las necesidades hist
óricas de Francia. Talleyrand niega en sus memorias haber tenido parte en la decisión de invadir España, pero relata perfectamente todo el entresijo previo, tanto que es imposible que de tanto consejo y maniobra no fuera su principal instigador, como de tantas otras guerras, paces o alianzas napoleónicas. Sólo la caterva hispana fue capaz de derrotar a Napoleón. Lo glorioso de un pueblo que se alzó contra el invasor despótico y cruel se alimentaba del rechazo a lo único que de bueno le podía traer. Tras casi seis años, volvieron las cadenas a España, que los españoles gustosos se pusieron bien amarradas para no soltarlas hasta más allá de hoy mismo.


Y mientras la guerra sucedía, en Valençay el Duque de San Carlos se amaba con Catherine Grand, los varones reales esperaban tranquilos y entretenidos, plenos de desidia y brutalidad, la vuelta al trono de la mano de quien fuera y las infantas y damas de la corte dejaban para siempre bordadas en las tapicerías flores de España.

(Escrito por Dragut)

Etiquetas:

 
[0] Editado por Bartleby a las 8:00:00 | Todos los comentarios 438 comentarios // Año IV
30 marzo 2009
Tres libros
Es claro que si el marxismo es cierto, y si hay una lógica de la historia, el realismo político es legítimo. Es igualmente claro que si los valores morales preconizados por el partido socialista están fundados en derecho, entonces el marxismo es absolutamente falso, puesto que pretende ser absolutamente cierto. Desde este punto de vista, la famosa superación del marxismo en un sentido idealista e humanitario no es más que una broma y un sueño sin consecuencias. Marx no puede ser superado, puesto que ha llegado hasta el final de la consecuencia.

Albert Camus, “El socialismo mistificado

*

Aun a riesgo de que se me echen encima, me voy a permitir la presunción de recomendarles tres libros. Nada de novelas, nada de poesías, nada de memorias; sólo meros ensayos de ciencia política, aunque no sé por qué se le antepone lo de ciencia a tal disciplina. Pareciera como si nada que no fuera científico tuviera rigor alguno. Ya esto último es error y no pocas veces el supuesto cientifismo ha abocado a errores descomunales. Pero ése es otro cantar, aunque algo tiene que ver con la sustancia de los tres libros de que les voy a hablar.

La razón de que se los cite a la vez, los tres a un tiempo, es porque todos ellos guardan relación con lo que cada vez creo más evidente, a saber, que en el siglo XIX se gestaron las bases de un error descomunal cuyas consecuencias aún hoy duran, y lo que te rondaré, morena. También los cito juntos porque son tres piececillas de mi errática biblioteca que mucho me gustaron y más aún me dieron a entender ciertas aparentes paradojas que nunca supe hasta entonces explicarme. Uno de ellos muy especialmente me abrió los ojos.


Empecemos por el que trata del tiempo más antiguo: Las raíces de la libertad, de Jacques de Saint-Victor. Éste trata acerca del tránsito que desde 1689 hasta 1789 llevó a Inglaterra y a Francia a gestar las dos corrientes del liberalismo. Del lado anglosajón, el –permítanme la licencia- individualista; y del francés, el republicano o jacobino. Siendo el autor francés, en realidad se ocupa de la gestación de las ideas que animaron la Revolución Francesa y de la influencia que la experiencia inglesa tuvo en aquéllas. Cuenta cómo paralelamente a las unificaciones de armas que Richelieu acomete en Francia se empieza a poner en duda la legitimidad y la eficacia de los poderes tradicionales ligados a la corona. En cierto modo, el modelo absolutista de Luis XIV empieza a hacer agua porque es incapaz de gestionar una economía moderna, rodada a caballo de las ambiciones de la burguesía comercial y que, además, provoca muchos descontentos en el vulgo por los desabastecimientos debidos a la falta de fluidez del comercio interior y otros motivos no menores. Luis XV intenta una solución de compromiso mediante una monarquía polisinódica, en que por sectores se crean consejos que lo dirigen sobre cada categoría de asuntos. La solución fracasa porque no aborda el problema principal de los poderes locales y los derechos históricos que lastran la actividad del reino, por lo que el descontento no se mitiga, ya que ni la burguesía ni el vulgo ven satisfechas sus reivindicaciones y necesidades. Alalimón, los pensadores empiezan a plantearse la legitimidad de origen del poder real y se conforman dos bandos generales: los que hablan de la tradición germánica como fuente legítima del poder y los que lo legitiman a partir de la tradición romana. En uno y otro casos, ninguno aborda como posible la autocracia real y, de un modo u otro, ambos abogan por la raíz popular de la legitimidad del poder. Y de ahí surge principalmente Montesquieu, que, al elaborar sus teorías de la separación de poderes y la necesidad de los cuerpos intermedios, quiere por un lado evitar el abuso del poder fraccionándolo y sometiendo cada una de sus patas al equilibrio junto con las demás, por contraposición mutua. Pero los cuerpos intermedios tienen también la intención de servir de estructura que relacione la cúspide del poder con el pueblo “ciudadano”, evitando los asamblearismos y lo que, por desgracia, sucedería tiempo más tarde: el triunfo de la voluntad. En definitiva, habla el libro sobre la gestación de las ideas que llevaron al mundo contemporáneo, centrándose en la experiencia francesa.


El siguiente también es francés: El pasado de una ilusión, de François Furet. Éste es excelente. Es un ensayo político-histórico acerca del comunismo en el siglo XX. El título es ya muy indicativo, atendiendo a la polisemia de ilusión. Relata en secuencia temporal el devenir del comunismo ligándolo a las maniobras ideológicas y tácticas para la consecución o el mantenimiento del poder. Especialmente relevante es la parte dedicada a la alianza con los nazis y su identidad total con ellos, fuera ideológica como, circunstancialmente, táctica. A partir de ahí explica una interesante teoría que denomina “de los polos magnéticos”, haciendo ver cómo la polarización de derecha e izquierda se llevó a cabo –en su descripción pública, que no en la realidad- como conglomerados en torno al comunismo o al fascismo-nazismo. La maniobra magistral del comunismo de identificar con fascismo todo lo que fuera no-comunismo se consigue imponer a pesar de la realidad de que comunistas y fascistas fueron largo trecho de la mano –recuerda el colaboracionismo en Francia- y de que los únicos opositores absolutos desde el principio al fascismo fueron precisamente los liberales en todas sus formas. Se puede encontrar también en este libro una magnífica explicación del porqué de la alianza sistemática del socialismo mítico, o real, o revolucionario, o comunismo, con el nacionalismo, acudiendo al subterfugio de que la solidaridad humana ya encuentra su expresión en las comunidades tribales e identitarias, lo que obvia la cuestión de que tales uniones “solidarias” lo son por atraso social y económico y por mera incapacidad de perseverar sin la actuación conjunta, o bien por falta de desarrollo político o cívico, como es el caso de los nacionalismos modernos. Esto se liga con la estrategia seguida en la SGM y su tiempo posterior, donde las democracias populares son nada más que una añagaza revestida de léxico conveniente para acaparar el poder y, muy importante, haciendo equivaler el sentido patriótico de las naciones contra la ocupación y la falta de libertad con la contraposición bélica de la URSS y la Alemania nazi. Especialmente indignante resulta el caso de Polonia, donde, tras haber accedido a un reparto con los enemigos fingidos, ahora se arrogan ser los salvadores de la dignidad nacional y del espíritu de resurgimiento de los polacos frente al invasor liberticida. Tampoco es desdeñable el análisis que se hace de los últimos años de la URSS, evidenciando lo imposible de la tarea de Gorbachov, pues es estructuralmente imposible la existencia de un socialismo real con libertad de pensamiento o de obra.

Resulta un libro muy interesante, donde todo se explica con mucha amenidad y con orden, con gran profusión de datos, pero sin atragantar y, sobre todo, con una gran lucidez en los análisis, para defender la tesis principal del ensayo: el comunismo es un sistema de creencias que se impuso gracias a la negación de la condición moral del ser humano, haciendo válido cualquier medio si llevaba al “buen” fin.

El tercero y último es El culto del Littorio, de Emilio Gentile. Trata del sistema ideológico del fascismo italiano, de su impronta innegablemente socialista, de su gestación en las trincheras de la PGM y en los movimientos intelectuales y artísticos italianos desde el Risorgimento. Explica también su propia debilidad política por la falta de visión estratégica al conformarse con ser un régimen y no haberse dedicado a asentar un estado fascista, permitiendo al rey sabaudo la deposición de Mussolini. Es de hacer notar la estrategia fascista de acaparar y reproponer toda la liturgia y el simbolismo católicos dentro del sistema de credos propios, para así atraerse a la gran masa de los italianos, católicos en su gran mayoría. En paralelo, sólo consigue aposentarse gracias al miedo que provoca en las clases medias –en principio, totalmente refractarias al fascismo- la posibilidad de una revolución de signo soviético, sin contar nunca con el beneplácito de las clases altas y más ilustradas, aunque llegaran las primeras a una relación simbiótica con el régimen.


Casualidades de la vida, hace poco hablaba Juaristi sobre Gentile en uno de sus artículos. Demuestra el artículo que menciono, por un lado, lo muy informado que anda este hombre, porque Gentile es un tipo poco conocido en España –prácticamente nada- pero, por otro, que no ha entendido lo que Gentile dice, en mi opinión. Dice Juaristi que Gentile sigue la tradición de la izquierda clásica al afirmar que el fascismo es el estadio último de los grupos tradicionales italianos, liberales incluidos. Es decir, que el fascismo es consecuencia ineludible del proceso de la burguesía liberal italiana. A mi juicio, Gentile no dice tal cosa, sino que sólo cuando el fascismo es capaz de atraerse la connivencia y la participación de la burguesía liberal es cuando realmente puede afirmar su régimen y gobernar Italia plenamente, lo que es muy distinto a lo que Juaristi dice. De hecho, en la conformación de la estructura de poder del fascismo, en la redacción de la “Ley de Corporaciones” se incluye una gran cantidad de medidas que permiten una economía “liberal”, dejando de lado ciertas exigencias de socialización del fascismo de base, lo que causó no pocos problemas al régimen. Pero esto no se hace desde un principio, sino sólo cuando Mussolini comprende que sin la participación de las clases medias de comerciantes e industriales, su poder no será tal y las empresas que pretende serán sólo una quimera. Esto es lo que Gentile afirma, no lo que Juaristi dice que afirma.

Siguiendo con el libro en cuestión, acaba por concluir que el fascismo fue un culto, un sistema de creencias que necesariamente demandaba una liturgia permanente, una recreación (perversión) sistemática del lenguaje y la anulación de las contradicciones por establecimiento previo e incuestionable del “bien”, transfiriendo el sentido de lo sacro de la religión a la política. Especialmente interesante es el último capítulo, en que, extrapolando lo dicho para el fascismo, aúna en un solo grupo el anterior, el nazismo, el comunismo y el nacionalismo como sistemas de pensamiento que, tras una veladura de apariencia racional, no son más que un sistema de creencias, uno de cuyos defectos estructurales es, indefectiblemente, la violencia.

Después de haber leído estos tres libros –aparte de otros- empecé a dudar de que lo que hasta ese momento creía que sabía fuera cierto, o que siquiera lo supiera. Al final, como decía al empezar, tengo cada vez más la duda de si, en el tránsito que va desde el arranque de las ideas ilustradas hasta la formalización de la política como un asunto de movilización general, tras la PGM, no habrá sucedido que las ideologías hayan sustituido, o recubierto para ocultarlas, las bases morales del hombre. Tanto de lo del siglo XX coincide con esta afirmación que me parece razonable la duda.

Espero que si mi sinopsis no les ha gustado, al menos los libros que cito sí. Tengan ustedes un buen día.

(Escrito por Dragut)

Etiquetas:

 
[0] Editado por Bartleby a las 8:00:00 | Todos los comentarios 200 comentarios // Año IV