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31 diciembre 2007
Correas de transmisión imposible

Me resulta fascinante comprobar el éxito que tienen esas correas extensibles para perros. La gente las compra a porrillo (“a perrillo” si son para chiguaguas y similares) y las usa alegremente, creo que sin la debida reflexión. Siempre creí que la función de una correa era la de poder sujetar/controlar a tu perro; ya saben, tenerlo siempre lo más cerca de uno para así evitar posibles encontronazos con humanos, y por descontado, para mantenerlos fuera del alcance de otros perros capaces de devorarlos.

A mi parecer, la sociedad se divide en varios grupos. Pasaré a describir a los tres más importantes. Aquellos a quienes les gustan los perros y los tienen. Aquellos que gustan de los canes pero que por escasez de tiempo, problemas de espacio, etc., deciden, muy a su pesar, prescindir de tan fiel compañía. Y por último, aquellos que contemplan a los perros como meros elementos del paisaje urbano y procuran esquivarlos cuando se les acercan.

Yo defino la correa extensible como “el mejor, más barato, más sencillo y más perfecto sistema ideado por el hombre para mantener fuera de control a su perro”. Piensen en las correas tradicionales. Petición al cerebro y visto bueno inmediato para rápido golpe de muñeca. De esta manera, al perro que intenta molestar a un humano, asustar a un lindo gatito o trajinarse a una “marilyn”, se le frena en seco su impulso animal. Ahora piensen en las correas extensibles. Instancia al cerebro y permiso de actuación al dedo. A continuación, localización de la pestaña que accionará el dispositivo que enrrollará la correa. Y por último, apretar y esperar que la extensión de la correa te permita al fin controlar al can. Centrémonos en este último caso, y en el supuesto de que nuestro perro sólo estuviera mostrando su cariño a un paseante, poniéndole las patas encima y ensuciándole el traje. Dado que el tiempo de respuesta para frenar las caricias es sensiblemente superior al del dueño poseedor de una correa no extensible, es bastante probable que nuestro perro, antes de que podamos detenerlo, haya gozado de margen suficiente para mostrar su afecto a no menos de media docena de personas, orinado a las puertas de un Burger King y defecado en las ruedas de un Seat Altea.

Pero una correa extensible da para mucho más. Ya lo creo. No sólo para tener a nuestro perro descontrolado a cierta distancia, sino para mantenerlo descontrolado y además fuera de nuestro campo de visión. Y es que una buena correa extensible te concede la posibilidad de perder de vista a tu perro ¡en una esquina! Claro que eso también tiene sus ventajas: la alegría que se experimenta con el reencuentro al descubrir que está sano y salvo.

Luego están las celadas. Sí, sí, las trampas. Porque las correas extensibles son una especie de mina antipersona que se coloca en la misma puerta de la víctima a la espera de una salida confiada, sin titubeos, con la frente bien alta. Porque allí le esperan cinco metros de soga criminal con la que tropezar y romperse la crisma.

Pero no desearía que mis comentarios dejaran un regusto amargo en el ánimo de nadie. Por eso, para terminar mi reflexión contaré un sucedido optimista. Un conocido que comparte conmigo las críticas a los dueños que usan semejantes artilugios extensibles, tuvo en cierta ocasión un encuentro con un perro que se le enredó entre las piernas por culpa de una de esas correas. Apareció el dueño. Pero viendo lo difícil que resultaba mantener al perro quieto para que el amo lo desenredara, mi amigo decidió echarle una mano.

- Ya está, señor. Ve qué fácil…

- Pero acaba de cortar la correa -se quejó el dueño.

- No se preocupe por las tijeras. Las llevaba a afilar. Seguro que quedarán como nuevas.


(Escrito por Goslum)

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[0] Editado por Tsevanrabtan a las 9:00:00 | Todos los comentarios 258 comentarios // Año IV
30 diciembre 2007
12 + 1 «Dioses y enanos»


Habíamos recomendado en la anterior entrega un libro sobre Barcelona. Pero el que está de moda (ver Querido J, en Arcadiblog) es otro, que no leeré. Parece que se trata de las memorias de un apócope sobre una ciudad que entonces, sí, nos deslumbraba a todos los periféricos y en la que todos acabamos viviendo algunos años. Una ciudad chanante.

G. Gª. M.

Un lugar también, más que un club, que generó inmensas filio-fobias intelectuales y físicas. Pero de las que sólo nos interesan según el protagonista escogido. Si en lugar de aquel personaje, ahora tan mediático, nos fijamos, hoy un diciembre invernal como cuando en el lejano 91 publicó su último artículo, en su compañero sentimental de esos tiempos, podríamos acompañar como homenaje basilisco esta pequeña reseña y comparar así bagajes.



El jueves 15 de enero de 1948, va a hacer de ello justamente sesenta años, nació en Villamayor (Asturias), Benigno Alberto Cardín Garay, quién luego dijo:
Vine a Barcelona pensando y amando a la última ciudad cosmopolita que parecía quedar aún en Europa, (…) y veo una Barcelona cada vez más provinciana“.

Y para más inri:

Yo, a una persona a la que respeto mucho aunque no estoy de acuerdo con su decisión de aceptar el sillón de la Academia es a Julio Caro Baroja. Exceptuando a Gustavo Bueno, a Eugenio Trías --con el que en otra época también me metí-- y a mi amigo Juan Cueto, no respeto a mucha gente más”.


Por ello fue dejando, él y su heterónima, todo un reguero de damnificados (que hoy se considerarían víctimas). Su bestia negra fue Savater.


Veamos parte de la bibliografía si queremos que esta novela se convierta en historia.

*Noviembre 1978. El viejo topo, n° 26 [último número en que aparecen los nombres de Alberto Cardín (y de Federico Jiménez Losantos) entre los «Redactores y colaboradores» de la revista]

En una entrevista por J. E. Ayala y Joan Estruch a Félix de Azúa, se pone en boca de este: «Este tipo de lanzamientos ahora ya no tiene ningún sentido. Por ejemplo, el grupo de Cardín, que a través de la colección Ucronía pretende constituirse en grupo homogéneo y distinto. En realidad, no hay grupo, lo único que tienen en común es que son muy académicos, repiten esquemas de los años 68-70. Para nosotros, Tel Quel y derivados, Lacan y derivados son pura academia, no es vanguardia, sino todo lo contrario, conservadurismo extremo. Lo suyo es literatura de caballete, hay en ella una especie de idioma, de slang que se domina leyendo unos cuantos breviarios sobre Lacan y cuatro fantasmas más que cualquier estudiante de periodismo puede utilizar y entrar así en la academia moderna. En un Viejo Topo había una entrevista de Cardín con Gustavo Bueno, en la que decía que Bueno era el único filósofo del país que le interesaba. Decir eso es, cuando menos, candoroso, de una ingenuidad (…)».


*Enero 1979. El viejo topo, n° 28,

«Precisiones a Félix de Azua», en págs. 72-73. «... en cuanto al 'candor' que me atribuye el señor Azúa por mi exclusivo interés filosófico en Gustavo Bueno, debe ser sin duda su afasia que le hace confundir no sólo lenguajes, sino campos y objetos, la que le confiere competencia para decidir en el terreno filosófico. No sé cuales puedan ser los filósofos favoritos del señor Azúa, aunque los supongo. De lo que estoy convencido es de que no sabe, ni qué es filosofía, ni en qué sentido implicaba yo mi atribución exclusiva al señor Bueno. Sería recomendable que volviera sus estudios --y no sólo sus lejanos oídos-- a una Jena, de la que sólo conoce el prestigio, para aprender lo que en verdad pueda ser la filosofía. Tenga, por otro lado, cuidado con sus lapsus, que el inconsciente cuando se le minimiza toma terribles venganzas: pues da la casualidad que lo que él me adjudica sobre Gustavo Bueno, no lo dije en la entrevista a que él hace referencia, sino en otra que Cristina Gatell me hizo a mí mismo en Mundo Diario (29.7.78), donde casualmente me mostraba medianamente despectivo con el señor Azúa: ¿venganza inconsciente, lapsus, retorno de lo reprimido, o mera ignorancia, por no decir estulticia? (...)».


*Marzo 1979. Diwan, n° 4 [«Director: Federico Jiménez Losantos, Secretario de Redacción: Alberto Cardín, Diwan: Ramblas 98, 4° A, Barcelona»]
«Desolado collado, mustia letra» [sobre E. Trías, al que llama 'Kakgenio Trías'] (págs. 191-192),
«¡Pero qué gran lector eres, Savater!» (págs. 199-201),
«Veneranda Cuauhtemoc, par elle-même» (págs. 211-213),

«Égloga de Argirio y Susomorfo» (págs. 216-218),

«Romero se despepita o ¿por qué se mete un columnista como tú en camisa de once varas?» [firmado por V. C.] (págs. 225-226).


*Septiembre 1979. La Bañera, n° 4 [Alberto Cardín coordinador, como en el n° 3]
Entre otros textos firmados con pseudónimos como Veneranda Cuauhtemoc o sin firmar (incluido el editorial, «Con la Iglesia hemos topado», sobre el ataque de los savatermitas):
«Maruja Torres recuperada de los golpes de Dallesandro» (pág. 12),
«La crónica de Veneranda Cuauhtemoc: A Encarnita, con amor» (pág. 27);

«El villano en su rincón: querida amiga Savatermita» (pág. 29).


*Enero 1980. Ajoblanco, n° 5

«Savater, chica de alterne».

*Enero 1981.
Diwan, n° 10 [Cardín ya no figura en el consejo de redacción de la revista]
«Intermezzo» [fechado en Barcelona, 18.12.80] (127-131):
«Yo querría en este momento olvidarme por completo de mi contencioso con Federico Jiménez sobre el destino de Diwan, (…) revista que constituyó mi mejor ilusión para seguir escribiendo en los dos últimos años. Si no lo hago del todo es porque me creo obligado a formalizar esta ruptura (...). Es cierto que desde que la nueva orientación de la revista se planteó y yo, en desacuerdo con ella, me orillé, no me he privado de insultar personalmente a Federico Jiménez, si bien ni tanto como cabalmente debiera, ni puede que tanto como él mismo quisiera (y digo esto por ciertas noticias que por amigos comunes me llegaron sobre diversas consideraciones de sus partes pudendas que yo pensaba hacer, en octavillas, se ve, porque no disponía yo por entonces de otro medio donde hacerlas públicas, siendo como era Diwan, y por causa de Diwan, el único lugar donde, desaparecidos Ajoblanco y La Bañera, y expulsado de El País yo podía decir algo público) (...). Debo decir, en honor de la verdad, que de no ser por la ambición social de Federico Jiménez, ni Revista de Literatura ni Diwan hubieran visto la luz, ni seguramente hubiera yo comenzado nunca a escribir --a escribir para hacer público, se entiende-- pero debo subrayar también que, de no ser por mi obsesividad y mi sentido paranoico de la lucha cultural, Diwan no hubiera podido tener continuidad (...). Diwan tenía que morir a su vida anterior para renacer a una nueva: sin otrosí, sin reseñas virulentas, sin mandobles a pie de página, todos estos aspectos molestos (...)».

Para terminar, hay aún un inédito:
*Marzo 1985. «Elogio encendido de Fernando Savater».


(Preparado por Sr. Verle)

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29 diciembre 2007
Tradiciones navideñas
Por si estas entrañables fiestas no fueran, de nación, suficientemente falsas, tediosas, perjudiciales e inanes (incluyendo los tres sinónimos que el D.L.E. emplea para explicar el término), aparecieron las tradiciones. Y no me refiero a las de verdad, como la lotería, el turrón, el pavo o la hermana con vino llorón (ya saben: de ésas que, a la segunda copa, te relatan pormenorizadamente las desgracias que les pasan), sino a las nuevas tradiciones, a las tradiciones de hace unos años. Y fíjense hasta dónde llega mi ilimitada tolerancia, que no incluyo en esta relatio abominationis ni al calvo de los anuncios ni a la cancioncilla del Vuelve, a casa vuelve, por Navidad. No. Ni siquiera, ya ven mi talante, a los estúpidos Papás Noel que cuelgan de tantas y tantas ventanas, como intentando escalar en loco empeño unifamiliares, casas y pisos en general. Insisto: no. Hay algo aún peor. ¿Peor que todo lo dicho? Sí: lo afirmo. Me refiero a los partidos de fútbol de las llamadas, en las comunidades españolistas, “selecciones autonómicas” y, en las otras, “selecciones nacionales”.

¿Puede alguien imaginarse una delicia mayor, un orgasmo comunitario más sensacional que contemplar un Andalucía-Zambia? Bien: quizá sí. Reconozco que los Extremadura-Guinea Ecuatorial o Canarias-Angola no van a la zaga. Además, los conocidísimos cracs futbolísticos de nuestra antigua colonia africana, van a disputar otro partido: contra la selección de Murcia. Muy bien: del pimentón de la Vera al de ñora; del ibérico a las verduras a la plancha; del Plan Badajoz a la Manga del Menor. ¡Qué planazo! Pero uno se pregunta: ¿tocarán el himno regional al inicio? Y, de ser así, ¿será la gente capaz de reconocerlo o pensará que es el del contrario? Supongo que mirarán a los futbolistas y decidirán sobre la marcha. Claro que, los finos estilistas autonómicos, que generalmente no viven ni trabajan en su región de origen, pues tampoco sabrán a qué atenerse y, a su vez, esperarán a que los contrarios se echen, o no, la mano al corazón. Y, mientras tanto, la banda dale que te pego. Para exaltar el amor patrio, ya saben. Y el ardor guerrero de nuestros chicos bien, moral óptima, que decía Ladislao Kubala, el más grande acuñador, tras Vujadin Boskov, de tópicos que en el universo mundo ha habido.

Con todo, el más grande entre los grandes es, este año, el Euskal Herria-Catalunya. A mí, como gallego, me parece intolerable, sencillamente intolerable, que Galeusca no haya organizado una pachanguita con tres equipos, donde cada partido dura una sola parte y el ganador lo es a los puntos. Ya saben: de las que inventó Antena3 para resucitar algunos languidecientes torneos de verano. No es de recibo que la antigua, honorable y leal selección de Galiza haya tenido que enfrentarse a Camerún (sin Eto’o, además), con lo nacionalistas que somos los gallegos. No señor. Eso es un burdo intento, una artera maniobra para igualar Galiza a, qué digo yo, Canarias, Murcia o Extremadura. ¡Claro que sí! Cuando, como es sabido, del ribeiro a la retranca, los gallegos nunca hemos sido parte del Estado español, aunque esta expresión –tan empleada hoy por los artífices de estas selecciones nacionales– la inventase (¡y emplease con fruición!) un gallego bajito de recortado bigote. En fin: un oprobio. Desde esta tribuna, pido a Pérez Touriño y a Anxo Quintana que rompan relaciones institucionales con Galeusca y que envíen notas diplomáticas a los señores Ibarretxe y Montilla advirtiendo con la llamada a consultas de los respectivos embajadores. ¡Lo que no puede ser, no puede ser! Condenarnos a nosotros a jugar contra Camerún mientras ellos, como si fuesen los más chulos del patio, se lo hacen mano a mano. ¡Venga ya! ¡¡O todas putas, o todas monjas!! Un poquito de seriedade, señores.

(Escrito por Protactínio)

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28 diciembre 2007
Cómicos y Gobernantes
Coincido con Eduardo Zaplana, sillón con sillón, en la peluquería. Más flaco (la televisión engorda definitivamente) y sobre todo más discreto que en su vida política. *Aparenta* relajarse mientras le lavan la cabeza. No se mete en el "apasionante" debate que mantengo con Luis sobre si el Estudiantes evitará al final la liga LEB y el porque no habilitan una entrada directa entrada al Madrid Arena desde la calle pararela al Paseo de Extremadura, obligando a los dementes y demás aficionados al basket a dar tremendo rodeo. Al salir veinte minutos después a la calle, sé lo mismo sobre Zaplana, como persona, que antes de entrar a esquilarme. Nada.



Ya que no puedo tomar el control de mi vida, al menos la laboral, decido coger los mandos de La Casa Blanca. Mejor conocida como The West Wing, la serie permanece atrapada en su versión en castellano, gracias a los programadores de RTVE, en un eterno "Día de la Marmota", llamado quinta temporada. Hace tres semanas decidí recurrir a la versión inglesa de amazon para llegar al final de un p* vez. En un par de días las dos últimas temporadas estaban delante del dvd listas para desembalar. SPOILER A CONTINUACIÓN. "Ayer" falleció Leo McGarry interpretado en la *vida real* por el actor John Spencer. Los guionistas tuvieron que improvisar al final de la serie la muerte de Leo, ya que Spencer falleció en la *vida real* cuando sólo quedaban un par de episodios por rodar. Mientras veo el desenlace de la serie no puedo dejar de pensar en las palabras que el actor Martin Sheen le dedica a su compañero Spencer: "Good evening. On December 16 we lost our good friend and colleague John Spencer. Through our shock and grief, we can think of no more fitting memorial to this wonderful man, this extraordinary actor, than to share with you, beginning tonight, the last few months of his work here on The West Wing. Johnny, it seems we hardly knew you, we love you and we miss you". Después de siete años de rodaje en los que Sheen y Spencer compartieron la mayoría de las secuencias, aparentemente podría "mal" traducirse como que le le conocía poco. O quizás, nada.



El Congreso ha aprobado en su último día hábil de legislatura las nuevas tarifas del impuesto revolucionario, conocido como canon digital, que soporta al Gobierno y a sus titiriteros. En la misma ley se contempla el cierre administrativo de páginas web, pero eso es harina de otra entrada. Bien entrado el siglo las diferencias entre cómicos y gobernantes se diluyen. Actores y políticos, como también gustan en ser llamados, son la misma cosa. Felipe González diría la misma mierda son. Nada conocemos de sus vidas privadas, ni falta que hace en el caso de los actores, pero si sufrimos sus efectos. Todo es imagen, demagogia y sacarle el último céntimo de euro a los ciudadanos. Es harto comprensible que ¿actores? como Gallardo y Bifidus Coronado hagan lobby. Al fin y al cabo les va la vida en ello. Si fuera por los espectadores del difunto cine español hace mucho que dormirían en un banco del parque del Retiro. Pero no les basta con las subvenciones en forma de aporte económico directo, las subvenciones vía cuotas de pantalla, la constante glorificación del gremio de los artistas en todos los medios de comunicación públicos y privados al servicio del gobierno, las imposiciones de inversion en cine patrio a canales privados que cotizan en bolsa, el canon digital, etc. No les basta, no. Y seguro que me dejo algún tipo de financiación del lobby de los cómicos. Harto difícil parece encontrar algún otro sector más subvencionado que este. Si no superan a las subvenciones a la agricultura europea, entendible este último desde todo punto de vista, por poco será. Pero quizás nos merezcamos un gobierno que vele un poco más por los derechos y libertades de los ciudadanos. Loables son los esfuerzos de valientes como, por ejemplo, Brazil y Santiago González por dar la alarma, pero lo siento, la mayoría de los españoles no se han dado cuenta del daño hecho a los pilares constitucionales por el gobierno Z. Hace bien el indolente de Mariano en aferrarse a esta tabla digital. Quizás por la vía cinematográfica del saqueo de nuestros bolsillos consiga hacer pedagogía constitucional, frenar la aberración digital y ganar las elecciones. Por cierto que el vago de Rajoy con sus virtudes e innumerables defectos es, sin duda, el político más transparente y que mejor conocen los ciudadanos. Y eso es mucho más que nada.

(Escrito por pangloss)

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27 diciembre 2007
Las albóndigas del tío Ambrosio

Mis queridos sobrinos:

Como todos los años, el padre López, mi confesor pretridentino, ha vuelto a amenazar con una atroz recaída en su envidiable salud. Esta mañana, bien temprano, ha llamado y con una voz de ultratumba -que reserva para las ocasiones realmente especiales- ha amenazado con su inminente fallecimiento, dizque siente un frío casi sobrenatural que le quiebra voluntades y ánimos (se le pegan las sábanas por la mañana), una bola en la garganta que le oprime y ahoga (bolo histérico), una opresión en el pecho que le impide respirar (no es el pecho, sino más bien su prominente bandullo y obedece a los sucesivos empachos causados por los excesos con los pucheros) y un malestar general, una angustia, un sin vivir, una zozobra, desazón, que… el día menos pensado… Como veis, el pobre es víctima de uno de los más conocidos achaques navideños: la nostalgia.

Sus ayes y quejumbres resultan cómicos por lo asombrosos: se dolía de su aya porque no lo aguanta, de su parroquia por las cañerías, de los parroquianos por su desidia, del señor obispo por su abandono, del ministro de economía, pues dice que a dos días del asunto de las propinas ya se nota un descenso en la recaudación de los cepillos. Ya os digo, lo de todos los años, pues, que se sepa, nadie ha muerto del ruido de las cañerías o de las cariñosas reprimendas de una buena mujer que le ayuda a mantener a raya el polvo y las telarañas.

En realidad su “definitivo adiós” no es más que una excusa para poder venir, como él mismo dice: “a bendecir la mesa” en Nochebuena, y cómo la bendice el muy tunante, pues a pesar de que siempre hace algún tímido amago de despedirse, según sus palabras, para cumplimentar a otras familias cristianas del pueblo, rápidamente se deja vencer por la tentación, se sienta, pide perdón por despojarse del alzacuellos y tras alzar esos ojillos vivaces al cielo, se persigna media docena de veces para, abandonando toda ceremonia innecesaria y sin más preámbulos que un abreviado santiamén, poner toda su devoción en el concienzudo trasiego de las viandas con las que nos regalamos.

Lo hace sin recato alguno, aunque es justo decir que regando abundantemente sus frecuentes atoros con todo tipo de libaciones y escancias. Pobrecito mío, cómo disfruta en la mesa. Aunque, eso sí, si he de ser justa he de decir que, como persona educada que es, siempre viene cargado de un par de docenas de unos extraordinariamente sencillos, modestísimos y no menos humildes escapularios que las delicadas manos de las Madres Descalzas de La Santísima Sangre primorosamente elaboran desde hace siglos y que el padre bendice pomposamente en la mesa, en latín –por supuesto- antes de proceder a imponérnoslos con gran ceremonia para que nos proteja de las tentaciones, a las que él tan delicadamente se abandona, al menos en lo tocante a la buena mesa.

Después de la cena, mientras se debate entre el sueño y la vela, sonríe apaciblemente mientras los efluvios del vino, que siempre ingiere de forma generosa, pasan factura a su otrora rápida lengua y nos repite una y otra vez las mismas anécdotas. Unas veces cambia a los protagonistas, otras los desenlaces, las más los detalles que a su parecer permitirían reconocer a los vecinos, un poco inútilmente pues su reiteración y sobre todo la cada vez más escasa población que todavía permanecemos en el pueblo permite identificarlos perfectamente pues flotan sin dificultad sus auténticas identidades en la sobreabundancia de datos.

¿Quién de vosotros mis queridos sobrinos no reconocería a un orondo caballero, vestido de sotana y alzacuello, con elegante bastón de bambú negro, que adorna su barriga con una espléndida cadena de oro terminada en un magnífico reloj de chaqué? Segura estoy que con sólo atisbar apenas su silueta incluso a muchos metros de distancia adivinaríais: el padre López. Pues así oculta él, a la luz del vino, la identidad de mis convecinos.

Y en cuanto se repone de esos momentos de sopor, desde hace ya muchos años insiste en que le acompañemos a la Misa del Gallo y nos lleva a todos en alegre procesión por la plaza de los fresnos, junto a la fuente vieja de piedra, a la parroquia más endemoniadamente fría que podáis imaginar. Enciende unas vetustas estufas de butano que inútilmente se esfuerzan en derramar algunas escasas calorías por un recinto vacío, oscuro y gélido como un carámbano.

Afortunadamente hace tiempo que descubrí que escondiendo en el abrigo un par de bolsas de agua caliente se hace más llevadero el Misterio. Así que enfundada además en una manta de viaje me acomodo rodeada de vuestros tíos, primos y sobrinos y en algo menos de veinte minutos, el padre López, en apresurada faena de aliño –el frío impone los tiempos- remata cabalmente el trabajo.

Sin embargo vuestro tío Ambrosio Valverde del Monte de Hesperus, conde de las Pastueñas, opina que, para no sucumbir a las gélidas temperaturas que atesora el padre López en su parroquia, es preferible asistir “calentito”. Algo que consigue tras la generosa libación de “lou de floc” (ramos de flores) un combinado que contiene zumo fresco de uva y una generosa porción de Armagnac, y que según asegura vuestro tío sabe a flores jóvenes, aunque me malicio que las flores a las que se refiere tienen que ver más con la anatomía que con la agricultura, pues estos del Monte de Hesperus siempre han hecho honor a su peculiar apellido.

Tan es así que ya hace tres o cuatro años que se hace acompañar, sólo a la misa del gallo, por dos artistas del sobeteo, dos eslavas altas, más crudas que rubias, de piernas interminables enfundadas en botas de piel altísimas que se pierden entre los pliegues de los abrigos entreabiertos y las minúsculas faldas. No parecen trigo limpio, pues compiten en abrazos y carantoñas a un casi setentón, eso sí de buena planta, pero que ya no aprieta lo que abarca. Por cierto que en el pueblo las conocen por las albóndigas de las Pastueñas, supongo que porque se cuecen en su propia salsa.

El padre López arruga el ceño cuando tío Ambrosio se acerca escoltado por las chicas, que acostumbradas a un clima mucho más frío, lucen generosos escotes muy maquillados, pues tienen la piel más blanca que el pescado, pero tiende la mano cuando se lleva la mano a la cartera y contribuye con una generosa dádiva a la siempre maltrecha economía del clérigo. Tiende la mano.

Y hablando de albóndigas y de pescado, como hace unos días algunos de mis sobrinos me pedían recetas de albóndigas, y yo me desvivo por complaceros os brindo una recetilla de unas sabrosas bolitas de vigilia, aptas para todas las religiones.

Cortamos muy finamente un puerro y una zanahoria, salpimentamos y en un par de buenas cucharadas de mantequilla las sofreímos hasta que queden blandos. Reservamos que esto va para el caldo.

Pelamos una docena de langostinos en crudo, los sofreímos un poco en el preparado anterior y los cortamos en trocitos. Las cáscaras las sofreímos igualmente y añadimos una generosa copa de manzanilla.

Pasamos a la plancha un filete de perca del Nilo de esa que le gusta tanto a vuestro primo el marqués de Cubaslibres, sólo un momento para desmenuzarla, (el tipo de pescado es importante y el sucedáneo de besugo no es lo más apropiado, bueno, se trata de que no tenga espinas, compráis el pescado que mas os guste, eso sí, sin descalabrar la economía nacional).

Media docena de chipirones, a ser posible de esos que no están esterilizados y que son blancos y brillantes y parecen relavados. Extraemos el interior, esos juguillos de color parduzco y aspecto netamente desagradable y lo incorporamos al sofrito.

“Planchamos” igualmente los chipirones con un poquito de aceite de oliva y los picamos muy finitos.

Un par de dientes de ajo los majamos en un mortero con algo de sal y picamos perejil.

Mezclamos ajo, perejil, pescado, marisco y molusco con un huevo batido o dos si son pequeños y si queda -que quedará- demasiado blando añadimos un poco de pan rayado hasta conseguir una consistencia que permita moldear unas bolitas, que enharinaremos y freiremos en aceite muy caliente, sólo unas poquitas a la vez para que no se deshagan, y sólo un momento, que el pescado no debe hacerse mucho.

Pasamos por el chino cáscaras de langostinos, verduras para extraer el máximo de jugos, y flambeamos con una copita de brandy. Posteriormente lo ponemos al fuego con un par de vasos de agua, varias bolitas de pimienta blanca, una hojita de laurel, otra copita de manzanilla y varias hebras de azafrán. Cuando hierva a borbotones se añaden las albóndigas y además una docena de mejillones limpios, pero con su cáscara llena de agua. Cuando se abran los mejillones están listas. Es el momento de rectificar de sal. Para darle espesor a la salsa, engordarla con un poco de harina tostada en la misma plancha en la hemos pasado el pescado, o más fácil pero mucho menos sabroso, con un poco de maizena disuelta en agua fría. Como todas las albóndigas hay que comerlas al día siguiente.

Para beber: un fino “coquinero” puede haceros despertar glándulas que ni siquiera sospechabais que existieran, o al menos que sirvieran para eso.

Os quiere,

Tía Concha

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26 diciembre 2007
Movimiento browniano

La puerta este de los grandes almacenes estaba abarrotada. La gente se apresuraba en moverse hacia la izquierda, hacia la derecha, al frente, no sabía. Se movían con la masa, agitándose al compás del palpitar de las ventas. Cuanta más caja se hacía, más se sacudían; el negocio producía este efecto en sus clientes, en los viandantes y peatones que circulaban de forma casual por la manzana, y que también aceleraban el paso conforme se incrementaba el número de consumidores satisfechos. Clink, clink, ¡cash! Entre las cabezas morenas, rubias, castañas, canas, calvas, de entre todas, una mano se levantaba en un extremo del tumulto y una segunda le indicaba del otro: estoy aquí, y ambas dos se volvían a sumergir en el gentío, reencontradas, localizadas y resueltas a unirse.

* * *

De común exasperante, la tía Inocencia sufría del don de la inoportunidad. Nació cuando ya no se esperaban más hijos, creció siendo un puro incordio y cuando eligió fecha para morirse, tampoco le vino bien a nadie. Lisiada, como todas las de la época era tratada con indiferencia. Vivía en los márgenes del libro donde se escribía la historia de la familia pues en las orillas era donde se ponía. Con dieciocho o diecinueve años se ve que le cogió el aire a eso de convivir con los trajines de sus hermanos y consiguió rondar por la casa pasando pegadita a la pared. Siempre retorciéndose un pico del vestido, o las manos, o palpándose en la entrepierna. A fuerza de no tener nada mejor entre los dedos, empezó a echarse mano. Al principio que se tocara mientras se asomaba por las habitaciones no tuvo la mayor importancia, pero a la tía Inocencia le dio por detenerse y manosearse hasta caérsele un poco la baba y ponérsele los ojos en blanco, y a su familia le comenzó a intimidar su presencia. Rápidamente se levantaban, cerraban la puerta, dejaban pasar un rato. Pero estas actitudes volvía a reproducirlas cuando había visita; y cuando se dejaban el portón abierto, en el postigo de la calle; y en cuanto se descuidaban, frente a alguna ventana abierta de par en par. Cuando acababa, el angelito sonreía buscando la complicidad de los suyos y no atinaba. La tía Inocencia padecía. Padecía mucho. Ya no sabía si cuando se le quedaban en jarras frente a ella, tan serios, debía mearse encima, o sonreír, o tocarse, o no, o alejarse pegadita a la pared, o volverse tras la puerta de la cocina, o columpiarse adelante y atrás o si todo lo contrario, quedarse quieta y dirigir sus ojitos azul-milán hacia quienes la miraban de esa forma a ver si le daban la de siempre, gritos y aspavientos. Al final sus brazos decidían por ella y comenzaban a golpearla en la cabeza. Con fuerza. Y cuando se le cansaban, su cara se le iba contra la pared. Padecía muchísimo mi tía. La encerraron en el cuarto del fondo desde donde apenas sí se le oía gemir. Forraron las paredes con espuma. La ventana daba al monte.

* * *

Anoche en el dormitorio de los Z se produjo un suceso que encendió las alarmas de la señora Z, que abrirá abismos entre los miembros del matrimonio y que desencadenará la ingesta masiva de benzodiazepinos y psicótropos. Durante el coito semanal de los sábados, la señora Z se salió de la formación habitual y estiró un brazo sobre el pecho de su esposo, yendo fatalmente a detener la mano sobre la boca de éste, descubriendo que tenía al menos cuatro dedos de lengua fuera y que la agitaba como un guarro —gritos textuales— en el aire. La señora Z dejó de lubricar en el acto, y el señor Z no pudo impedir ni que su semen acabara brotando y se derramara entre las piernas de su esposa, ni que ésta lo echara de la alcoba, ni que horas más tarde le pasara por debajo de la puerta unas líneas de caligrafía angulosa que según fuentes oficiales contenían la rogativa: “Dios quiera que me recupere para este lunes-tarde. Tengo cita con la modista y en este estado imposible que me tome bien las holguras”.

* * *

El caso es que a pesar de la vida que llevaban, tan tranquila, o precisamente por eso, tía Agonías se murió de repente. Un mediodía de primavera mientras tío Pedro estaba en el baño dándole y dándole al peine y a la cuchilla, ella decidió sentarse en el balcón a tomar un baño de sol mientras le subía la presión a la exprés y así fue como la encontró cuando a eso de la una salió desmayadito de hambre para preguntarle por la comida. Con la cabeza echada hacia detrás y la boca abierta, como dormida. Tío Pedro se echó sobre su regazo para no verla muerta. La vida no iba a ser nada fácil a partir de entonces, se dio cuenta enseguida. Hasta ese día tía Agonías se había ocupado de todo, y él a lo único que le había sacado punta era al bigote. Lloró. Al principio porque se le cayeron las lágrimas solitas, sin brío, involuntarias, por haber pensado en sí mismo antes que en ella. Después porque olió a quemado en la cocina, y se incorporó y corrió a apagar la hornilla y haciéndolo, ahí sí, lloró con mucho dolor porque ella no hubiera querido que se le pegara la olla. Ay, la pena de tío Pedro caía sobre la tapa inflamada y se evaporaba casi al instante, ffffssshhhh, fffssshhhh.

Ffffsshhhhh.

* * *

Me cuentan que apagas la televisión y me buscas entre los pliegues de las mantas del sofá, sumido en el pozo de una desesperación interminable. Que con los ojos cerrados te aparezco tendiendo la ropa en el patio y acorralado, me ves cerca en tu sueño, tan cerca como para tocarme. También a todos preguntas por mí, evitando pronunciar mi nombre para no sentir la lejanía, para seguir llevándome en alto, sólo para seguir amándome. Sólo para recordar como me hundo entre tus dedos, cómo me hago una madeja en el hueco del sofá donde sueles buscarme. Cómo recojo del suelo la ropa después de amarnos. Molesto, te agarras fuerte al naufragio de olerme en un recuerdo colgado, y revolcándote en sábanas secas, repites que al irme olvidé dejarte por escrito que tendrías que cuidarte de tanta melancolía, que la comida se te pudriría fría en el horno. El final de la historia siempre es el mismo, te adormeces con mi nombre besándote la boca.

Mi estrella polar.

* * *

Cuando salió le había cambiado el color, estaba pálido como las acelgas. Cogió su abrigo y se marchó. Pasó toda la noche deambulando por el cortijo. A la mañana siguiente entró cuando yo estaba desayunando y sin decir una sola palabra, se sirvió un café solo. Después encendió un cigarrillo. Se le consumió en el cenicero mientras permanecía con la cabeza hundida en las alas de la camisa, hurgándose las uñas, dándole vueltas y más vueltas a los dedos, tirándose de los pellejos. Comprendí que estaba perdido. Le puse la mano en el hombro y se negó a recibir consuelo. Mecánico, se levantó para ponerse la ropa de labor y se fue a la oliva sin emitir un solo sonido. El capataz lo recogió en la linde del camino, como siempre. Esa misma noche, a padre vinieron a buscarlo el cura, una cuadrilla de la guardia civil y Emilio, el secretario del juzgado — a él y al cuchillo de despellejar las piezas de montería— mientras madre iba a buscar la biblia del abuelo Sebastián y se la entregaba con la cabeza gacha, avergonzada y roja como un pimiento por una deshonra que ya nunca se le habría de borrar de la quijada, como jamás se le borraría el calor de los labios y la baba del amo, que era enterrado en el punto más alto de la finca, donde los olmos, arropado por el desconsuelo de los suyos. De negro.

* * *

Cuando el fuego se hubo apagado, todo en la casa quedó en silencio. Nada perturbaba la paz de aquella estancia donde una señora mayor, haciendo un último y afortunado equilibrio sobre la mecedora, retaba a todas las fuerzas de la naturaleza sosteniendo alzadas entre sus manos, a la altura de un corazón sin vida, un viejo manojo de cartas. Caía una fina lluvia al otro lado de la ventana.

(Escrito por Faustine de Morel)

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25 diciembre 2007
Entrada navideña (fallida) con hipótesis

Si mi querido (y sufrido) editor no ha calculado mal, me toca aparecer el día de Navidad, lo cual no es un encargo fácil para un nick como yo. Los que hayan tenido la paciencia de leer mis entradas habrán advertido que tengo cierta tendencia a evitar las cuestiones de rabiosa actualidad, bien porque busco (más o menos inconscientemente) eludir la polémica, bien porque no quiero aburrirles volviendo sobre los temas que trillan todos los días los tenaces comentaristas de las trincheras, o bien porque creo que el único modo que tengo de contentar a la distinguida clientela del Nickjournal es aportando algo exótico. Pero convendrán conmigo en que hoy no tengo más remedio que hablar de la Navidad ¡aunque sea por caridad! Bastante tienen todos ustedes con recuperarse de los excesos de la pasada noche, como para que les endilgue yo una entrada histórica, política, científica, pseudo-filosófica o un indigesto cóctel de todo lo anterior. Asumámoslo: ¡toca escribir una entrada navideña, y a ser posible, ligerita! A ver si lo consigo:


La primera dificultad que surge es que soy uno de los nicks menos cristianos de los que por aquí pululan, así que poco podré aportar por ese flanco. Pero bueno, como todos ustedes saben, algunos “progres” compensamos esta carencia con un punto puritano. Así que lo que quizás debería hacer sería aprovechar este texto para hacer una furibunda diatriba contra el espíritu consumista que nos posee durante estas fiestas, en las que dejamos de pensar en los problemas del mundo (ya saben que, durante el resto del año, el cambio climático y las desigualdades del mundo no nos dejan vivir) para enfrentarnos a otros mucho más banales con mucho más ahínco, como qué regalar a nuestros seres queridos o cómo cebar a los invitados en nuestras cenas navideñas. Pero, claro, pontificar sobre estos temas mientras reposa sobre mi mesa el “Extra” navideño de El País (probablemente una de las cumbres del consumismo contemporáneo) no me parece de recibo: si hay algo que me exijo cuando me toca escribir una entrada para esta casa es un mínimo de sinceridad. Así que probemos por otro lado.

Descartada la posibilidad de hacer algún tipo de análisis sesudo sobre el tema navideño, quizás lo suyo sea intentar tocar la tecla intimista (este punto del texto parece indicado: así difícilmente se me escapará de las manos). Qué quieren que les diga: me gustan las navidades, no lo puedo negar. Aunque, si les soy sincero, no acabo de entender por qué. Pero me gustaría avanzar una hipótesis.

Hasta donde me alcanza la memoria, siempre he pasado estas fechas en una pequeña localidad extremeña, donde reside buena parte de mi familia. Uno de los recuerdos más nítidos que guardo de los viajes “al pueblo” de mi niñez, es el aburrimiento intolerable que me causaba el viaje en coche desde Madrid, que duraba cuatro o cinco horas. Alguien me dijo una vez que los niños no soportan aburrirse porque, para ellos, pasarse cuatro horas sentados sin hacer nada interesante supone malgastar una fracción de sus vidas mucho mayor que para nosotros, los adultos. Se me ocurre una interpretación alternativa o complementaria de este fenómeno: los adultos aguantamos mejor no hacer nada porque crecer es aprender a resignarse a que el tiempo se te escapa (y te jodes). Como compensación, o quizás como mecanismo de defensa, creo que algunos desarrollamos una cierta capacidad para disfrutar, con un goce impregnado de melancolía, del paso del tiempo. Y las navidades son un marco perfecto para hacerlo: la repetición anual, casi coreográfica, de las cenas de navidad, el reencuentro con los elementos característicos de estas fechas (el frío de la amplia casa del pueblo, el olor y el calor del brasero, el mazapán del pueblo, “la prueba” del chorizo) y volver a ver a la familia y a nuestros seres queridos (dos conjuntos que a veces no son disjuntos) son una ocasión perfecta para poder apreciar, en todo su esplendor, el paso del tiempo. Y creo que por eso disfruto de estas fechas, aunque sea melancólicamente.

Bueno, creo que con este último párrafo he fallado en los propósitos que me marqué al principio. Pero estamos en Navidad y probablemente serán indulgentes conmigo. Aquí lo dejo. Si logran disfrutar de estas fiestas, enhorabuena. Y si no, que encuentren un buen motivo para hacerlo.

(Escrito por Jacobiano)

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24 diciembre 2007
La cara de tu retrato


Marzella tiene nueve años cuando la vanguardia artística de la época, a través del luego consagrado Ernst-Ludwig Kirchner, la pinta desnuda en este retrato. Estamos en 1909-10, aún no hace un siglo. Su verdadero nombre es Liza Franziska Fehrman y el alías de Marzella o Franzi no es nombre artístico que la aleje del pintor sino apelativo cariñoso por su edad y proximidad al artista. La reseña que el Museo de Arte Moderno de Estocolmo asigna al cuadro es piadosa: “... pero ella tiene una intensa mirada de adulto y, a pesar de su desnudez, ella es el sujeto más que el objeto de la mirada masculina. Sin embargo, sus labios y sus uñas están pintados de un rojo provocador”. En la atribución de sujeto a Marzella y la condena de la mirada masculina como presunta culpable está el velo de corrección política necesario para no tener que arrinconar la obra en el sótano. Kirchner (1880-1938), fue uno de los fundadores del grupo artístico Die Brücke (El puente), cuyo programa se dirigía a una “nueva generación tanto de creadores como de espectadores” y concebía la juventud como sujeto proyectándose hacia el futuro. Ese sentido continuo de las generaciones se inspiraba en la idea de Nietzsche de que “la grandeza de un hombre está en ser un puente y no una meta: lo que el hombre puede admirar es que es un tránsito y un ocaso”. Los de El puente propugnaban la recuperación de lo natural en el hombre y la práctica del sexo como vacuna contra una visión romántica de la realidad. No había antagonismo entre juventud y madurez, sólo biología y pasión por captar y transmitir las expresiones de las modelos, especialmente a través de sus desnudos, pose que el movimiento artístico defendía con vigor. El sexo era el lugar donde la razón y la convención fracasaban, el límite de la moral. Querían que el alma fuese el espejo de las caras.


Con menos pretensiones intelectuales pero en el mismo año de 1909, Antonio Machado se casa con una Leonor de 16 años, a la que había conocido a la tierna edad de 14 en la pensión soriana que regentaban sus suegros y donde él se hospedaba. Stanley Kubrick rueda Lolita en 1962, aunque se cuida de que Sue Lyon, la protagonista, sea mayor de edad. Deliberadamente, Nabokov obvia los sentimientos de los personajes y deja en el aire la cuestión de quién seduce a quién, de quién es el sujeto y el objeto de deseo que la reseña del pudoroso museo sueco asignaba con claridad al pintor y la modelo, matando (el sueco) la tragedia que tan bien plantea la novela. ¿Se puede concebir una Lolita actual sin riesgo de condena y ruina para su autor y productor? J. M. Cotzee, en Diario de un mal año, dice que la estratagema utilizada por Kubrick (una actriz mayor de edad que interpreta un personaje de ficción menor) no serviría de nada. Denuncia la connivencia “entre el feminismo y los conservadores religiosos” en la censura moral de la pornografía, “mientras que los medios de comunicación encabezan impunemente una exhibición sexual cada vez más grosera”.


Los anteriores casos, ¿son modelo de una transgresión propia del arte, de su capacidad de vencer el tabú de cada época, o una simple distorsión de las costumbres vigentes a través de la licencia que la sociedad concede al artista? El mito y la fascinación de la juventud son tan antiguos como el mundo pero la congelación y retraso de la adolescencia hasta edades hace poco consideradas venerables es reciente. Se niega la ambigüedad propia de la infancia y la adolescencia, haciéndolas tan unívocas como uniformes según este nuevo patrón de conducta. Se prolonga la juventud como ideal robándole su acceso a la realidad, su responsabilidad y su derecho a hacerse con una vida propia. El tabú ya no es sólo sobre el sexo con menores sino que se ha extendido al debate sobre el mismo.


Excepto la tolerancia mostrada hacia las bodas gitanas por sentido de culpa étnico, el sexo con menores nunca había sido un tabú tan histérico como ahora. La ley y la opinión pública se muestran unánimes en la reprobación, negando cualquier autonomía al adolescente, retrasando su emancipación laboral vía masters o vital mediante residencia en el resort paterno hasta los treinta años. O retirándoles el derecho a la tutela y la educación a través de la familia en favor del Estado: la reciente reforma del artículo 154 del Código Civil establece que "los tutores ejercerán su cargo de acuerdo con la personalidad de sus pupilos, respetando su integridad física y psicológica", en lugar del anterior por el que los padres o tutores podían "corregir a los menores razonable y moderadamente". La atribución interesada a esta última redacción, cuya vigencia en una versión muy similar desde 1889 prueba su realismo jurídico, de “último resquicio que amparaba el castigo físico a los niños en la legislación española” demuestra la confusión de los nuevos majaderos. Si a la escuela se iba educado de casa ahora se acude con una integridad física y psicológica expropiada y gestionada por los expertos de turno.


¿Qué miedos sociales conjura el dogma de la protección extrema a la juventud hasta anularla? Además de los obvios del adulto a la competición y a la muerte está el de la extinción de la raza (o de una cultura, por utilizar un eufemismo), pues sólo una sociedad occidental y blanca con natalidad insuficiente sacraliza al joven no como bien escaso y productivo sino como objeto raro a proteger, apartándolo paradójicamente de la reproducción. El niño biológico es ajeno a los grupos de presión que dominan (feministas, solteros, homosexuales), que prefieren la adopción al hijo propio para lavar no se sabe qué ignotas y siempre ajenas culpas coloniales. Por supuesto, esa extinción se acelera haciendo inútil y dependiente al joven al despojarlo de cualquier autonomía. Capacidad de decisión que iba adquiriendo cuando sus tutores les proporcionaban medios de vida a través de una educación que les “corregía razonable y moderadamente”. Entonces, ¿para qué este nuevo manual de instrucciones que le dice al joven que pueden y van a vivir por él? Posiblemente no sea más que el deseo de esos grupos de presión de crear humanos a su imagen y semejanza para reforzar su poder y no sentirse tan solos.


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Los chinos que sobrevivieron al botón del titular de ayer lo celebraron inventando la tarjeta de felicitación de Año Nuevo. Con el paso del tiempo y de las majaderías el artilugio se perfeccionó hasta llegar a la moderna caricatura. Sirva el cartel adjunto para felicitarles a ustedes muy afectuosamente.






(Escrito por Bartleby)

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[0] Editado por Bartleby a las 9:00:00 | Todos los comentarios 311 comentarios // Año IV
22 diciembre 2007
¡Feliz Navidad a todos!
A los dawkinianos...

...a los moanos...

...a los amantes del arte...

...a los psicodélicos...

...a los del ancien régime...

...a los arruinados...

...a los gourmets...

...a los jovencitos...

...a los varones dandys...

...a los sufridos administradores, y...

...a los que odian la Navidad. A todos, muchas felicidades.

(Enviado por Mandarin Goose)

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21 diciembre 2007
El alcalde de Móstoles se equivocó
Como una mezcla de estupor, ira y verguenza. Así podría definir la sensación que me quedó en el cuerpo tras escuchar ciertas cosas. Definitivamente, la gota que colmó el vaso. Tras leerle hace bien poco a Pérez-Reverte, en una entrevista publicada en el suplemento cultural de El País, que fue una lástima que una banda de cretinos y oscurantistas vencieran a la Razón y el Progreso que representaban las tropas napoléonicas, don Alberto Rivera Díaz, catalán oriundo de la malagueña Axarquía y presidente de Ciudadanos de Cataluña, nos salió con la misma copla. Ese mismo día me desvinculé del todo de Ciudadanos, que nobleza y españolía obligan.

En aquesta nación, ya lo saben, pasamos de Juan a Juanillo en un visto y no visto. O Europa es Satán (para los míos), o es el Espíritu Santo en versión laica (para ellos). Sí, de sobra es conocido que Fernando VII era un bichejo abyecto, uno de nuestros peores reyes (y hemos tenido cada uno...), y que sería muy difícil imaginarnos un gobernante que le dejara en buen lugar. Probablemente Giuseppe Bonaparte era más listo, culto, sensible y preparado, sí, tal vez, pero no era de los nuestros. Los liberales, ya se sabe, construyen conceptos para saltárselos. La soberanía nacional, para ellos dogma de Fe, cuando les estropea la realidad no pasa de ser un concepto, al decir de nuestros días, "discutido y discutible". Ya saben, todo por el pueblo pero sin el pueblo, que uno no inventa nada.

Luego uno se sorprende cuando observa que esas mismas premisas, que se cumplen estrictamente en Iraq, no suscitan las mismas reacciones. Allí también Gran Bretaña y los Estados Unidos han acabado con la vida y régimen de Saddam Hussein, posiblemente alimaña aún peor que nuestro rey felón, y han patroneado las primeras elecciones democráticas de la historia del Estado iraquí. Hasta nueve millones de electores, toda una proeza, se decidieron a votar. Pero no, allí el examen político-ideológico revierte en distintas posiciones. Claro que la Luz que aporta Francia, hombre, es más luz que la de los yanquis.

Lo dicho, de Juan a Juanillo. Tampoco caeré en unamunismos (españolizar Europa) porque no saldremos ganando gran cosa, pero si creo yo con dificultad en la infabilidad papal, no tragaré, al menos con holgura, la infabilidad europea. Es ese maldito complejo de inferioridad que ha atenazado a algunas de nuestras élites (menudas élites, y va con segundas) el que hace bendecir desde ciertas cabezas de la patria mía todo lo que proceda allende la umbría pirenaica por el estricto motivo de su procedencia.

Hemos pasado del idealismo alemán y del posmodernismo francés al pragmatismo pequeñoburgués (ergo socialdemócrata, porque en eso se ha metamorfoseado la Unión Europea) que emanan Bruselas y Estrasburgo. Lo primero que hace nuestro querido Partido Socialista, por ejemplo, es llevar el "Proceso de Paz" etarra a que nos lo bendigan los sacerdotes eurócratas en la Eurocámara, el Gran Vaticano Laico de nuestro siglo y continente (curiosamente, la UE fue fundada por políticos católicos y firmada en la catoliquísima Roma, pero ese es otro cantar), y no hay mayor argumento de autoridad política en España que decir de algo que "es lo que se hace en los países más avanzados de Europa". Ante ese mantra, resuena el "uuuuuummmmm" de asentimiento místico de nuestros próceres nacionales.

Pues no, señores Rivera y Pérez-Reverte. Yo no hubiera deseado instaurar una dinastía de Bonapartes en las Españas. Compartimos animadversión por Fernando VII y su prole, pero por diferentes motivos. A mí la Razón y el Progreso que debía traernos un corso enano y leído se la podía meter por su pulcro y racional culito italiano. Ya verán el año que viene, conmemoración bicentenaria de los hechos de Madrid, ya verán los progres saliendo a escena (viven de ello, de salir resueltamente a escena) con boutades semejantes.

Estuve hace bien poco en la casa paterna, el día de la Inmaculada, Patrona de las Españas. Allí mantenemos la sana costumbre de comer todos juntos en el comedor sin más ruido que el que traspase el ventanal y el de nuestras gargantas. En una de las paredes del mismo cuelga el retrato (copia antigua del original) de un pariente mío, don Andrés Pérez de Herrasti y Pérez del Pulgar, descendiente de dos capitanes de los Reyes Católicos. Estuve observándolo con cierto detenimiento. Aparece el tío Andrés vestido con sus mejores galas militares, el rostro un tanto abotargado, tirando a bonachón, las manos apoyadas sobre un bastón de mando. Este hombre, de cuyo hermano desciendo, era mariscal de campo y gobernador militar de la plaza de Ciudad Rodrigo. Gracias a su pericia y a los cojones que echaron sus vecinos, el mariscal Ney perdió la oportunidad de adelantarse a Wellington en la ocupación del vecino reino de Portugal, y la Grand Armée pagó con creces aquel inesperado cambio de planes.

Pues nada, tito Andrés, pa que te enteres. Tu esfuerzo, completamente en vano. Bandera blanca y dejar paso a la Civilización, joder, que sigue habiendo afrancesados en nuestra patria (y masones, y anticlericales, y arribistas, cortesanos, majos y majas...) y Europa siempre son los otros. Vamos, que en 200 años las cosas han cambiado, pero tampoco tanto, tampoco tanto...

(Escrito por Edgardo de Gloucester)

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20 diciembre 2007
SIN recomendación

Servidor siempre ha seguido las recomendaciones de su Gobierno al pie de la letra. De cualquier Gobierno, le haya votado o no. Al fin y al cabo, los sabios que nos gobiernan sólo piensan en nuestro bien ciudadano. Por ello, reciclo, nunca tiro una pila usada, me lavo los dientes con fruición, no corro en la carretera, tomo sólo los antibióticos que me prescribe mi médico, sigo estrictamente los dictados de la dieta mediterránea, hago ejercicio (barra fija, fundamentalmente), exijo el I.V.A. en cualquier facturilla y, claro, no fumo jamás en espacios libres de humo. Un ciudadano ejemplar, como pueden ver. ¿Y qué pitanza puede sugerirles a ustedes este ciudadano a día de hoy? Conejo, claro. No un conejo cualquiera, no: conejo políticamente correcto; con un toque de afección hacia Catalunya, del que tan necesitados andan los socis de nuestro Gobierno. Ya que hay que cumplir, cumplamos del todo y matemos, además, dos lepóridos de un tiro.

E
l conejo con caracoles, conill amb cargols en vernácula, es plato bastante catalán como nos recuerdan Joan Perucho y Nestor Luján en El Libro de la Cocina Española, texto imprescindible para cocinillas clásicos. Yo lo he comido, igualmente, en Morella: herencia, sin duda, de la importante participación, ora maulets, ora botiflers, de este hermoso pueblo en la guerra de Sucesión. Cual sucede con muchos otros guisos, las versiones son innúmeras: seco y con caracoles blancos, como en Morella, caldoso y vínico, como en Sant Feliu de Guíxols, casi a la plancha (a llauna) como en el Can Nassos de Palautordera… La receta que aquí ofrezco presenta ligeras variaciones con respecto a la descrita por Perucho y Luján y se asemeja a la que, al menos hace años, podía catarse en un restaurante barcelonés llamado, precisamente, Los Caracoles.

Trocea el conejo en piezas medianas y añádele sal y pimienta. En un recipiente hermoso (haremos en él todo el guiso), añade aceite y ponlo a calentar. Fríe en él los riñones, pulmones, hígado y corazón de la res, un par de dientes de ajo pelados y dos rebanadas de pan. Mientras se hace, pasa por harina los disecta membra. Dorados que sean ajos, pan y vísceras, sácalos de la sartén y ponlos en un mortero. Puedes, ahora, sofreir con cuidado las piezas del lagomorfo. Cuando hayan tomado buen color (unos tres minutos por cada lado), retíralas y ponlas sobre papel de cocina, para que pierdan algo del aceite sobrante. Baja un poco la potencia del fuego y pocha en el aceite inicial una media cebolla bien picada; coloca en semejante lecho un atadillo de hierbas que lleve tomillo, romero y lo que tu imaginación y posibles te dicten. Con la cebolla en su punto, añade tomate natural triturado (un bote de cuarto de kilo) y su puntita de bicarbonato sódico, para reducir la acidez. Hay quien prefiere añadir azúcar en este punto: no es por ponerme estupendo, pero debo argumentar, como químico, que el disacárido sólo enmascara la acidez y no la neutraliza, cual hace el bicarbonato. Pero cada cual es dueño de vivir en su equivoco, que no acentúo por ser, aquí, palabra grave (¡gravísima!) o llana. Cuando el tomate esté frito, incorpora las tajadas de conejo y añade un generoso vaso de vino blanco. Eliminado que sea el alcohol, cubre con agua y, al primer hervor, baja la potencia del fuego y tapa la cacerola. Aprovecha ahora para hacer un majado con lo primero que freíste. Añádele una cucharadita de pimentón dulce y otra de picante, si bien esto va en gustos y resistencias gastrointestinales. Cuando el conejo haya cocido unos quince minutos, incorpórale el majado y notarás súbitamente cómo el guiso adquiere una textura espesa, térrea, y una color casi sanguínea. Contempla la maravilla un instante (mientras abres el frasco de caracoles) y añade los moluscos. Si fuésemos gente de campo, habríamos empezado por explicar cómo recoger, seleccionar y purgar los gasterópodos. Sin embargo, es esta una labor ingrata y babosa por demás. De forma que cómpralos de la marca Gutarra (en francos de vidrio) o congelados en Mercadona, mejores aún pues las conchas están más enterizas y duras. En ambos casos, no hay más que lavarlos con agua corriente y echarlos al guiso. Mezcla bien todo el asunto y cuécelo por unos veinte minutos más a fuego lento. Entonces, cantando o no Els segadors, sírvelos con mimo, prepara pan y moja.

Sugerencia vínica: Cava catalán, para alicatar aún más la corrección política. Igualmente recomendable, Casa de la Ermita crianza 2004, con Tempranillo, Monastrell y Cabernet Sauvignon: Murcia es, también, buena tierra para los conejos y el
Helix pomatia.

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18 diciembre 2007
El cómico y el bandido

En el principio, cuando las obras de ficción hacían referencia, la mayor parte de las veces más bien vaga, no ya a personajes reales, sino simplemente a hechos más o menos históricos, se acuñó el famoso latiguillo, “cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”.

Hoy en día, paradójicamente, invadidos por la metaliteratura, cuando lo difícil es dar con una novela en la que no aparezcan, incluso como protagonistas principales, personas que fueron de carne y hueso, con nombres y apellidos, el latiguillo tiende a desaparecer o se modifica, haciéndolo más difu
so, jugando con el lector para que éste no sepa bien a qué atenerse. ¿Sería de verdad el famoso literato poco menos que un pederasta sin escrúpulos? Aquel prestigioso filósofo, ¿fue un peligroso conspirador?

Así es como el lector, si se interesa por lo narrado, se ve poco menos que obligado a realizar una labor detectivesca, para conocer qué hay de verdad en lo que se cuenta. En estos casos, el problema es la verosimilitud. Antes ibas a la biblioteca pública, comprobabas, qué sé yo, que Borges estuvo en España hacia 1920 y sacabas tus propias conclusiones. Para el ratón de biblioteca no sólo no era un engorro, sino que podía llegar a ser apasionante.

Hoy San Google ha facilitado las cosas, se diría. Es otro ratón el que te ayuda a establecer las conexiones. Pero ¡ay!, ¿cómo fiarse de lo que en una página cibernética ha colocado no se sabe quien? Las más de las veces uno tampoco tenía mayores motivos para fiarse del libro con tapas, pero Gutenberg daba una especie de auctoritas, un poco como en aquellos casos en que al llegar de clase y abrir los ojos como platos ante lo que tu madre contaba, ésta decía con total seriedad: “lo ha dicho el parte”.

La peregrinación que ahora les cuento viene marcada por estas circunstancias: ustedes decidirán.

Empezó hojeando un libro (1), al azar, topándome con dos personajes, dos personas, cuya sola mención en la misma línea se me antojaba extrañísima y su relación imposible. Tenía claro que ningún moderno Plutarco hubiera tenido la ocurrencia de compararlos y sin embargo el autor los hacía coincidir en el tiempo y el espacio.

Fue fácil comprobar que algo, siquiera poco relevante, sí tuvieron en común. En efecto, ambos pasaron a la historia con nombres distintos de los que recibieron en los Registros, ambos son conocidos por sus “nombres de guerra”, aunque para uno de ellos la expresión no sea exactamente metafórica.

Ahora bien, ¿por qué cambiaron de nombre? Por empezar por el más joven, Arthur Stanley Jefferson, lo normal es pensar en que fue una elección normal de lo que se ha dado en llamar “nombre artístico”. El suyo era poco comercial y lo cambió, podemos pensar. La “historia” dice, sin embargo, que la causa fue la superstición, Stan Jefferson suma trece letras y el hombre debía de ser rarillo: Stan Laurel suma sólo diez. Lo que se ignora es por qué laurel y no enebro, pongo por caso, parece que fue Mae Dahlberg quien lo propuso.

En el más viejo la cosa es aun más difusa, no porque no se sepa la razón, sino porque hay tres para escoger, para explicar que José Doroteo Arango se convirtiera en Pancho Villa. A saber, adoptó el nombre del jefe de los bandidos con los que se inició, fue por respeto al padre de quien lo aceptó como hijo, sin serlo, o bien retomó el de su auténtico progenitor.

¿Algo más en común? Bueno, sí, cierta dificultad para relacionarse con el sexo opuesto, o, según como se mire, todo lo contrario. El bueno de Laurel se casó cinco veces, cinco, bien que dos de ellas con la misma mujer. Sería injusto, sin embargo, olvidarse de la citada Mae. Con ella no se casó, por la poderosa razón de que tenía marido, pero tuvo una relación tormentosa a más no poder, que finalizó de una forma cuando menos chusca: esta australiana, actriz como él, vio como el productor de Stan le pagaba el viaje de vuelta (a Australia) y algo más, con tal de quitarla de en medio, por considerarla un freno al éxito que auguraba para su actor. (No está de más añadir que la señora en cuestión es objeto de una búsqueda cuando menos curiosa)

Lo de Villa es directamente de record. A falta de consultar el Guinness, les diré que hay quien habla de ¡setenta y cinco! esposas, si bien otros más modestos sólo relacionan veintitrés, cifrándose en siete las que reclamaron su herencia.

Cabe decir, medio en broma, que vidas paralelas son las que nunca se encuentran. Pero éstas sí cabe que se encontraran, o al menos la muerte de uno se encontró quizás con la vida del otro. Siguiendo el símil matemático, habría que decir que se encontraron en el infinito, con la muerte, cuarenta y tantos disparos sobre el coche, de Villa.


Quien o quienes lo mataron está más o menos claro y no llegó a interesarme. Lo que me atrajo ocurrió más tarde. Dice no sé si la historia o la leyenda que la tumba de Villa fue profanada y su cabeza robada tres años después de su muerte. Una vez más, no es que falten datos, es que sobran y se contradicen. Hay quien lo niega, asegurando que, precisamente para evitar tal posibilidad, el cadáver que se sepultó bajo la lápida era de otro, concretamente de otra. Hay quien lo afirma, pero las atribuciones de responsabilidad son varias. La versión que más me interesó, la más rara, creo yo, es la que acusa del robo a un tal Emil L. Holmdahl, soldado americano de fortuna, comisionado por generales americanos que querían vengar la invasión que sobre el territorio americano realizó el manito.

Se asegura también, nada más y nada menos, que la calavera pasó a manos de una sociedad secreta de la Yale University,
Skull and Bones, poseedora también de la de Jerónimo y otros más, que usaría al parecer en sus ritos iniciáticos.

No acaba ahí el asunto, porque uno de los cabecillas de aquel grupo, al parecer, era un tal Prescott Bush, abuelo de quien ustedes se imaginan. La cosa llega al punto de que hay un grupo de estudiantes mexico-americanos que reclaman la devolución al nieto.

Entonces encontré el colofón, que era en parte también el inicio (2): no sé con qué datos, he rastreado páginas oficiales, he leído su
correspondencia y no he encontrado nada que lo avale, pero hay quien añade otra hipótesis sobre la autoría del robo: fue Stan Laurel, obsesionado con la figura de Villa y testigo de su muerte en Parral, donde acudía con frecuencia a emborracharse cuando estaba enfadado con Mae, quien robó la calavera.

Así es como una indagación, más o menos somera, con pocos medios, partiendo de lo que sólo fue una punzada de curiosidad, puede acabar relacionando al querido Stan Laurel con el temible Pancho Villa.

Para acabar: la muerte del cómico fue más normal, tampoco exenta de sufrimiento. El cáncer acabó con él tras serias penalidades (unos años antes se le otorgó un Oscar honorífico, que recogió Danny Kaye) y Dick Van Dyke (amigo y protegido de Stan) recitó su panegírico: Los pasillos del cielo estarán sonando con risas divinas.




Notas:

1.- Cuatro Manos, Paco Ignacio Taibo, II. Ikusager Ediciones, S.A.

2.- Taibo sólo relata cómo Laurel, desde la ventana del hotel, contempla el asesinato. No obstante, en su biografía de Villa, rechaza la hipótesis del robo.


(Escrito por Schultz)

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17 diciembre 2007
Mitos y leyendas (o el delirio nacionalista)
Cuando los padres de la Constitución, que eran siete, como los magníficos de John Sturges, parieron el Título VIII de tan magna carta más lo hicieron pensando en solucionar el problema nacionalista, vasco y catalán, que en dotar al Estado de un determinado modelo territorial basado en una profunda descentralización administrativa. Dicho problema, nacido a finales del siglo XIX, tuvo una primera explosión durante la II República, para quedar más o menos y momentáneamente aparcado durante la guerra civil, y silenciado, manu militari, por el franquismo hasta finales de los años sesenta, momento en que irrumpe en escena la organización terrorista ETA. Fueron ingenuos tan doctos juristas, o políticos, pues creyeron que una amplia, o amplísima con el devenir de los años, autonomía para estas dos comunidades solucionaría un problema que amenazaba, si no lo estaba ya, con enquistarse definitivamente. Ignoraban, quizá poseídos por la fiebre democrática que recorría toda España, que se enfrentaban al Mito, a la Leyenda de la que se nutre un fenómeno tan poco racional como el nacionalismo. Treinta años después de aquellos debates y ponencias, que fueron narrados en tiempo real con luz y taquígrafos, el balance de los objetivos propuestos y los finalmente conseguidos no es muy favorable y el panorama de las perspectivas futuras es más bien desolador.

El nacionalismo vasco, así como el catalán, y como cualquier otro fenómeno de esta naturaleza, se basa en el Mito y la Leyenda. Sin ánimo de profundizar en lo puramente teórico, por ser lo práctico el objeto de este breve análisis, el primero implica una construcción más o menos artificial, algo que se refiere a una historia sagrada, de un tiempo trascendental; es pues, una historia simbólica que mediante la oralidad, básicamente, va pasando de generación en generación sin que haya la más mínima discusión o deliberación más o menos racional. La leyenda, que etimológicamente es lo que debe ser leído, sería la narración de hechos con enorme cantidad de elementos imaginativos y que se intenta hacer pasar por verdadera, por real, jugando en ella la misma oralidad que en el mito, en muchas ocasiones, un factor de transformación, pero siempre con las limitaciones impuestas por aquello que se pretende glosar. Mito y Leyenda se complementan para otorgar a una comunidad cultural una determinada explicación de hechos o acontecimientos cuya existencia dista mucho de estar probada o acreditada. Tenemos, pues, un núcleo histórico al que se añaden elementos imaginativos, lo que acostumbra a desembocar en una fuerte manipulación de la Historia, de la realidad, algo a lo que nuestros nacionalismos, como veremos en algunos de sus mitos y leyendas, están perfecta y permanentemente abonados. Más o menos, así lo refleja Jon Juaristi en su obra La tribu atribulada, inspirándose en Kipling: Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes/ y por qué hemos matado tan estúpidamente./ Nuestros padres mintieron: eso es todo. Observemos unos cuantos y emblemáticos ejemplos.

La leyenda del tubalismo comienza ya a fijarse durante la Edad Media: según ella, sería Túbal, nieto de Noé, quien llegaría a la Península Ibérica y otorgaría a sus pobladores los tres pilares básicos sobre los que asentar su vida y relaciones sociales: la lengua (euskera, obviamente), la religión (un monoteísmo preludio del cristianismo) y la Ley (fueros). La peculiaridad de la leyenda, y su encaje en el nacionalismo vasco, radica en el hecho de que todos los pueblos de la Península desperdiciaron tan precioso legado al mezclarse con otros pobladores que iban llegando, excepto, claro está, la pura estirpe vascongada que allá en sus montañas y valles conservó tamaño tesoro.

Domuit vascones. Esta frase, aparentemente inocente, se ha convertido en una especie de lema de todo el nacionalismo vasco, a derecha e izquierda, siendo incluida hasta en algún comunicado de ETA. Falsamente se ha atribuido la expresión a los diferentes reyes godos, quienes andaban siempre sometiendo a los vascones, una y otra vez, a rey muerto, rey puesto, y todos hacían gala de la expresión, llegando incluso al extremo de acuñar monedas con el lema, como si su reinado no tuviera otro sentido que someter a aquellos díscolos pobladores del norte peninsular que nunca se dejaban dominar del todo y resurgían, una y otra vez, de sus cenizas, como otro mito, el del Ave Fénix. Lo malo es que la frase nunca llegó a escribirse de manera oficial por ningún rey godo.

Arrigorriaga. Piedras rojas. De sangre, obviamente. Batalla de Padura, de dudosa autenticidad, que tiene como trasfondo las guerras de Castilla para independizarse del reino de León, en el siglo IX. Curiosamente, y no es caso único, en esta leyenda ya tenemos a los vizcaínos guerreando, codo con codo, con los castellanos (también lo harían en la conquista de América o en el sometimiento de Navarra), y capitaneados por un tal Froom, al parecer un noble escocés que, caso de haber existido, hoy podríamos identificar con una especie de Gerry Adams que ya andaba metiendo cizaña. Sabino Arana y otros autores nacionalistas, muchos de ellos de vocación religiosa, cómo no, reinterpretaron la leyenda a su antojo, glosando aquel enorme derramamiento de sangre como una lucha de los antepasados para salvar a Vizcaya de la dominación española(¡¡España en el siglo IX!!). Sabino supo sacar tajada y, como la presunta victoria sobre los españoles se produjo un 30 de noviembre, no sólo estableció esa fecha como fiesta nacional (aunque más tarde la cambiaría por el domingo de resurrección, Aberri Eguna), sino que, siendo ese día San Andrés, tomó la cruz del citado apóstol para diseñar la ikurriña.

Fueros. O como el nacionalismo convierte un privilegio, una concesión real, en una institución preexistente a la voluntad del soberano que los otorga, una suerte de Constitución originaria que el pueblo se habría otorgado a sí mismo. Se omite que quizá esa concesión obedecía a la españolidad de los vascos, a su lucha junto a los reyes de Castilla para someter, por ejemplo, al reino de Navarra, teniendo, además, un alto contenido económico y fiscal. Xavier Arzalluz, la figura más influyente en la historia del PNV, junto a Sabino Arana y José Antonio Aguirre, considera, sin rubor, que es en el año 1.839, con el abrazo de Vergara que pone fin a la primera guerra carlista, cuando el País Vasco pierde su independencia, cuando por la fuerza de las armas terminan los privilegios de los que se venía gozando. Equiparar fueros, privilegios de corte medieval, con independencia es una manipulación histórica que nadie, que no milite religiosamente en la tribu, puede sostener en un debate serio. ¿Acaso luchaba el mítico Zumalacárregui por otra cosa que no fuera, aunque con otro monarca, el reino de España? Esta ficción ha sido asumida y sostenida reiteradamente hasta por la propia ETA.

La raza: ??????

La mitología nacionalista catalana es menos belicosa, quizá debido al carácter más bien pactista de los catalanes. No obstante, también hay un lugar para la guerra, el medio sin duda más favorable para la aparición de héroes, de figuras sobre las que cabalgar……Recientemente, en un programa de televisión, Carod Rovira echaba en cara a los españoles que nada habían aprendido desde 1.714, fecha mágica en el imaginario colectivo catalanista, o más bien nacionalista. Algo sí hemos aprendido, al menos los que estudiamos algo de historia no adulterada por el nacionalismo, y sabemos que la derrota del 11 de Septiembre de ese año, encuadrada en la Guerra de Secesión, supuso la abolición en Cataluña, mediante los Decretos de Nueva Planta, de fueros y otros privilegios y la desaparición de la lengua catalana del ámbito público u oficial. Quizá el problema de Cataluña fue apostar a caballo perdedor en aquella guerra, pero es evidente, e innecesario extenderse en ello, que hasta ese momento Cataluña era tan española como Castilla, Aragón o Navarra. De aquella derrota surgió un mito, la independencia perdida, y un héroe, Rafael Casanova, conseller en cap de Barcelona durante el sitio de la ciudad. No parece que el héroe batallase mucho, pues huyó de la ciudad disfrazado de fraile mientras muchos morían en defensa de lo que él predicaba; más tarde, perdonado por el rey y ejerciendo la abogacía, viviría perfectamente encuadrado en el nuevo sistema político y administrativo importado por los Borbones, a diferencia de otro personaje, el militar Antonio de Villarroel (1), que organizó la defensa de la ciudad y luchó hasta el final, siendo encarcelado por ello. Pero todo ello no es obstáculo para que el nacionalismo reinante en Cataluña considere a Casanova un padre de la patria, un adalid de la independencia robada, alguien a quien se honra cada Diada y del que seguramente se omiten estas palabras (algo sabemos, Carod, algo leemos), con las que arengaba a las tropas por aquellos días de derrota, pero también de gloria, llamando a pelear por nosotros y por la nación española:

"Señores, hijos y hermanos: hoy es el día que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en todos tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignas de ser catalanes y hijos legítimos de nuestros mayores. Por nosotros y por la nación española peleamos. Hoy es el día de morir o vencer. Y no será la primera vez que con gloria inmortal fuera poblada de nuevo esta ciudad defendiendo su rey, la fe de su religión y sus privilegios".

Lluís Companys es sin ningún género de dudas el mito por excelencia del nacionalismo catalán, seguramente por el trágico final que tuvo el que fuera Presidente de la Generalitat durante la II República y la Guerra Civil. Mito y Mártir. Desde hace tiempo los militantes de Esquerra Republicana le rinden homenaje, coincidiendo con el aniversario de su fusilamiento, en una marcha con antorchas que recuerda, vagamente y con menor número de asistentes, a las concentraciones del partido nazi en Nuremberg. En Cataluña la figura de Companys no admite discusión y no se soporta, ni tampoco tolera, el menor atisbo de crítica hacia el personaje. Quizá por eso ha sido silenciada por la oficialidad catalana un excelente y objetiva biografía escrita por un historiador amateur, Enric Vila, Lluís Companys: La Veritat no necesita màrtirs *, de L´esfera dels llibres. Un historiador, si no nacionalista, al menos netamente catalanista, que desnuda al personaje, que a la vez lo humaniza, despojándolo así de los atributos de mito que por obra y arte de los políticos le han sido otorgados a lo largo de décadas. Companys no es el mito que nos venden los nacionalistas ni el demonio que pintó el franquismo, antes y después de fusilarlo. Fue un personaje con una vida, en lo personal y lo político, tremendamente desordenada, que tuvo sus devaneos con el lerrouxismo, sin reparos entonces para glosar la españolidad de Cataluña, y que se alió, cuando fue necesario, con los revolucionarios anarquistas, a los que más tarde dejó en la estacada, mirando para otro lado y siempre con la finalidad de perpetuarse en el poder, cuando llegaron los sucesos de mayo de 1.937 y los comunistas eliminaron, política y físicamente, a los antiguos aliados, ácratas y poumistas, del President mártir. Pero tampoco peleó mucho por impedir, al inicio de la guerra, el asesinato de muchos catalanistas a manos de eufóricos revolucionarios. Companys, mal que pese a algunos, pertenecía, para bien o para mal, a un partido que entonces era bastante menos independentista que hoy; un partido que sigue ignorando la indudable responsabilidad histórica que tuvo su mito, su mártir, en unos acontecimientos históricos que ahora se reviven. Como bien dice el autor del libro indicado, y con notable ironía en sus páginas, mientras no se juzgue a Companys con la suficiente objetividad por el nacionalismo catalán, tratándolo de tú a tú, el mito seguirá siendo un fantasma.

Sí que es de justicia, aunque pueda pesar a muchos, reconocer al nacionalismo una evidente y notable capacidad para adaptarse al medio, por hostil que éste sea, en su estrategia clara y rotunda de expansión, de pulso permanente al Estado en una batalla en la que el tiempo, si el Estado al que consideran su enemigo no se refunda, juega a su favor. Casos como el de Ibarretxe o Montilla rompen determinados clichés que hasta ahora parecían sagrados, pues dejan en segundo plano elementos o características hasta ahora sagradas del Mito nacional, como pueden ser la lengua o el territorio. El lehendakari, en el momento de acceder al cargo y pese a unos apellidos tan netamente vascos, no conocía, y menos utilizaba, el euskera. El caso de Pepe (o Josep) Montilla, aupado al cargo por los más y mejores divulgadores del Mito y la Leyenda, es todavía más sorprendente: no sólo recibe clases de catalán antes que de economía o ciencia política sino que es nacido fuera del territorio, lo que para algunos puede significar un detalle chusco, o gracioso, pero que se inscribe, por parte del nacionalismo reinante, en una estrategia de mucho mayor alcance de lo que a simple vista pueda parecer, en una reinterpretación del Mito, soslayando dogmas como el territorio (aquí opera como lugar de nacimiento) o la lengua, en el afán incansable por alcanzar sus metas al precio que sea, dulcificando su mensaje para la captación de más y mejores adeptos, fenómeno en forma de banderín de enganche al que tampoco serán extraños en un futuro, o ya mismo, los inmigrantes de otras latitudes.

(1) Tal vez, Villarroel no alcanzó la condición de héroe nacional por no ser catalán más que de nacimiento, pero de no de ascendencia. No obstante, tiene dedicada una calle en Barcelona.

(2) Desconozco, a día de hoy, si el libro ha sido traducido al castellano. Sería una pena que un excelente trabajo como éste no tuviera la difusión que merece, porque Companys forma parte de la Historia de Cataluña, pero también de la de España.

(Escrito por Reinhard)

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[0] Editado por Tsevanrabtan a las 8:30:00 | Todos los comentarios 365 comentarios // Año IV