Hubiera bastado una lectura reposada de Aristóteles para no caer en tan funesto error. Él definió la especie humana como “animal racional”, ésa es su esencia. Un individuo concreto pertenecerá a ella si posee esas notas, es decir, si es animal y racional. Para los antiguos las especies tienen realidad, pero ésta no es idéntica a la de los individuos. La realidad de los individuos la conocemos por los sentidos, por sus propiedades y accidentes. Por el contrario, la realidad de la especie, es decir, de la esencia universal, no es directamente accesible a los sentidos sino sólo al entendimiento, a la razón. El conocimiento de las esencias, por ser universal, es por definición cierto. Por eso Aristóteles asigna a este tipo de conocimiento la categoría de epistéme, “ciencia”. Pero sobre los individuos concretos no cabe nunca ciencia, sino sólo dóxa, “opinión”. La epistéme busca la certeza a través la demostración. La dóxa delibera en busca de una aproximación prudente. Deliberación y prudencia son las dos condiciones básicas del “razonamiento práctico”, del mismo modo que la demostración y la certeza lo son del “razonamiento teórico”. Para los antimodernos, como yo mismo, el ejemplo paradigmático del razonamiento teórico lo constituyen las matemáticas (herramienta necesaria para entender la física y hoy también la biología). Por el contrario, el razonamiento práctico es el propio de la ética y la política.
Por lo tanto en filosofía política no cabe más que la sencilla fórmula ultraliberal y antimoderna que aquí prescribo: manténgase la ciencia es su perímetro de demarcación. Para que lo entiendan hasta los intelectuales: no intente dirigir la sociedad en base a “verdades científicas” o “verdades reveladas”. Sean más modestos, cojones. Los que afectamos ser del Antiguo Régimen, lo que pretendemos es que riéndose de nosotros (ja, ja, creen en Dios y en el Rey), terminen ustedes riéndose de sí mismos (je, je, creíamos en la Ciencia).
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