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(Carte de l'Egypte, de la Nubie
et de l'Abissinie &c., ed. 1792)
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Los dioses también olvidan. Una leyenda africana atribuye la extravagante forma del baobab a un descuido de Dios: era el último árbol que tenía que plantar y, cansado de crear naturaleza, lo plantó al revés. Quien no olvidó quejarse fue el baobab: su extraña forma de árbol invertido se achaca, según otra leyenda extendida por el Sahel y los países del Golfo de Guinea, a un castigo de Dios que lo plantó al revés harto de sus lamentos. “Los dioses lo plantaron en un principio en la selva, pero el árbol se quejó de la humedad; lo trasladaron entonces a las Montañas de la Luna, en el centro del continente, pero se quejó del frío. Enojados por sus constantes protestas, lo lanzaron como si fuera un arma arrojadiza hacia las tierras áridas del sur, con tan mala fortuna que aterrizó al revés, con las raíces al aire.” (Xavier Moret, Siete Leguas, dic. 2006). El olvido y el castigo adoptan la forma del mito clásico del héroe, incluyendo una promesa de recompensa al valiente, en esta versión de Zimbabwe: dicen que estos árboles son los brazos petrificados de los gigantes guerreros fallecidos durante la batalla, que pugnan por coger un arma y volver a la lucha.
Utópicos y libertarios también cometen el desliz de olvidarse de sus redimidos. Pero no se olvidaron de ellos los nativos del norte de Madagascar, ni de los excesos cometidos por esos émulos del gobierno de Sancho en una peculiar ínsula Barataria, la efímera República de Libertalia en Diego Suárez, narrada por Daniel Defoe. Fundada por piratas bajo el mando del capitán Misson, en 1690, su final llegó cuando los indígenas de las montañas, hartos de los desmanes de los piratas, bajaron de las montañas para acabar con ellos y su utopía. El delirio utópico y libertario fue frenado por un estado de naturaleza en forma de sensatos nativos.
(Mujer egipcia f
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Última historia, esta vez sobre la cerveza y el vino, contada en la Historia de Herodoto: en la base de la Gran Pirámide de Gizeh había una inscripción que revelaba las grandes cantidades de cerveza (y de cebollas, lentejas y otros víveres como los acopiados por Lord Peel) consumidas por las legiones de obreros que trabajaban en su construcción. Pero a Herodoto se le olvidó transcribirla. En cualquier caso el hecho da fe de que la cerveza –al igual que entre los asirios- era la bebida de las clases populares mientras que las gentes de postín bebían vino, de uva o de palma.
Por cierto, se me olvidaba hilar las anteriores historietas: ¿quizás la lucha de clases sirva como costura?
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