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09 junio 2008
Cosas de la vida: The Fairy-Feller’s Master Stroke
- No había reparado en ello hasta hace poco. De un tiempo a esta parte, al terminar de comer, cuando la sobremesa se escurre lánguidamente entre la conversación y los cafés y el sopor me invade, me dedico a hacer siluetas con las migas de pan que han quedado encima del mantel. Lo hago sin pensar, sin dejar de conversar con quienes me acompañan a la mesa, un par de compañeros del despacho. Supongo que le gustaría más que fuera siempre la misma figura: un tema recurrente, una manía persecutoria o algo así, ¿verdad? Pues lo siento, pero no. Los motivos son siempre distintos, qué sé yo, una cabeza de caballo, una flecha, la silueta un niño con una sierra mecánica... en fin, cualquier cosa. No los elijo conscientemente, voy juntando las migas y ellas solas van formando la figura, de modo que yo apenas hago un par de retoques, sin abandonar la conversación, sin prestar realmente atención a lo que hacen mis manos. También depende de la cantidad de miga de pan de que disponga, y de su consistencia, claro. Ayer, sin ir más lejos, la estructura química de la acetilcolina (1), en miguitas blancas de distintos tamaños, y trocitos de corteza para los enlaces. Le aseguro que conseguir un efecto tridimensional fue harto complicado, mas ya he adquirido cierta destreza y el resultado fue asaz aparente. Estoy un poco preocupado, ¿cree usted que esa repentina pulsión creativa significa algo? Ya le digo, me tiene preocupado, la verdad. Lo que más me preocupa es que, no hace tanto tiempo, en un trance similar, todo lo que se me ocurriría hacer con las miguitas de pan serían pollas.

- No, no se preocupe, no es importante. Ni aunque sólo fueran eh.. hum, penes. Empiece a preocuparse cuando lo haga con su propia caca. O, peor aún, con la caca de otra persona. Por el momento, va a seguir con la medicación. Cuando salga, pídale hora a la enfermera para dentro de quince días. Buenas tardes.


* * *

Es difícil ahora echar la vista atrás y señalar el momento justo del cambio; trazar “en el arco iris la línea donde termina el violeta y empieza el naranja”. Afirmar con rotundidad cuál fue el primer día en que, pongamos, pedí el pan nada más sentarnos a la mesa, antes de leer el Menú del Día, antes de que el camarero trajera el vino y la casera. Eso sí, recuerdo todas y cada una de mis obras; si ahora las pudiéramos ver una detrás de otra tal vez señalaran el instante exacto en que un pasatiempo pueril y absurdo deviene en incipiente paranoia. A mi ya no puede servirme, pero seguro que en cualquier Facultad de Psicología le sacarían partido, algo así como los gatos de Louis Wain: observando sus cuadros cronológicamente un psiquiatra debería ser capaz de emitir un diagnóstico. Juguetones, domésticos, idealizados los primeros. Los de los últimos tiempos, atormentada y desbocada sicodelia, un siglo antes de Sid Barret y de Timothy Leary. Claro que lo de Wain tiene justificación: hasta que enloqueció, ya con 57 años, había vivido prácticamente recluido en su mansión, que compartía con sus tres hermanas solteras y diecisiete gatos. Eso lo explica todo. Casi todo. ¿Qué habría pintado este hombre de haber vivido con tres gatos y diecisiete hermanas solteras?

Sí, me gustaría ver todas mis figuritas ordenadas cronológicamente, comprobar cómo cada una de ellas se complica un tanto más que la precedente. ¿Cuándo dejé de participar en la conversación de sobremesa? ¿Tuve oportunidad de dar marcha atrás, de acabar con ello? Entregarme cada día a una composición más difícil que la del día anterior me exigía más dedicación, más concentración, claro. Me excusaba ante mis compañeros de trabajo con los que salía a almorzar diciendo que me vencía la modorra, que había perdido una cuenta importante, que las cosas con mi esposa no marchaban del todo; cualquier pretexto para aislarme de la conversación y dedicarme a mi tarea con disimulo. Cuando era muy evidente que no podían ser fruto del azar, tapaba las figuras con la mano, con el antebrazo, con la servilleta. Más de una vez destruí alguna en mi afán por ocultarla, y tuve que volver a empezar. Tengo un vago recuerdo de levantar la cabeza y encontrarme solo en la mesa, la sopa fría, y un sentimiento más de alivio que de abandono.


Desde entonces, todos los días comía solo y podía trabajar más a gusto. Salía del despacho con bastante antelación sobre la hora de comer, y era el último en regresar. Tampoco olvido el día en que el dueño vino a echarme, con buenos modales, pero mirándome raro. Ya eran casi las cinco y estaban fregando el suelo del comedor, mas sospecho que lo que le enfadó de verdad fue lo de la chapata: me había traído para la ocasión una chapata entera que, primero a escondidas y luego ya sin ningún rubor, fui desmigando para abastecerme de materia prima. Me dijo que me invitaba, y me rogaba que abandonara ya el local. Me levanté; un camarero vino casi inmediatamente y… ¡ah, le hubiera matado ahí mismo! El mantel voló sin miramientos sin apenas darme tiempo a echar una última mirada a mi particular y fiel versión de The Fairy-Feller’s Master Stroke que ocupaba toda la mesa. Y eso que nunca había visto el original más que en fotos. Tuve la ocasión de verlo cuando estuve en la Tate Gallery la última vez que estuve en Londres, - que, casualidades de la vida, fue también la primera vez que estuve en Londres -, pero entonces no conocía el cuadro. (No lo conocería sino hasta unos años después, a través de la canción de Freddie Mercury (2)). Hacía frío en Londres y, sin embargo, yo no había oído hablar de Richard Dadd. De la Tate Gallery recuerdo sobre todo paisajes neblinosos de Turner. Y, por supuesto, El Beso, en el hall circular del museo. El Beso era, a la sazón, el motivo por el que me había acercado hasta la Tate, que quedaba, si no recuerdo mal, un poco a desmano, junto al Támesis de aguas diáfanas y enormes rocas como huevos prehistóricos. Me sobrecogieron esos 183 centímetros de mármol, mucho más que la pequeña versión en bronce del Museo Rodin de París, que yo habría de ver muchos años después, en Salamanca, una tarde remota en que fui a conocer el hielo. El caso es que abandoné la Tate sin ver la obra de Richard Dadd. Es un lienzo muy pequeño, de 39 cm. de ancho por 54 de alto; Dadd tardó nueve minuciosos años en pintarlo, nueve de los casi veinte años que pasó internado en el Bethlem Royal Hospital, en donde fue recluido cuando aún no había cumplido los 30 por descuartizar a su padre. Pudo pintarlo en el manicomio porque uno de los médicos que le atendía, el Dr. William Hood, comprendió que pintar era su mejor terapia. Nadie recordará hoy al bueno del doctor, y, sin embargo, de no ser por él, tanto la Tate Gallery como Queen tendrían un mérito menos.


Dar con buen médico es fundamental, tanto si el internamiento es voluntario como involuntario. Es importante que conozca de primera mano al paciente, que lleve un seguimiento, que individualice el tratamiento. Dadd tuvo esa suerte. No es el único caso aislado de un loquero cazatalentos, conozco otro parecido, el del pintor esquizofrénico y mudo Martín Ramírez, “espalda mojada”, a quien, ya en los Estados Unidos, le sobrevino la locura y una repentina e incurable mudez, y fue ingresado en el Dewitt General Hospital de California. Casi 40 años después, un psiquiatra que estaba de visita en el Hospital con sus alumnos, se fijó en él, que estaba dibujando, y quedó impactado por el arte del mexicano. Por recomendación suya, a Ramírez no le faltaron ya nunca papeles ni pinturas; además, se ocupó de que su obra fuera expuesta en varios museos de todo el mundo, con éxito notable. Seguro que tampoco nadie recuerda el nombre de este doctor. Un nombre que debería pasar a la posteridad. Aunque es un nombre difícil, un nombre que parece un anagrama, como los nombres que inventa Asimov: Theo Aporat, Salvor Hardin, Hober Mallow, Tarmo Pasto, Sef Sermak… ¿cuál de ellos es el médico y cuáles son personajes de Fundación?


A mí, la verdad, no me importa cómo se llame el médico del sanatorio, ni si pasa o no a la posteridad. Sólo me interesa saber si, con las comidas, servirán pan.

Notas:
(1) Imagen de la acetilcolina reproducida SIN expreso permiso de Protactínio.

(2) The Fairy-Feller’s Master Stroke, Queen:

(Escrito por Funes)

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22 enero 2008
Cosas de la vida: A certain surprise.
Un joven matrimonio se muda a su nuevo hogar. Hasta hace bien poco no sería necesario especificarlo, pero se trata de un matrimonio formado por dos personas de distinto sexo. Si bien es cierto que para los hechos que voy a narrar no es importante la composición (género, número y especie) del matrimonio, la hago constar como homenaje (tal vez póstumo) a la familia de toda la vida.Y también porque aquellos tuvieron lugar en la vida real, y voy a ceñirme a ella. Para justificar el título, pues esta es una de esas cosas de la vida.

Bien, tenemos al matrimonio en su nuevo hogar. Se trata de una vivienda unifamilar - lo que antes denominábamos “chalet”, y, aún antes, “hotelito” -, en Mirasierra, un barrio pijo situado al borde de la ciudad de Madrid, España. Ellos son muy sociables y educados, y en seguida hacen amistad con su vecina, un mujer de la tercera edad - lo que antes denominábamos “venerable anciana”, y, aún antes, “vieja”. Ellos tienen perro, un enorme Gran Danés, Gran Danés que se mueve a sus anchas por el jardín, jardín que abona con regularidad y abundancia. Sí, es MUY GRANDE, sonríen con resignada indulgencia cada vez que alguien repite la manoseada broma de que lo suyo no es un perro, sino una vaca, un elefante, un caballo, una hormigonera. Ella también tiene un perro, al que adora, y que es su más fiel compañía; es un Yorkshire. Algunos se refieren al can como “la rata”, pero es una broma privada que no repiten en presencia de la anciana.

Ha pasado el tiempo, quizá un par de años. Un buen día, la cónyuge B del ahora dos años menos joven matrimonio descubre horrorizada que eso que lleva su Gran Danés en la boca es… ¡el Yorkshire de la vecina! El dogo, noble animal, atiende presto a la llamada de su ama y se deja quitar, con docilidad, el frágil contenido de sus fauces; ella lo toma en sus manos, el perrito está sucio de barro y babas, inerte… no hay duda: está muerto. No niego que le embarga la tristeza, pero pienso que lo que sobre todo siente ella es estupor, asombro. Su perro nunca había hecho nada igual, jamás le han visto pelearse con otro perro, y era “amigo” del Yorkshire. ¿Qué puede haber pasado? “¿Se ha escapado el perro de la vecina (sería raro, porque nunca andaba suelto por ahí: o en casa o en el jardín, pero siempre con su dueña) y se ha colado en nuestro jardín y le ha podido un remoto instinto territorial?”
El cónyuge A, que en estos dos años ha engordado y parece más bien cónyuge D (ahora comprenderán por qué ella es el cónyuge B: ¡está embarazada!), al que ha puesto en seguida al corriente, coincide con ella en que no han de aparecer ellos como los causantes indirectos de tanto dolor; en que vale la pena mantener una tan buena vecindad; en que hay que mitigar en lo posible, a una mujer tan mayor, ese terrible disgusto. Traman un pequeño y piadoso engaño: limpian y peinan el cadáver, y aseadito, lo dejan subrepticiamente junto a la puerta de la casa de la vecina.Y se vuelven a su vivienda, a esperar acontecimientos.

Bien, tenemos al matrimonio en su ya no tan nuevo hogar esperando acontecimientos. Acontecimientos que no tardan en producirse: oyen un pequeño grito, un ¡Ay, Virgen de las Angustias! procedente del chalet contiguo, y se intercambian una mirada cómplice que sin palabras dice: “la rata”. Corriendo, preparando cara de sorpresa, van a ver a su vecina, a la que encuentran sentada a la puerta de su casa, visiblemente inquieta. Pero qué pasa, qué pasa, preguntan. Ella mira con distancia, con resquemor, el cadáver de su perrito, tirado en el suelo.
- Salgo de casa y me lo encuentro aquí –dice señalando al animal-, como lo estáis viendo… pero es que… Ellos ensayan palabras de condolencia, frases de ánimo, pero la viejita interrumpe: - No, si no es eso; es que… No os lo vais a creer, es que … ¡AYER SE ME MURIÓ Y LO HABÍA ENTERRADO EN EL JARDÍN¡

(Escrito por Funes)

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