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02 agosto 2010
Merecidas vacaciones...




...Volvemos en Septiembre

 
[0] Editado por Garven a las 8:00:00 | Todos los comentarios // Año IV
01 agosto 2010
Para unas memorias contraideológicas

Olegario es un cura ilustrado y hospitalario que escribía de vez en cuando en el diario ABC, por regla general lo que el diario llama “terceras” porque aparecen en la tercera página del citado diario. Solían estar muy bien escritas sus “terceras” y resumían un cristianismo erudito, tolerante y sosegado. Una amiga común, Rosa Tormes, nos invitó a pasar un día en su pueblo, Navarredonda de Gredos, pueblo en el que también vivía el cura Olegario. Rosa y el cura pertenecían a la misma familia. La casa natal del cura era, como las demás del pueblo, de rústica piedra granítica, negra de tiempo y calcinada de soles. También castigada por nevadas inmisericordes. Yo estaba pasando aquel verano de 1973 con mi mujer, Isabel, y mis tres hijos, Pablo, Alejandro y Bruno, en Guisando, peñas arriba de la cercana villa abulense de Arenas de San Pedro, justo al poniente del pico Almanzor, en cotas mucho más bajas que Navarredonda.

Para llegar a Navarredonda desde Arenas hay que pasar por el Valle de las Cinco Villas y subir por una sinuosa y pendiente carretera hasta coronar el Puerto del Pico, la ruta que usaron los romanos hace dos milenios y que acondicionaron con grandes bloques de piedra que aun hoy son venerables restos de lo que fue calzada de comunicación entre el frío y estéril altiplano de Castilla y las fértiles tierras de la Lusitania atlántica.

Cuando llegamos a Navarredonda, nuestra amiga Rosa nos ofreció un recio desayuno compuesto de leche de oveja recién ordeñada, migas caseras con torreznos y bizcochos con miel de sus colmenas. El cura nos acompañó en este rústico refectorio. En desayunando, nos acompañó al corralón de la casona, donde había una docena de ovejas y un corderito recental. Mi hijo Bruno, que entonces tenía poco más de cuatro años, se quedó tan enamorado del recental que quiso tenerlo en sus brazos para acariciarlo.

Para hacer tiempo hasta la hora de la comida, el cura nos invitó a dar un paseo por los alrededores del pueblo. El cielo estaba alto y mostraba un azul añil intenso. Como estábamos en cotas altas, el horizonte se veía lejano, tanto que la línea que separa la tierra del cielo casi no se apreciaba. Olegario nos contó que don Miguel de Unamuno gustaba de pasar largas temporadas en Navarredonda, y que daba todos los días largas caminatas por los alrededores. A veces llegaba incluso hasta la misma linde del Tormes, el río aun niño que tenía por un fiel amigo cuando se hacía adulto en su Salamanca profesoral. Hablando de Unamuno hice muy buenas migas con el cura, algo mayor que yo, pero, como yo, también muy dado a leer con gusto las obras del vasco castellanizado que tanto gustaba del lírico cielo del alto Gredos y de su ascético paisaje granítico.

Así pasamos la mañana, caminando y charlando, hasta que llegó el hambre y con ella la hora de comer. Así que volvimos por donde habíamos ido y llegamos a la casa de donde habíamos salido dos horas antes. Bruno quiso volver a acariciar a su querido recental, pero le dijeron que ya no estaba allí, que había pasado por el horno, donde había sido preparado para la comida que nos disponíamos a degustar y con ella reponer las fuerzas gastadas en la caminata. Bruno arrancó a llorar desconsoladamente. Para él se trataba de un asesinato en toda regla aunque por su corta edad no empleara tan rotunda palabra. En coherencia con su pena, Bruno se negó a comerse a aquel pequeño amigo que había hecho poco antes porque, aunque tampoco habría sabido explicarlo, tenía muy claro que uno no se come a sus amigos animados, pequeños o grandes, recientes o no.

Han pasado muchos años. Hoy Bruno ya no es un niño sino un adulto que ha llegado a formar una familia. Con su esposa Maite son padres de una niña de cuatro años y origen chino, Olivia, y de un recién nacido, Leo. Justo coincidiendo con la venida al mundo de Leo, en España, el gobierno socialista de José Luís Rodríguez Zapatero, ha conseguido sacar adelante en el Congreso de los Diputados una nueva ley del aborto basada en plazos, derogando de paso la anterior, basada en supuestos. La vigente ley de interrupción voluntaria del embarazo despenaliza el aborto hasta la semana catorce de gestación y, en determinados supuestos, hasta la semana veintidós. Es decir, que la vieja ley basada en supuestos no ha sido del todo abolida ya que en el fondo los supuestos permanecen como complementos de los plazos.

Bruno y yo hemos mantenido recientemente un agrio debate por correo electrónico sobre la nueva ley del aborto en vigor. Mi postura es la de que me resisto a admitir que, siendo como es el derecho a la vida, uno, si no el que más, de los principales pilares sobre los que se sustenta nuestra civilización, se ponga en vigor, por muy democráticamente que se haya hecho, una ley que despenaliza el aborto hasta la semana veintidós de gestación. La postura de Bruno es plenamente favorable a la nueva ley ya que para él ninguna mujer debe ser imputada penalmente por abortar puesto que si se ve obligada a tomar tan grave decisión, nunca es por frivolidad sino por una necesidad imperiosa. Para mí se trata de una justificación ideológica y oportunista que también serviría para despenalizar otras conductas que hoy siguen penalizadas por lo que podrían llevar a la cárcel a quienes las pongan en práctica. En mi opinión, en el caso del aborto ajeno a causas terapéuticas sería más coherente erradicar el principio fundamental del respeto a la vida puesto que su permanencia debería obligar, en lógica coherencia, a que sea respetado en toda su integridad y sin excepciones sean cuales sean sus consecuencias.

Si he empezado estas memorias contraideológicas con este relato es porque las dos posturas de Bruno, la que mostró cuando siendo niño vivió la insoportable muerte del recental de Gredos, y la que muestra ahora como adulto en materia de abortos humanos, ilustran de un modo contundente la realidad de la ideología. La aceptación de la conveniencia del aborto no terapéutico no puede entenderse más que en función de una postura plenamente ideológica ya que se compadece mal con el respeto a ultranza del principio de respeto a la vida. ¿Qué habría sentido Bruno, aquel niño de 1973, si, en lugar de un corderito, el sacrificado hubiera sido un ser humano de veintidós semanas?

Y es que cuando las conductas y las opiniones se escudan en lo que llamamos ideología pueden conculcar impunemente nuestras más profundas convicciones y nuestros más enraizados principios. Y esto acontece en todos los órdenes de la vida, tanto en el plano social como en el individual. La ideología enmascara la realidad y nos hace defender incluso aquello que atenta no ya contra nuestras más profundas convicciones sino incluso, por paradójico que resulte, contra nuestros más vitales intereses. La ideología se comporta, pues, como una segunda naturaleza intelectual que nos impide hacer uso de la razón para descubrir la verdad de las cosas razonando de acuerdo con las más elementales normas de la lógica inductiva o deductiva. Es decir: si desde los griegos definimos al hombre como un animal racional, entonces la ideología, en la medida en que empece el pleno ejercicio de la racionalidad, nos hace menos hombres. De ahí la necesidad de liberarse de ella, de ahí nuestra obligación de ser críticos sin compasión con todo aquello que nos aleja de la búsqueda de la verdad, porque la verdad es el verdadero, el más grande premio que espera a todo aquel que la busca ininterrumpidamente, incansablemente, hasta el día de su muerte. Búsqueda sin término es el consejo que nos da ese maestro del conocimiento objetivo que fue Karl R. Popper, el filósofo que acuñó el modelo de la llamada sociedad abierta, la sociedad de hombres libres que se dan a sí mismos una sociedad libre para buscar la verdad sin límites y sin trabas en todos los órdenes de la vida, una sociedad de hombres que saben hacer de la racionalidad el marco de su existencia en la tierra. Una sociedad que está justo en las antípodas de las sociedades acotadas, cerradas, sometidas al arbitrio del poderoso de turno.

Un caso similar es el que viví en 1965 en Bonn. Allí me integré en una comunidad de estudiantes latinoamericanos, la mayoría de ellos chilenos aunque había una pareja que eran argentinos. Él, Norberto Minatti, estudiaba física y ella, Elenita, trabajaba en la embajada de España, en la cercana localidad de Bad Godesberg. Minatti era militante del partido comunista. Un día sostuvo sin pestañear que el ministerio de la Guardia Civil de España tenía más presupuesto que el de Cultura. Yo hice un inciso para informarle de que en España no había un ministerio de la Guardia Civil, a lo que él me respondió que Bandera Roja, el periódico del PCE que se editaba en Bruselas decía que la guardia civil tenía un ministerio. Y que si yo insistía en negarlo sería porque yo era franquista ya que el periódico no podía mentir. Minatti era refractario a la verdad porque él estaba muy cómodamente instalado en su ideología y no tenía necesidad de una información que podía desinstalarlo de ella con las consiguientes incomodidades.


(escrito por Desdeluego)

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[0] Editado por Desdeluego a las 9:00:00 | Todos los comentarios 3 comentarios // Año IV